“Yo no soy un ser religioso, soy un ser espiritual: padre Juan Carlos Velásquez

Relato sobre uno de los sacertotes más controvertidos y queridos de Medellín y su área metropolitana.

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Al ver por primera vez a Juan Carlos Velásquez, con su cabello largo y enmarañado y su barba tupida, se podría pensar que es el integrante de alguna agrupación de música alternativa o el profesor de historia de un colegio oficial. O se creería también, al verlo rodeado frecuentemente de personas conocedoras del conflicto en Medellín, que es un activista acérrimo y temerario de los derechos humanos.

Los estereotipos generados por su imagen fresca y juvenil caen cuando se corre el telón de esa primera impresión y detrás aparece el padre Juan Carlos Velásquez: surge el sacerdote católico, el hombre de personalidad mansa, el líder espiritual de una de las  comunidades más sufridas de Medellín.

Ahí no terminan las sorpresas. Es necesario ir hasta su parroquia o, mejor, hasta su casa, para descubrir que este religioso y promotor de los derechos humanos es también un escultor de la madera. Un artista.

Es miércoles 16 de agosto y un reportero llega a las 4:30 de la tarde a la casa cural de la parroquia San Fernando Rey del barrio López de Mesa en la comuna 5 de Medellín (Castilla).

Juan Carlos Velásquez está sentado en una pequeña butaca y trabaja con ahínco en  una figura de madera de unos dos metros de alto. Al darse cuenta de la visita, anunciada por su secretaria, detiene por un instante la herramienta con la que talla, suelta una sonrisa generosa e invita a seguir al visitante.

Al notar la sorpresa del periodista, quien apenas descubre su talento, dice que tallar es una de sus más grandes pasiones. Luego cuenta que esa figura, que tiene formas humanas, plantas y animales, es un encargo y que es la historia del corregimiento de Santa Elena.

Las puertas de la casa cural permanecen abiertas. Así como entró el reportero, sin problemas, sin protocolos, entran vecinos todo el tiempo a saludarlo, a contarle cosas de su vida, a pedirle una cita, un consejo.

- Aquí me cuidan mucho… Me traen hasta comida, dice con ese tono de voz que parece que nunca subiera ni bajara.

- Con tantas visitas, ¿si tiene tiempo para hacer trabajos como estos?, le pregunta el visitante.

- Esto lo hago sobre todo por la noche. Me acuesto diariamente a eso de la 1:00 de la mañana y me levanto a las 5:00 de la madrugada, responde mientras continúa quitando partes de la madera.

Luego agrega que repone el sueño en la hora de la siesta. Pero, explica, no es una siesta cualquiera. Se pone la pijama, se cobija y se baña nuevamente al despertar.

Cuenta que la vena artística la heredó cuando era muy joven y gracias a su padre César Velásquez, quien era artista plástico.

- Yo me crié en una familia de clase media, pero muy culta, dice.

Los años de niño, adolescente y de juventud temprana los vivió en el barrio Santa María de Itagüí. Allí, en medio de gitanos y su familia conformada por sus padres y siete hijos, aprendió el significado de la tolerancia y la comprensión.

Sus padres, César Velásquez y Margarita Rúa, comprendieron su fogosa personalidad y lo incentivaron a participar en grupos de Scouts y a practicar el karate.

Su hiperactividad, paradójicamente, no se reflejaba en los cultos religiosos. No iba a misa y a los 16 años ni siquiera se había confirmado.

- En mi familia, la fe no era asumida como una imposición sino como una opción, recuerda.

Sería el monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, amigo de su madre, quien le mostraría el camino que años después decidiría recorrer.

El religioso, actual director nacional de Pastoral Social, fue calificado por el periódico El Mundo de España, en una nota publicada el 25 de mayo de 2007, como el ‘pacificador’ de la iglesia colombiana por estar al frente del Grupo de Trabajo Colombia de Cáritas Internationalis, un espacio que se configuró en cooperación solidaria por la paz con la Iglesia colombiana.

Además, el diario español, contó que Henao Gaviria participó en 1994 como tutor moral del proceso de paz que firmaron el gobierno nacional y las milicias urbanas de Medellín y que es ese mismo año creó el Viacrucis Nacional por la Paz, la Justicia y la Vida.

La filosofía de vida de Henao, el trabajo social en el que dirige proyectos de atención humanitaria, promoción social, defensa de los derechos humanos, construcción ciudadana de paz, atención de emergencias y reconstrucción del tejido social impactó a Velásquez.

Al terminar el grado once de bachillerato, por la amistad y empatía que tuvo con el Monseñor, ingresó al Seminario Conciliar de la Arquidiócesis de Medellín.

Cuatro años después tuvo la seguridad de ser religioso y el 9 de diciembre de 2000 fue ordenado como sacerdote. A los dos años llegó a la parroquia San Fernando Rey.

Con ese mismo aire de amabilidad que, dice, siempre lo ha caracterizado se le acercó a la comunidad. No sólo entró en contacto con las señoras de fe más férrea sino también con algunos de los integrantes de los cerca de 20 grupos armados ilegales que operan en Castilla.

No aprovechó su posición o el púlpito para señalarlos y juzgarlos. No. Se acercó a ellos, les habló, les demostró que él estaba allí para escucharlos. Fue tanta su influencia que un día sentó a los cabecillas en un mesa y les sirvió de puente con el Programa Fuerza Joven de la Alcaldía de Medellín, un proyecto social que, entre algunos de sus objetivos, pretende arrebatarle jóvenes vulnerables al conflicto.

-  A ellos no se les debe aislar. Hay que hacerlo partícipes, dice

Durante una Semana Santa, en el lavatorio de los pies, por ejemplo, eligió a 12 miembros de combos para que representara a los apóstoles.

La violencia sigue campeando en Castilla. Sin embargo, hay testimonios, dice él, de jóvenes que enderezaron su camino gracias a la orientación que les dio.

- A uno de los muchachos, por ejemplo, le ayudamos a conseguir trabajo. Ahora viene frecuentemente con su hija y esposa a dar las gracias.

Otros siguen con vida porque logró persuadir a los potenciales victimarios para que no ejecutaran su objetivo criminal. Pero otros cayeron inevitablemente y él debió oficiar los sepelios.

Hoy es uno de los líderes de derechos humanos más reconocidos del Valle de Aburrá. En 2010 hizo parte de la Comisión de la Vida o Grupo de Notables para servir de puente entre voceros de distintos grupos delincuenciales de la ciudad y el presiente Juan Manuel Santos.

La Comisión, integrada además por Jaime Jaramillo Panesso, Francisco Galán, Jorge Gaviria y Aníbal Palacio, le entregaron, en octubre de 2010, una carta el Presidente en la que unos mil miembros de ‘combos’ se comprometían a dejar las armas si había garantías jurídicas.

En marzo de ese año, Velásquez hizo parte de una polémica en el país al conocerse que él y el Grupo de Notables gestionaron –después de un año como el 2009 que dejó 2.186 homicidios en Medellín, la cifra más alta desde el 2002- un pacto de paz entre Maximiliano Bonilla, alias ‘Valenciano’ y Érick Vargas, ‘Sebastián’, los cabecillas enfrentados de la organización delincuencial ‘La Oficina’.

Para algunos sectores sociales no fue bien visto que las cifras de homicidios bajaran en febrero de 2010 por un pacto entre delincuentes.

Pese a que se ha convertido en una persona destacada en Medellín y dentro de su comunidad, Velásquez dice que continúa siendo el mismo: el amigo de la señora de 80 años, del joven, del integrante de ‘combo’.

- Más que un ser religioso, soy un ser espiritual, dice.

Por eso, cree que, como activista de los derechos humanos, es más efectiva una posición de humanizante que de denunciante. Por ello se pregunta si “los pillos son víctimas o victimarios”.

- Yo creo que es necesario construir pedagogías y conciencia de los derechos humanos. Todos hablamos de ellos y no los conocemos ni los cumplimos. Los derechos humanos tienen como fin principal la convivencia. No son el medio para señalar al otro, dice.

A las 6:00 de la tarde, interrumpe la conversación. Argumenta que debe salir rápido para El Poblado. Le da un abrazo al periodista y se despide. Antes había mencionado que la semana siguiente viajaría a España, por una invitación que le hicieron, a conocer el proceso sobre cómo ETA, el grupo terrorista español, decidió en septiembre de 2010 hacer un alto al fuego.

También había dicho que no es de los que le gusta conocer la historia por medio de los libros sino yendo hasta los lugares donde transcurren los hechos. Que desea continuar con su labor actual. Y que no aspira a cargos de alto rango dentro de la Iglesia porque, piensa, puede perder la vocación de servicio.

A los diez minutos sale recién bañado, con una camisa blanca y un pantalón beige, lo que acentúa más su juventud, 37 años. Aborda su automóvil azul y emprende rumbo hacia el sur de Medellín.

Al verlo frente al volante, sin cleriman, con el cabello desenvuelto, difícilmente se creería que es un sacerdote. Tal vez, sí, un artista nocturno, un hombre particular, como su correo electrónico: tienedondeapuntar@hotmail.com, o un ciudadano más con pinta de apóstol.

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