“La música nos permitió estar con vida”

Relato sobre una de las organizaciones musicales más sociales y exitosas de Medellín. Son de la Comuna 13.

Si la música no corriera por sus venas como un torrente estremecedor, sino los hiciera experimentar momentos de éxtasis y apoteosis, o si no hubieran soñado con ser artistas, tal vez habría sido difícil escapar de esa guadaña de la violencia que se llevó a decenas de jóvenes de su generación

Así lo pensaron un día de 2004. Y se preguntaron por qué estaban allí, si tantos vecinos se habían tenido que ir y otros habían muerto. ¿Por qué no se habían dejado seducir por las armas? ¿Por qué, si habían crecido en la misma zona –barrio El Salado de la comuna 13 Medellín-, había en sus corazones un panorama cargado de esperanza, tan grande y claro como el que se divisa desde ese barrio?

Jaime Sánchez, Carlos Alberto Sánchez y John Freddy Asprilla, así se llaman los tres hombres que se planteaban esas cuestiones, comprendieron que la música les había mostrado un camino diferente. Tuvieron la seguridad de que el proyecto musical que habían emprendido con el grupo de hip-hop Skarial era la respuesta a esas preguntas.

Pensaron que sí la música les había cambiado el rumbo de la vida, por qué ellos no podían propiciar lo mismo con decenas de niños, adolescentes y jóvenes que veían como referentes –tal vez como héroes- a hombres armados que merodeaban día y noche por los empinados callejones del barrio.

-En las décadas de los 80 y 90, integrantes de Eln, las Farc y comandos armados del pueblo pregonaban que había que cambiar la realidad. Entonces se dedicaron a reclutar la gente de mi generación. Unos murieron y otros se debieron ir, recuerda Jaime.

En medio de ese contexto de violencia, pobreza evidente, periferia y marginalidad, los tres amigos decidieron dar un salto y transformaron su agrupación de música en un colectivo artístico llamado Son Batá.

Sabían que el objetivo no era, estrictamente, formar artistas de alta calidad, sino, por medio de la música, mejores personas y arrebatarles así potenciales miembros a los grupos armados ilegales.

El relato de Jaime, de 26 años, transcurre mientras está sentado en una silla Rimax al lado de la casa que le sirve al colectivo como sede administrativa. A su  lado está su hermano Carlos Alberto, conocido como “Nene”, dos años menor que él.

Ambos concuerdan al decir que lo primero que hicieron fue convocar a decenas de jóvenes que quisieran hacer parte de tres grupos artísticos: uno de danza y teatro y dos –uno de ellos de jóvenes entre 14 y 17 años- que visibilizaran los ritmos del Pacífico colombiano enriquecidos con el hip-hop. El reto era ser novedosos.

-Sabíamos que no podíamos ser unos simples replicadores, cuenta Jaime.

Conocieron la cultura del Pacifico. Se dieron cuenta de que podían impregnar el hip-hop que sabían hacer con instrumentos como las tamboras, las maracas, los redoblantes, el clarinete; que podían hacer fusiones con el jazz, el funk, la salsa; que podían tocar todos esos instrumentos y ritmos en un necesario y que tenían posibilidad de alejarse de la tradicional pista y darle más vida a sus presentaciones.

-Ese es el hip-hop que sabe a nosotros, que sabe a negro, cuenta Jaime.

En un principio, el principal escenario era una terraza. Todos los días a las 6:00 de la tarde se reunían allí y hacían vibrar el barrio. El público eran los cientos de vecinos que, acostumbrados a los ruidos de las balaceras, escuchaban desde sus humildes residencias, que desde lo lejos parecen sostenidas de la nada, los sonidos que se estrellaban contra sus casas y montañas.

Jaime, al ver que los niños los imitaban con baldes y tapas de ollas, comprendió que el proyecto Son Batá -conformado en la actualidad por un grupo de base de 70 personas y que además capacita a 350 niños y jóvenes- sí podía, así no fuera completamente, romper ese círculo violento al que parecían estar abocados muchos de ellos.

Los resultados no se hicieron esperar. Su música, ese otro grito que no era de dolor sino de esperanza, traspasó la comuna 13, salió de Medellín y llegó a oídos de la embajada de Suiza en Colombia.

Un día de 2007 apareció el embajador en esas humildes calles. Se sorprendió al ver el trabajo desarrollado por ese grupo de muchachos. Y quedó impactado con la visión de Jaime y sus compañeros.

-“¿Muchachos, qué necesitan?”, habría preguntado el embajador.

-Una sede, respondieron.

El embajador explicó que no había tantos recursos, pero dijo que sí podían pagarles el arriendo de un lugar por un año.

-Es esa casa que ves allá, señala Jaime hacia una vivienda colorida, cerca de la sede administrativa, que están pintada de rojo, verde y amarillo y que tiene pintado en la fachada el nombre de Son Batá.

- Ahora la vamos a comprar, agrega.

Las visitas continuaron llegando a El Salado. Después fue el grupo cultural Afroreggae, una  ONG de Brasil que fomenta la integración en las favelas de Rio de Janeiro.

-Ustedes son como nosotros, les dijo José Junior, el director, y los invitó a Brasil a conocer el trabajo de ellos.

En septiembre de 2010, integrantes de Son Batá viajaron a Rio. Allí se dieron cuenta que no son como ellos, que son un grupo cultural 10 veces más grande, que en medio de las favelas tienen estudios de grabación de alta tecnología y que el proceso con los jóvenes es más avanzado.

-Fue como habernos montado encima de un gigante y ver desde allí el camino que podíamos seguir, cuenta Jaime.

La cadena de éxitos no se interrumpió. En julio de 2011 se presentaron a la convocatoria Circulart 2011 para participar en el mercado cultural que reúne en Medellín, del 22 al 25 de septiembre, a profesionales de la música, artistas, agentes, productores, managers, especialistas en marketing cultural y público en general.

Un jurado, que hace parte del grupo estadounidense Red Hot Chili Peppers –asegura Jaime-, quedó impactado con la presentación que hicieron y los recomendó para tocar juntos a los artistas considerados los inventores del punk funk. Días después llegó al correo del colectivo un mensaje del manager preguntándoles que si querían tocar con ellos el 11 de septiembre de 2011 en Bogotá. No lo podían creer.

Fueron 25 minutos los que estuvo Son Batá en tarima, ante unas 30 mil personas en el parque Simón Bolívar de la capital del país.

Para “Nene” y Jaime fue otra oportunidad de seguir inmortalizando a esta agrupación que nació en uno de los rincones que, históricamente, ha padecido más el rigor de la violencia en Medellín.

“Para nosotros es muy importante el reconocimiento, pero lo más significativo es que estos muchachos de este barrio y otros vean que sí se puede salir, que sí hay otro camino distinto al que han conocido, dice “Nene”.

Algunos de eso chicos ya han seguido esos caminos. Lo demostraron la primera semana de septiembre cuando uno de los grupos ganó en Cali, en el Festival Nacional de Música del Pacífico Petronio Álvarez, el premio al mejor conjunto de chirimía del país.

Como era de esperar, los demás integrantes los recibieron con bombos y platillos y propiciaron en recorrido en chiva por las calles de la comuna 13.

Las alegrías recientes están borrando los días oscuros que han vivido, como aquel 3 de julio de 2010 a las 6:30 de la mañana cuando varios disparos segaron la vida de Andrés Medina, uno de los integrantes del colectivo.

El ataque ocurrió en El Salado y algunos integrantes de Son Batá llegaron hasta el sitio a reconocer el cuerpo. El 24 de agosto de 2009 había también en la comuna 13 a Héctor Enrique Pacheco, ‘Colacho’, otro cantante de hip-hop. Pensaron, entonces, que había llegado la hora de irse del barrio.

Hoy afirman que así los apabulle el éxito, y tengan la posibilidad de radicarse en una zona más segura y de estrato más alto de Medellín, no se irán. Aseguran que su misión es continuar siendo el modelo a seguir para muchos niños y jóvenes. Incluso, mientras observan los alrededores, dicen que si les es posible organizarán las casas para que se vean bonitas o que harán donaciones para obras de estabilización de los terrenos.

-Nos duele que la gente por acá no se muera, además, porque un derrumbe les cae encima, dice Nene.

 

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