Cicatrices de la masacre de Miramar

Esta crónica fue publicada en el sitio Web Cosecha Roja, la red periodistas judiciales de Latinoamérica, de la Fundación Nuevo Periodismo. 

Al llegar la noche, Juan Fernando Suárez levantó la vista y soltó una sonrisa. La fachada del Punto Cervecero le pareció más hermosa que nunca. Las bombas rojas, las serpentinas, las frases de amor escritas en cartulina, que había ayudado a poner durante toda la tarde, lucían espléndidas. Pensó que la decoración agradaría a los clientes y que las rosas que entregarían más tarde serían el broche de oro para un festejo memorable del día de Amor y Amistad.

Más tarde, se sentó en una de las mesas con dos amigos y la novia y vio caer una pertinaz lluvia que le pareció que iba a durar toda la noche. Pese al frío, observó llegar decenas de clientes. Echó un vistazo en los alrededores del estadero -en el Punto Cervecero, en la licorera del lado, en el negocio de comidas rápidas de su padre, en la taberna del fondo- y calculó unas 200 personas.

A las 12:00 de la noche, cuando parecía que no cabía más nadie, los vecinos seguían llegando al lugar. A tres cuadras de allí estaba acostada Cruz Elena Agudelo, rendida. Era operaria de la empresa de confecciones Way, cerca de Medellín, y había trabajado sin parar ese día aunque su jefe las premiara al final de la jornada con chocolates en honor al día del Amor y la Amistad.

- Mamá, acompáñame a tomar una cerveza- le pidió su hijo Andrés, luego de golpear a su puerta.

Cruz Elena dudó un instante. Pero su hijo cumplía años ese día y su esposa, con siete meses de embarazo, no se sentía bien para salir. Se bañó y se cambió de ropa. Minutos después, Erika, su hermana, la vio pasar al frente de su puerta mientras decía: ¡Me voy de rumba!

- Vea este muchacho, me despertó- le dijo a Jorge Suárez, al llegar al estadero.

Jorge, el papá de Juan Fernando, preparaba hamburguesas. Miró complacido a la mujer que había sido inquilina de su suegra durante años, a quien nunca había visto por allí a esas horas de la noche. Le dio la bienvenida. Luego echó tres hamburguesas más a la plancha y tomó una salchicha entre sus manos.

Cruz Elena se acomodó con su hijo en una de las mesas, a pocos pasos del negocio de Jorge y en el centro del corredor principal.

A dos metros de allí, en la entrada al Punto Cervecero, que se levanta sobre una especie de barranca de la curva de una avenida principal, un tumulto de muchachos luchaba por ganar un milímetro de espacio.

En ese barullo, parados y de espaldas a la calle, estaban Manuel Arias y su novia, Sandry Blanco. Muy cerca, casi pegados, Manuel Valencia y Jhony Spitia, abrazados a un amigo, hablaban sobre el partido que Atlético Nacional le había ganado a Huila dos goles por cero.

A eso de las 12:20, el taxista Jhon Stiven Marín Ortiz se unió al grupo. Saludó a los amigos que casi siempre encontraba en ese mismo punto. Le echó un vistazo a su taxi, recibió un aguardiente y clavó su mirada al fondo del Punto Cervecero, un local tan pequeño que solo cabía la pista de bailar y dos mesas.

El ataque

El reloj daba las 12:25 de la noche cuando un taxi Chevrolet Sprint y una motocicleta Yamaha DT blanca descendieron por el carril derecho de la calle 95A. Redujeron la velocidad en el Punto Cervecero, justo al frente del grupo de muchachos.

El pasajero del taxi, sin bajarse, sacó una subametralladora por la ventanilla derecha y soltó rafagazos, a la vez que el parrillero de la moto disparaba con una pistola.

Stiven sintió un quemonazo en el ala derecha de su nariz y tuvo la sensación de que una cuchillada entraba en su cara quebrando cuanto encontraba. Jhony Spitia cayó sobre las escalas, con un profuso hilo de sangre en la boca, jadeando y moviendo su cabeza hacia los lados. Manuel Valencia quedó en el piso, inmóvil. Sandry Blanco Izquierdo quedó justo al lado de las escalas por donde habían subido los clientes. Manuel Arias corrió hacia dentro del negocio, sosteniendo el abdomen, y segundos después salió y gritó: “¡Mi novia!, ¡No me la dejen morir!”. Cruz Elena cayó herida sobre la mesa, ante la mirada incrédula de su hijo.

Los disparos también alcanzaron a Carlos Arturo Gallego Uribe, Oscar Castañeda Builes, Armando Inestroza, Yeiser Iván Jaramillo Vásquez, Wilfred Arcadio Atehortúa Sanabria y Julieth Gaviria Urrego. Y perforaron las paredes y el techo del local.

El taxi y la motocicleta, como si los ocupantes hubieran esperado una retaliación inmediata, emprendieron carrera como bólidos, giraron a la izquierda y luego a la derecha. Se perdieron por la carrera 79, hacia el sur de Medellín, con la complicidad de la noche fría y oscura, solo salpicada de luces que parecían brazas de colores.

Atrás, el chillido de puertas metálicas que se cerraban. Hombres y mujeres en el piso. Gritos de dolor y pánico. Celulares regados por todos lados. Bandadas de personas que pasaban por encima de otras. Motos que caían al piso. Personas caminando descalzas como si hubieran salido de un naufragio.

Jorge Suárez pensaría ya en la madrugada, mientras veía las tres hamburguesas quemadas y comía salchichas, que la tragedia pudo ser peor. Ahí, al alcance de las balas, quedaron intactas tres pipetas de gas y tres pailas repletas de aceite caliente.

¡Mamá, me mataron!

Stiven Marín se llevó la mano a la cara, la sintió empapada de sangre y musitó:

- ¡Ay marica, me mataron!

Si me muero no voy a ver crecer a mi hija, no voy a verla reír. Tengo que hacer lo último por mi vida, pensó.

Con la cara convertida en una masa sanguinolenta, metió la mano izquierda en el bolsillo, donde siempre mantenía asomado un llavero, corrió hacia su taxi y lo encendió.

- ¡Llévalos, llévalos!- escuchó trás de sí.

Era un muchacho conocido como Jaguar. Había visto caer a Manuel Arias y Jhony Espitia y ahora los levantaba y los arrastraba hacia el taxi. Los metió en la silla trasera y se ubicó en la silla del pasajero.

Stiven reversó el vehículo con pericia y emprendió el destino hacia el Hospital Pablo Tobón Uribe.

Mientras percibía el sabor de la sangre, que a veces surgía a borbotones y quería ahogarlo, y sentía que las fuerzas lo abandonaban, escuchaba los gritos de Jaguar:

- ¡No te vas a marear!

- ¡Despierten!, ¡No se vayan a morir!, les decía Manuel Arias y a Jhony Spitia.

Stiven saltaba policías -obstáculos en la vía- como no lo había hecho en tres meses de conducir el taxi. Pensaba cada vez más en su hija.

Sonó el celular. Lo sacó con su mano derecha y contestó.

Al otro lado de la línea, María Gennivera Ortiz, su madre, escuchó:

- ¡Mamá, me mataron! ¡Mamá, me mataron!

A la casa de Gennivera, a dos cuadras del Punto Cervecero, había llegado su compadre Freddy.

- Gennivera, hubo una balacera en el Punto Cervecero. Vaya a buscar a Stiven.

Estaba levantada. Stiven había salido hacía cinco minutos y le había dicho:

- Mamá, caliénteme la comida, ya vengo.

Gennivera salió en pijama. Caminó dos cuadras. Vio gente correr. Escuchó gritos, gemidos. No vio el taxi de Stiven.

- Stiven no está herido- escuchó decir a un niño.

Sin embargo, cogió un taxi y le pidió llevarla al Hospital Pablo Tobón Uribe.

Ignoraba por qué se había cortado la llamada. Y como es obvio, jamás se hubiera imaginado lo que había hecho su hijo.

Stiven estrelló el taxi contra el muro de la urbanización Lomas de Altamira. Quedó inconsciente por unos segundos, pero su compañero de viaje gritaba y lo alentaba a seguir.

Recuperó la conciencia. Le dio reversa al taxi y retomó el camino. Fue el primero, de las víctimas del Punto Cervecero, en llegar al Hospital Pablo Tobón Uribe. Cayó desmayado. Despertaría cuatro días después.

Atrás de él, decenas de taxis transportaban heridos y familiares, también hacia el Pablo Tobón Uribe, el hospital más grande y de más capacidad de esa zona de Medellín.

Un camión de la Policía había llegado al Punto Cervecero minutos después del ataque.  Los policías ayudaban a parar taxis y reportaban por radio lo ocurrido.

El desfiladero de los heridos y los muertos

En la madrugada, decenas de personas llegaron al Pablo Tobón Uribe a preguntar por sus familiares. Con el paso de los minutos, las noticias irían cayendo como latigazos: Cruz Elena, muerta; Sandry Blanco, muerta; Manuel Valencia, muerto; Manuel Arias, muerto; Jhony Espitia, muerto.

Antonio Basilio se bajó del taxi, el que había tomado siete minutos antes en el centro de Medellín, corrió hacia urgencias, entró y vio a su esposa tendida en una camilla, sin aliento.

Le dio un beso en la mejilla, la miró con extraña tranquilidad, pero luego sintió que se derrumbaba por dentro. Estaba muerta.

Hacía pocos minutos, la había llamado desde su trabajo –en un casino-, y se había enterado que ella estaba en el Punto Cervecero. Lo último que le dijo fue:

- Espérame que ya voy a salir.

Justo cuando se disponía a tomar el taxi recibió una llamada:

- Hubo una balacera en el Punto Cervecero y Cruz Elena fue trasladada al Hospital Pablo Tobón Uribe.

Lorena Valbuena había recibido la misma noticia. Una mujer tocó a su puerta, le informó sobre la balacera y le sugirió ir a buscar a Manuel.

Lorena, Arturo Arias y su otro hijo de 12 años fueron al apartamento de la abuela materna, donde se suponía que estaba su hijo con la novia, tocaron la puerta, escucharon al fondo la música del equipo de sonido. Pero no les abrieron.

Enfilaron al Punto Cervecero y en medio del caos preguntaron por Manuel. Un hombre, al creer que se trataba de Manuel Valencia, a quien había visto caer, se llevó las manos a la cabeza. La familia partió hacia el hospital.

Al llegar, los médicos les dijeron que Manuel estaba muy delicado. Les entregaron la ropa de su hijo -la chaqueta roja que se había estrenado ese día, el pantalón verde, los tenis- y les dijeron que esperaran. A las 4:00 de la mañana, una médica le entregó a Lorena el anillo de oro que llevaba puesto Manuel y le soltó la noticia:

- Su hijo no resistió la operación.

Recordaría por siempre el último favor que le hizo.

Le prestó a Manuel las llaves del apartamento de su madre, aprovechando que ella no estaba. Pensaba que no era lo más correcto. No entendía del todo por qué Sandry se quedaba todos los fines de semana con su hijo. Pero comprendió que tal vez la muchacha, consciente de lo ‘caliente’ que estaba Aures, el barrio donde vivía, prefería que su novio fuera por allá.

Lorena tomó el anillo y lo introdujo en su pulgar izquierdo. Así llevaría pegado por siempre un pedacito de su hijo.

Manuel, que desde joven mostraba un espíritu emprendedor, había justificado la compra de la joya diciendo que más adelante lo vendería y compraría dos marranos. Soñaba, así se lo decía a su madre, con engordar cerdos y comprar un lote y construir una casa.

Había perdido el grado sexto de bachillerato y se sentía viejo para repetir. Decidió, entonces, validar el bachillerato y trabajar el resto del tiempo.

Años después solicitó entrar al Programa Fuerza Joven de Medellín y consiguió algunos recursos para aportar en su casa. Su padre, trabajador de la construcción de toda la vida, estaba enfermo, y lo que ganaba su madre en la fábrica Everfit no era suficiente para alimentar cuatro bocas.

La angustia de Gennivera era similar. Llegó a la 1:00 de la mañana al hospital.

- ¿Madre, cómo está vestido su hijo?- preguntó un vigilante en medio de decenas de personas inquietas y angustiadas.

- Es delgado y tiene una camiseta a rayas.

- Madre, tranquila. Yo se lo busco. No vuelvo hasta que no lo encuentre.

Acompañada de su compadre Freddy, Gennivera quedó en la sala de espera. Masculló los recuerdos más amargos de su vida: los asesinatos de su padre en Ciudad Bolívar cuando ella tenía 7 años, el de su esposo Onésimo cuando tenía un mes y diez días de embarazo de Stiven, y los de sus hijos mayores, cuando tenían 16 y 18 años.

La imagen de su padre era borrosa. Pero las demás todavía estaban frescas: espinas que llevaba para siempre en la piel.

Gennivera regresó por un instante a las 6:00 de aquella mañana de 1991, cuando dos sobrinas de Onésimo, con quien había planeado tener cinco hijos, llegaron a su casa con la noticia.

- Ayer a las 6:00 de la tarde le metieron cinco o seis tiros a Onésimo, cerca de la Plaza Minorista- le dijeron después de sugerirle preparar aromática y de mirarse mutuamente,  para ver quién tenía el valor de soltar el taco primero.

Se volvió a ver en aquella tarde de 1994, corriendo como una loca por todos los hospitales, después de que le avisaran que le habían disparado a Giovanni, el de 16 años, hasta encontrarlo muerto a las 3:00 de la mañana del día siguiente en el Pablo Tobón Uribe.

Mientras esperaba noticias de Stiven, le pareció escuchar otra vez el sonido rasgado que escuchó el 17 de enero de 1999 al mediodía.

- ¡No, mi hijo!-, gritó ese día. Soltó el cuchillo con el que pelaba papas para echarle a unas lentejas que le había pedido James, de 19 años, y corrió hacia la calle. Segundos antes, a través de la ventana, lo había visto caminar al frente de su casa.

Al verlo con un hoyo en su cabeza, tuvo la seguridad de que estaba muerto. Recordó entonces lo que él le había dicho:

- Mamá, si me matan en la calle no me vas a dejar ahí.

Con un carácter fiero, templado por la muerte de los suyos, cargó el cuerpo, lo montó en un taxi y lo llevó al Hospital La María.

- Señora, su hijo ya está muerto- le dijo un médico al recibirlo.

- Sí, yo sé que ya está muerto- respondió Gennivera, con el alma seca.

Pero ahora no era igual. Tenía la seguridad de que Stiven estaba vivo. El vigilante apareció a las 5:00 de la mañana:

- Ya encontré a su hijo. Está en Cuidados Intensivos.

En el camino cruzó a algunos de los heridos y fallecidos de esa noche. Al ver a Stiven con la cara completamente vendada, rodeado de tubos, dijo:

- ¡Ese no es mi hijo!

- Sí señora, sí es su hijo- respondió el médico.

Recién pudo comprobarlo cuando le entregaron su camiseta negra a rayas.

La pesquisa

La llovizna cesó y el sol asomó desde muy temprano. Los primeros rayos se filtraron por los hoyos en el techo, dejando en evidencia el terror de la noche anterior: un camino formado con gotas de sangre que se iniciaba en la discoteca, continuaba en los escalones y terminaba en la avenida principal.

A las 9:00 de la mañana, el Punto Cervecero se llenó de vecinos, investigadores judiciales y periodistas. Corrió la rumorada sobre posibles culpables del ataque y aparecieron hipótesis por aquí y allá: que eso fue una venganza contra uno de los dueños de los locales, que fue para meter miedo, que fue para apoderarse del territorio.

Al final del día, la conclusión fue la misma que determinaron los investigadores un año después: no hubo razón de peso para el ataque, se trató de un grupo de miembros de un combo que querían demostrar su poder y su odio visceral contra los rivales del sector vecino.

Fue como un mazazo de un grupo al corazón del otro. Los unos sabían que el Punto Cervecero era (el) sitio de diversión más popular de Miramar y que seguramente allí, un Día del Amor y la Amistad, debían estar algunos de los otros: sus más enconados enemigos.

- Ellos siempre han querido coger las ‘vacunas’ de este sector de la 80 y no han podido porque hemos establecido puntos de vigilancia de la Policía”, dijo refiriéndose a presuntos miembros de la organización delincuencial ‘los machacos’, Juan de Dios Graciano, subsecretario de orden civil de Medellín en ese entonces.

La Policía lo explicaría así días después:

- “Los machacos”, asociados a los mondongueros”, están en pie de guerra contra otras bandas como “Picacho”, “La Oficina del 12” o “La Conejera”. Buscan financiamiento por medio de homicidios selectivos, venta y distribución de estupefacientes, amenazas hacia la comunidad, desplazamiento forzado, extorsiones al sector comercial, residencial y al transporte.

La última conclusión saldría del informe de un grupo de investigación de la Sijín, el brazo de investigación de la Policía en Medellín y su área metropolitana.

Al frente del grupo, estaba Mario, un investigador de 30 años experto en homicidios.

El domingo 19 de septiembre de 201o llegó muy temprano al Punto Cervecero en un automóvil gris. Saludó a los muchachos y les hizo preguntas directas. Sin rodeos.

La camiseta negra y el pantalón gris le acentuaban la figura espigada. Cabello organizado, mirada fija y rostro inexpresivo. Lucía fresco, sereno, reservado con las preguntas que le hacían los periodistas. La noche anterior, de turno con el grupo de inspección a cadáveres, había escuchado los primeros reportes enviados por los policías que llegaban al lugar. No tardó en ir al hospital Pablo Tobón Uribe y entrevistar a las víctimas.

Al final del día tenía cabos bien atados y el rompecabezas tomaba forma. Con el paso de las horas supo que el taxi Chevrolet Sprint de placas TPP-529, desde el que se había cometido el ataque en Miramar, había sido robado en Belén.

Desde muy temprano, un señor denunció el atraco y describió a los ladrones: tres muchachos con pasamontañas en la cabeza. Uno con cara de niño, otro con una cicatriz entre la boca y la nariz y otro con pinta de costeño.

El taxista no tenía ni idea de lo que habían hecho en su carro, pero la descripción física encajaba completamente con la información que Mario había recogido en las entrevistas con heridos en el hospital y testigos en el Punto Cervecero.

Ese mismo día el taxi fue hallado abandonado en el centro de Medellín con vainillas de balas adentro. El cotejo determinó que coincidían plenamente con las encontradas en el sitio de la masacre.

- ¡Ningún crimen es perfecto!- diría Mario meses después, mientras su gesto recio se iluminaba con una sonrisa.

Durante esa semana, con la presión de una comunidad indignada, con una ciudad que pedía respuestas, rastrearon como perros sabuesos la ruta que siguió el taxi: de Belén a Miramar y de ahí al Centro.

Los pocos datos que consiguieron, en una tarea que parece imposible sobre todo porque el recorrido había sido en la noche, coincidían plenamente con los aportados por el taxista, las víctimas y los otros testigos.

Las pistas se encaminaban hacia miembros de un combo conocido como ‘los machacos’, asentados especialmente en el barrio San Martín de Porres, vecino de Miramar.

El rumor llegó a ese barrio y alertó a los habitantes. La semana siguiente se comunicaron con organizaciones de derechos humanos y con medios de comunicación: querían evitar que los ‘combos’ de los alrededores se metieran al barrio y atacaran a la comunidad, solo por vivir ahí.

- Toda el agua sucia le está cayendo a esta cuadra -se quejó una señora.- Dicen que somos todos  ‘machacos’ sólo porque somos de San Martín de Porres.

Los tres Machacos

Mario y sus investigadores les siguieron la pista a los tres muchachos señalados, conocidos como ‘Lucky’, ‘Cafés’ y ‘Checho’.

Buscaron archivos. Supieron que ‘Lucky’ y ‘Cafés’ tenían 25 años y ‘Checho’, 17. Encontraron antecedentes judiciales. Interceptaron líneas telefónicas y dedujeron, a pesar de las conversaciones cifradas, que habían planeado algo macabro.

Fueron a las casas de ellos y hablaron con familiares.

- Si su muchacho no tuvo nada que ver en la situación, dígale que se presente y aclare el hecho- le dijeron al papá de ‘Lucky’.

- Él no está en la ciudad- contestó el hombre, luego de lamentar lo ocurrido en Miramar.

Lo mismo les informaron de ‘Cafés’ y ‘Checho’. La búsqueda ahora no sólo era en Medellín sino en toda Colombia.

Con esa información, cinco días después, la Policía emprendió una feroz búsqueda de los presuntos culpables. Ofreció públicamente hasta 50 millones de pesos a quien ofreciera información valiosa que ayudara a capturarlos.

Habían pasado veinte días de la matanza cuando la Policía exhibió públicamente los rostros de los tres.

Lucky era muy conocido en Miramar porque iba frecuentemente al Punto Cervecero. A veces lo veían llegar en un carro Volkswagen blanco y sentarse a conversar con los demás muchachos. Pero se alejó de allí desde en 2008, cuando en Medellín se empezó a hablar de una pelea entre ‘Valenciano’ y ‘Sebastián’, dos cabecillas de la banda conocida como “La Oficina”.

Los combos dirigidos por cada uno se distanciaron y empezó una lucha sangrienta que en los tres años siguientes dejaría al menos el 70 por ciento (3677) del total de asesinatos en Medellín. Y él, supieron los investigadores, hacía parte de los ‘Machacos’ desde los 15 años.

La Policía lo encontró el martes 12 de agosto de 2011 en una finca de Palmar de Varela, un municipio caluroso y polvoriento a 23 kilómetros de Barranquilla.

Tres días después, cerca de un peaje de ese mismo pueblo, fue capturado ‘Cafés’. Los investigadores supieron que hacía parte de los ‘machacos’ desde que tenía 11 años.

Ambos fueron llevados a la cárcel modelo de Barranquilla.

Aún faltaba ‘Checho’. Mario y sus investigadores sabían que cumplía 18 años el 21 de agosto. Creían que por esos días iba a regresar a Medellín para pasarlo con su novia, amigos o familiares.

Se camuflaron en esos lugares durante tres jornadas, día y noche. Supieron que se movilizaba en vehículos de alta gama, que ofrecía motocicletas, armas sofisticadas y generosos obsequios a conocidos del barrio.

Justo el día de su cumpleaños lo vieron entrar a la casa de otro presunto cabecilla de los ‘machacos’.

La cuadra se llenó de Policías. La gente se asomó en las terrazas y puertas. Los investigadores actuaron rápido. No podían dejar que les arrebataran al detenido, como sabían, había ocurrido en otros barrios de Medellín. Lo encontraron en una de las habitaciones. Estaba acostado en una cama, tapado con una sábana y agitado.

Mario lo miró fijamente. Por un momento se preguntó si ese muchacho, con pinta de adolescente, incluso con gesto sonriente –así quedó en la fotografía de la reseña policial- había disparado la metralleta, planeado y ejecutado semejante barbarie.

Durante la investigación había conocido la familia: papá, mamá, abuelos, tíos. Una casa normal. Gente trabajadora, aparentemente sin mayores necesidades.

Pero el tío estaba preso por ser el presunto cabecilla del ‘combo’. ¿No habría ejercido una marcada influencia sobre él hasta dejarlo al mando y llevarlo a clavar un puñal en el barrio vecino, quitarle la vida a cinco personas, dos de ellos tan jóvenes como él, y dejar cicatrices para siempre?

Cicatrices

A los tres días de la masacre, Stiven continuaba sin despertar. Gennivera continuaba a su lado día y noche. Rezaba. Prendía velas. El pronóstico médico era reservado.

- Dios, mi único hijo. Él tiene una hija para vivir. Me tiene a mí.

Abrió los ojos al cuarto día. Manoteó, intentó quitarse los tubos. Preguntó con gestos, escribió en papelitos qué le había pasado.

- Mijo, te pegaron un tiro- le dijo Gennivera.

- Vos sos un héroe- le decían los médicos, que ya sabían lo que había hecho.

Salió a los 21 días del hospital. Sabía que tenía un lado de la cara desfigurado y evitaba mirarse al espejo. Se conformaba al pensar que sería sometido a una cirugía reconstructiva.

Así fue. Hoy, la piel en esa mitad de la cara se ve más lozana que en la otra. Sin embargo, conserva una parálisis de un lado de su cara y su cuerpo.

- Me da tanto dolor cuando lo veo mirarse al espejo e intentar abrir la boca- cuenta Gennivera mientras se ahoga en un llanto seco.- Tenía su cara buena. Sus extremidades buenas. Ahora, no puede montar bicicleta, no puede nadar, no puede jugar fútbol. Mi único hijo, mi único apoyo, me quedó inválido. Pero vivo.

Con vida, pero también con una lesión permanente, quedó Wilfred Arcadio Atehortua, 27 años. Un proyectil le astilló el brazo derecho, se alojó en el hueso y sigue allí.

- El brazo me duele mucho. No me estira. Y mire cómo me quedó de flaquito, dice mientras lo levanta hacia el aire.

Wilfred se siente agradecido con la empresa Prebel, donde trabajaba, porque lo reincorporó después de siete meses de incapacidad.

- Por eso, yo todos los días llego a trabajar con mucha moral y disponibilidad-dice.

Reconoce, sin embargo, las restricciones que padece a cada minuto. Siente un  dolor inmenso cuando intenta levantar cargas que superan los 20 kilos.

- Antes hacía mucho deporte. Permanecía dos o tres horas diarias en el gimnasio- dice mientras levanta la manga derecha y enseña un tríceps duro y bien formado.

Aquella noche del 19 de septiembre conversaba con Jhony Spitia cuando sintió el quemonazo en su brazo. Cayó al piso. Allí recobró el instinto de soldado, el que aprendió en el año 98 en un batallón de Quibdó, en Chocó. Se arrastró con un solo brazo, como si estuviera en la selva, y entró al negocio para protegerse.

Cerró los ojos mientras sentía una turba de personas pisarlo y escuchaba las ráfagas de subametralladora y los disparos de pistola.

- Abuelos, no me vayan a dejar morir- se dijo a sí mismo.

Al sentir que el fuego había cesado, se paró, vio el tendal de heridos, vio a Sandry Blanco al lado de las escalas, los charcos de sangre y corrió a tomar un taxi.

Al llegar al hospital Pablo Tobón Uribe vio a Jhony Spitia tendido en una camilla. Estaba muerto.

- Mi vida ahora es más triste. Uno se mira al espejo y piensa: ahora estoy joven, pero cuando pasen los años este brazo va a estar peor. A veces tengo pesadillas. Siento que mi corazón es más duro. Lo que me tocó ver nunca se me va a olvidar. Me marcó para toda la vida.

Blancos del conflicto armado

La abogada Jenny Lopera supo de la masacre ese mismo domingo. Acostumbrada a trabajar con víctimas desde hacía tres años, conocedora de las tragedias que se desencadenan después, las que no muestra la prensa, las que duran para siempre, sintió una punzada en su corazón.

Supo de la reunión que el lunes siguiente tuvo el Alcalde Alonso Salazar con los deudos, los familiares de los heridos y los dueños de los puestos de venta. Supo que la Alcaldía de Medellín emprendería por primera vez la misión de acompañar a un grupo de víctimas. Supo que ella estaría en ese equipo. Era un plan de acción sin precedentes en la ciudad.

Lo primero fue ayudarles a suavizar el dolor espiritual y material. Grupos de psicólogos hicieron con ellos terapias grupales cada semana en la parroquia de Miramar y visitaron a las víctimas en sus casas. Trabajadores sociales hicieron una radiografía de cada familia para detectar sus necesidades.

Les dieron mercados y cada necesidad reportada por ellos era atendida de inmediato.

Jenny Lopera, se sentó con cada uno y les explicó la demanda que intentarían presentar ante el Estado: que los reconociera como víctimas del conflicto armado. Aunque debió advertirles que era probable que la respuesta fuera negativa por la ingeniería legal, que les era adversa.

Les detalló las dos alternativas: analizar si ellos eran víctimas de la violencia política, que rige la Ley 418 del año 1997, o si en cambio entraban bajo el Decreto 1290, que atiende a víctimas de grupos armados ilegales organizados.

Si se pegaban de la Ley 418 habría que demostrar que el perjuicio que ahora padecían era el resultado de “atentados terroristas, combates, secuestros, ataques y masacres en el marco del conflicto armado interno”. Jenny les advirtió que esa era una traba compleja de resolver. En 2005 se habían desmovilizado cientos de paramilitares, lo que supuso que los cerca de 200 combos de Medellín pasaran a formar parte de la delincuencia común.

La otra opción ya ni siquiera lo era. El Decreto 1290 había regido hasta el 22 de abril de 2008.

No todo estaba perdido; la Ley 418 aún era una remota posibilidad. Con esa esperanza, Jenny documentó cada caso: recortó las notas de prensa que habían registrado el hecho, anexó certificados de la Fiscalía, de Medicina Legal, las historias clínicas… y llevó 13 carpetas ante la delegada penal de la Personería para que estudiara si era viable que estas víctimas fueran reconocidas por el Estado.

La Personería estudió el cerro de documentos y el 27 de diciembre de 2010 dio respuestas: “Sí es susceptible de ser víctimas del conflicto armado”.

- Ese día casi que hacen fiesta- recuerda Jenny.

Sin embargo, aún faltaba otro obstáculo por superar: Acción Social.

Jenny se reunió otra vez con cada familia, revisó cada carpeta y les anexó el concepto de la Personería.

En marzo de 2011, Acción Social les respondió a las víctimas: “A esta reparación administrativa acceden únicamente las víctimas de la violencia política (por motivos ideológicos o políticos)… En el presente caso, hasta el momento, no se tiene claridad sobre los móviles del hecho… el caso se encuentra rechazado”.

Acción Social aclaró que cambiaría el concepto si la autoridad judicial competente, en este caso la Fiscalía, confirmaba que la masacre del 19 de septiembre de 2010 había sido motivada por el conflicto armado.

Ni Jenny ni los familiares de las víctimas mortales -Cruz Elena Agudelo, Jhony Espitia, Manuel Emilio Arias, Manuel Valencia y Sandry Blanco Izquierdo- los heridos temporales y quienes sufrieron lesiones definitivas como Stiven, se dieron por vencidos.

Solicitaron reconsiderar el caso, con el concepto de la Fiscalía, y en mayo recibieron otra carta notificándolos de la inclusión. Recibieron un millón de pesos.

Jenny Lopera sintió una satisfacción como pocas veces. Había estado al frente de un caso emblemático y el final había sido exitoso, incluso aunque algunas víctimas consideraran que un millón de pesos era un minucia para todo lo que habían perdido en sus vidas.

Jenny se lamentó porque si los hubiera cobijado la Nueva Ley de Víctimas, sancionada en junio de 2011, el alivio hubiese sido otro: habrían sido indemnizados, habrían tenido una reparación simbólica, más atención psicológica y una reconstrucción de la memoria.

Se preguntó por qué los 135 asesinados que cada mes de 2011 había escupido Medellín no tenían una reparación al menos como los de Miramar.

Ya no quedan serpentinas

El estadero de la Curva de Miramar quedó casi abandonado. Desde lo lejos se muestra como una construcción blanca y plana, de un silencio sepulcral, triste, sellada. Solo queda el recuerdo de aquellos días cuando era un lugar de concurrencia, primero como carnicería y legumbrería y por último como el único sitio de diversión y esparcimiento. El lugar donde la gente podía ir a comer y a beber.

Había tomado tanta fuerza que Jorge Suárez ya estaba proponiendo hacer reformas para convertir el lugar en la zona rosa de Miramar.

Cada tarde, el sitio se llenaba de vecinos deseosos de tomarse una cerveza, comer algo rápido o solo de hablar y mirar desde allí el panorama de la zona nororiental de Medellín.

- El sitio era el pasatiempo del sector. La gente no se iba para otro lado- recuerda Blanca Dilia Ospina, presidente de la Junta de Acción Comunal de Miramar.

Después de la masacre, pese a las movilizaciones, a las eucaristías en memoria de las víctimas, Blanca Dilia percibió una “soledad terrible” en el barrio y el temor de algunos habitante en pasar por allí.

- Yo, por ejemplo, cada vez que miro para allá recuerdo esas imágenes- dice Giovanni García, un vecino.- Ese día cambió el barrio. Ese día perdió la alegría.

Las muertes violentas no han sido algo extraño para los habitantes más viejos. Recuerdan que hubo una época muy caliente, desde finales de los ‘80 y principios de los ‘90, cuando el Cartel de Medellín estaba en pleno auge. O cuando mandaba un grupo de muchachos que solían robar. Pero los vecinos los consideraban ‘rateritos de medio pelo’: buenos para meter miedo y robar motocicletas.

Hace dos meses abrieron la taberna, la de la esquina contraria a donde ocurrió la masacre, pero cuentan los vecinos que ya casi no se ven parroquianos.

Jorge Suárez alquiló un negocio de comidas rápidas y allí venden otra vez hamburguesas y perros calientes. La licorera y el Punto Cervecero permanecen cerrados. Tal vez más adelante, quién sabe, vuelvan a vender comida.

De lo que están seguros los vecinos es que no funcionaría otro negocio como El Punto Cervecero, que un Día del Amor y la Amistad decoraran con bombas rojas y serpentinas.

- Yo siempre lo voy a ver como un sitio aburridor, apagado, oscuro- repite a quien le pregunte Juan Fernando Suárez, después de aquella noche que infló corazones y escribió frases de amor.

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