La familia que desapareció en menos de dos años

Gustavo Adolfo García, un amigo que murió en un accidente aéreo, inspiró la redacción de este texto. No tuve otra pretensión que exorcizar lo que sentía pocos días después de su muerte.  

Al encender el televisor a las 6:45 de la mañana del martes 16 de septiembre de 2005, Andrés Sanabria recibió la noticia sin ninguna anestesia: después de las tres de la madrugada se había estrellado el avión de West Caribean con matricula HK4374 en estribaciones de la Serranía de Perijá en jurisdicción de la ciudad venezolana de Machiques. Andrés aún no se reponía de la noticia cuando sonó el teléfono. Al otro lado de la línea Mauricio Camacho, amigo común de Gustavo y Andrés, preguntaba angustiado:

— Andrés, Gustavo sí viajó ayer.

Sin asimilar lo que había pasado respondió:

—Sí, iba en el avión que se estrelló.

Después de bañarse y afeitarse, fue al closet y al abrirlo se encontró de frente con la ropa que Gustavo había dejado el día anterior. En ese momento comprendió lo que había pasado. Explotó en un llanto agudo que duró más de una hora. Aunque el dolor le impidió ir a trabajar, debió ir a matricularse en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid.

En el trayecto, se pasaron por su mente los recuerdos del fin de semana. Habían estado juntos el sábado, el domingo y el lunes. Este último día habían dormido todo el día y al despertar en las horas de la tarde, almorzaron espaguetis con champiñones y siguieron conversando de su vida elemental. Gustavo, entre tanto, esperaba la llamada de Alex, el encargado de control de vuelos, quien el día anterior le había dicho que esperara llamada para confirmarle si debía volar ese día en la tarde. Y ya eran las cinco y su celular no repicaba. Gustavo se empezó a preocupar. Días antes había discutido acaloradamente con Alex y presentía que éste estaba esperando el menor descuido para hacerlo sancionar. Por eso no dudó en llamarlo.

—Ah, marica, se me había olvidado —contestó Alex—. Tiene que estar en el apartamento de West Caribean a las 5:45 de la tarde.

Eran las 5:15. Gustavo empacó el uniforme, la poca ropa limpia que tenía y una camiseta interior que le prestó Andrés. Los dos salieron rápidamente hacia donde debía estar el colectivo esperando a la tripulación.

—Gracias mijo —dijo Gustavo al despedirse de Andrés—. El almuerzo estuvo muy rico. Pilas pa’ que el viernes salgamos con esas viejas.

Andrés le había presentado el sábado anterior a Juliana, una joven de la que Gustavo quedó encantado. Esa tarde del lunes la había llamado para proponerle que salieran el viernes siguiente.

Al recordar estos últimos momentos, Andrés sintió que no podía hacer la matricula. Le entregó a una amiga toda la documentación necesaria y regresó a su casa. Llamó a los amigos comunes de él y de Gustavo y se reunieron en el apartamento de uno de ellos. Fue una tertulia triste y cargada de recuerdos nostálgicos.

***

Gustavo Adolfo García ingresó a West Caribean dos meses después de morir su madre Fany Pérez, quien murió el mes de enero del 2004 después de permanecer dos meses convaleciente por un cáncer. Esta calamidad obligó a Gustavo a pedirle ayuda al presidente de West Caribean, pues sabía que debía sostenerse económicamente y ayudarle a su hermano Cesar Pérez, un hombre de 38 años pero con alma de niño.

Pero no estaba sólo. Elkin Pérez, su tío, en estos momentos le servía de apoyo económico y moral, sobre todo con el cuidado de César, quien parecía no darse cuenta de lo que había sucedido. Se la pasaba cantando por la casa y cuando se le pedía que se callara, ponía un dedo en sus labios en señal de que debía hacer silencio, para luego responder con dicción defectuosa: “debo portarme bien para que mi mamá que está en el cielo no se enoje conmigo, porque esa monita es muy brava”.

Pero su aparente inocencia se fue transformando en un silencio extraño. De su hiperactividad pasó a un movimiento lento y a una mirada perdida. De pronto explotaba en acciones agresivas. Así como cuando cogió a ‘Lucas’, el perro con el que dormía Gustavo y a quien quería como si fuera su hijo, y lo lanzó desde un tercer piso. Y aunque el perro se enredó en los cables de la luz, estos no impidieron que el animal cayera ensartado entre las varillas de la reja de la acera. A pesar de ello quedó vivo.

Gracias a la ayuda del psicólogo y de la familia de Elkin Pérez, César fue recobrando su estado normal. Gustavo, entre tanto, empezó a capacitarse para desempeñarse como auxiliar de vuelo en West Caribean.

Esto era lo que transcurría 19 meses atrás. Ocho días antes del accidente recibí la última llamada de Gustavo.

—Hola…—dijo en tono desenvuelto.

No fue necesario preguntar ¿con quién hablo? Aunque hacía meses que no conversábamos me era imposible olvidar esa vos burlona y ese sonido extraño, para quien no lo conociera, que hacía cada vez que hablaba. Al escucharlo me lo imaginaba torciendo los labios hacia un lado y expulsando un poco de aire por un lado de la boca, uno de sus tantos tics.

—Y ese milagro.

—Necesito que me hagas un favor

—No tengo plata

—Yo sé que usted nunca tiene. Es para que me lleves una carta a la universidad. Voy a pedir reingreso.

—¡Qué bueno! ¿Si te dan permiso en la empresa?

—Yo creo que sí. Tengo que portarme bien

—Dejaste de beber, o que.

—Ja, ja, ja. Yo he cambiado mucho.

—Te volviste evangélico.

—Más o menos.

—No te creo. Haber, díctame la carta, aprovecha que tengo el computador listo

—Copie pues

— Dale

—Señores, asuntos estudiantiles. Yo, Gustavo Adolfo García Pérez, identificado con C.C. 71’311.867 de Medellín, deseo solicitarles el reingreso al pregrado de derecho, el cual cancelé el año anterior por calamidad doméstica.

—Te la entrego cuando vaya a la universidad.

—Y cuando nos tomamos los rones.

—Cuando quiera, pero usted sabe que yo no le aguanto el ritmo.

—Yo te llamo estos días.

—Listo hermano, suerte.

Los rones se los tomaría ese fin de semana, puente festivo, con Andrés, su mejor amigo, casi su hermano

***

El estupor de Elkin Pérez no era muy diferente al que estaban sintiendo los amigos de Gustavo. Al dolor por su sobrino fallecido, se sumaba la preocupación por César. Sabía que debía mantenerlo alejado de la realidad, cosa no muy difícil. Pero también sabía que esto no podía durar por mucho tiempo, pues a César le encantaba ver televisión, y aunque no comprendía la realidad en su total dimensión, si podría captar algo. Y efectivamente eso fue lo que pasó. En una de las emisiones de los noticieros nacionales, César escuchó al periodista mencionar el nombre de Gustavo Adolfo García Pérez. De inmediato resbalaron lágrimas por sus mejillas y empezó a decir que su hermanito se había muerto.

Pero Elkin, que ya tenía preparado un plan de contingencia, le dijo: gustavos garcías que trabajan con aviones hay muchos, tranquilo hombre que él está en Bogotá trabajando. Sin embargo intuía que no lo había convencido del todo. Sabía, como todos los que conocían a Cesar, que su deficiencia era proporcional a su malicia. Y esto le preocupaba. ¿Hasta cuándo podría ocultarle la verdad?

Pero no fue necesario decirle nada. El martes 27 de septiembre a las siete de la noche, César empezó a vomitar repentinamente. Su tío, al darse cuenta, le preguntó que sentía, y éste, llevando su mano a la frente, le indicó que le dolía la cabeza. Elkin le dio de tomar dos pastillas dólex y le dijo que se acostara. Pero Cesar siguió lamentándose. Por eso lo llevó rápidamente al hospital San Rafael de Itagüí. Al llegar, César empezó a convulsionar y de pronto quedó privado. El personal médico hizo lo necesario para revivirlo, pero fue inútil. Murió después de las nueve de la noche.

En la mente de Elkin Pérez aun retumban las últimas palabras de Fany, frases que él asume con credulidad pero que nadie podrá explicar: ahí te dejo a mis hijos para que los cuides, que yo luego vengo por ellos.

En la mente de Andrés quedarán por siempre las mejores palabras que se pueden decir dos amigos que superaron la afinidad a la parranda: Te quiero hermano.

 

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