Comprendí lo que significa tomar Yage

Esta nota fue publicada en el  2007. 

Poco antes de tomar el Yage me le acerqué al taita Juan Bautista Agreda, un indígena venido de una localidad del Putumayo, y le dije que quería que la sustancia hiciera un efecto importante en mí. Le expresé que si él, lo consideraba necesario, me diera un poco más de la pócima.

-¿Cómo así?, me preguntó.

- Usted sabe que  tengo un interés periodístico. Por ello no quiero pasar en blanco.

Algunas de las personas que asistieron a esta sesión de Yage, un viernes en una finca del corregimiento de Santa Elena, me habían dicho que la  primera vez que habían tomado esta sustancia sólo habían sentido malestares estomacales.

Otras, por el contrario, expresaron que tuvieron visiones y que vieron pasar su vida como por una pantalla de televisión.

Y yo no sólo quería tener malestares físicos.

A eso de las 11:00 de la noche, en un ambiente  inundado de olor a incienso y a mentol, comenzó la sesión. El taita, vestido con una inmensa ruana a rayas y con un collar de accesorio colgado en su cuello, se sentó en una mesa y desde allí, en tono calmado, dio las instrucciones generales de lo que iba a pasar luego.

Explicó que nosotros, los particulares, íbamos a tomar un remedio que tiene dos propósitos: curar el alma por medio de las visiones  y el cuerpo por medio de la limpieza corporal.

Después de más de media hora de recomendaciones empezó a servir, en una pequeña vasija,  el líquido color café intenso.

“Buena salud y buena pinta (buenas visiones) para todos”, dijo el primero antes de tomarlo con actitud de evidente respeto.

Yo fui la cuarta persona que  bebió la sustancia. Mi lengua saboreó un líquido similar al vino, pero mucho más espeso. En mi paladar permaneció un buen rato ese sabor.

Habían transcurrido unos cinco minutos cuando sentí el primer retortijón. Tuve que salir corriendo a trasbocar. Esto mismo ocurrió cuatro veces más.

Después de la primera vez, y al ver que los demás participantes se habían apropiado de su puesto en la amplia sala, decorada con un estilo indígena, y que incluso mi compañero (la persona que registraría mis reacciones) se disponía a dormir, tomé mi cobija y me tiré sobre la estera.

Alexandra Carmona, una atractiva joven que estaba a mi lado, al ver que mi colega estaba profundo, dijo: “siempre pasa, se quedan dormidos”.

“Y ese era el que me iba a cuidar”, respondí en tono irónico.

Cuando cerré los ojos no apareció frente a mí esa oscuridad habitual. No. Entré a una especie de dimensión, cargada de luces que no se quedaban quietas, que formaban figuras que nunca antes había visto.

Me sentí feliz nadando en ese mundo nuevo para mí. Un mundo ambientado por la voz armoniosa y delicada de una joven que durante un buen tiempo, sentada en posición de meditación, cantó bellas canciones que parecía la música de los ángeles.

De repente, otra vez el deseo inevitable de vomitar me hacía dejar esa sensación de tranquilidad y tenía que correr hacia el prado. Siempre que salía, Asención, una señora que recibe al taita cuando viene a Medellín, corría detrás de mí a preguntarme cómo me sentía y si podía ayudarme en algo.

Después de la cuarta salida, me acosté y cerré los ojos para sumergirme otra vez en ese mundo lleno de luces y formas cambiantes.

Entre tanto, Alexandra temblaba y decía que tenía mucho frío. Uno de los ayudantes del taita iba a preguntarle cómo se sentía mientras le aplicaba una sustancia en la nariz.

Yo, por mi parte, seguía sumergido en unos mundos donde veía, olía y saboreaba la música, donde yo era la luz que viajaba a grandes velocidades, donde yo era el líquido que había consumido.

Como siempre estuve consciente de lo que pasaba, comprendí que la madre naturaleza me tenía atrapado. Entendí a las personas que filosofan con la caída de una hoja de un árbol. Y, sobretodo, entendí el respeto que tienen los indígenas por todos los componentes de la naturaleza.

Estaba en esos razonamientos cuando la visión bella y tranquilizante se convirtió en algo que quería explotar. Algo parecido a cientos de bombas pequeñas inflándose simultáneamente. Comencé a temblar y a respirar profundamente.

“Mijo qué le pasa”, recuerdo que me dijo Asención.

Cuando sentí que mis emociones estaban fuera de control (pero siempre consciente de donde estaba y de por qué estaba allí) me volteé hacia donde mi compañero y le grité mientras lo sacudía.

“¡Jose!, ¡Jose!, ¡guevón!, está consciente.

José me miró de manera desconcertada y dijo: “sí, aquí estoy, tranquilo”, respondió mientras me señalaba el bombillito prendido de la grabadora de periodista como para indicarme que no estaba siendo manipulado.

Lo que vino después sólo quedará entre él y yo y quienes presenciaron la escena. Sólo digo que fue como si hubiera desenrollado la película de mi vida y la hubiera proyectado en una inmensa pantalla de teatro. Una cinta cargada de ángeles y demonios, de amores y de odios, de rencor y perdón, de angustia y esperanza. Así tal cual como, creo, es la vida de cada persona.

“Wálter, vimos la radiografía de tu mente”, me dijo una persona al otro día.

La tranquilidad que me había producido ver prendida la grabadora de José momentos antes, era ahora mi terror.

“No me vas a grabar, no me vas a tomar fotos”, le dije en un grito de súplica y de autoridad.

Pese a que él me tranquilizaba al prometerme que no lo iba a hacer,  yo volvía a la carga: vos viniste a eso: a tomarme fotos, a grabarme.

Entre tanto, tres personas me rodeaban. Una me hacía un masaje en los dedos gordos de los pies. Asención me abrazaba como si fuera un bebé. Jesús Ángel Agreda, el sobrino del taita,   me echaba una sustancia mentolada en la nariz mientras decía: ¡Walter!, Wálter, escúchame, escúchame, tranquilo, tranquilo, ya, ya!

Al igual que en ese momento, hoy no comprendo cómo hacían para controlar mis emociones. Era como si yo fuera un títere que controlaban a su antojo.

-“¡Jose, Jose, cómo lo hacen”!, gritaba.

“Ustedes no me van a controlar. Yo soy un tipo escéptico”.

“Lo eras”, respondió Jesús Ángel.

“Ustedes sabían a qué venía, por eso hicieron todo esto conmigo, ¿por qué los demás no han tenido la misma reacción?”, les preguntaba.

Así como las emociones se apoderaron de mí y salieron como una ráfaga incontenible, así mismo volvió la paz a mi cuerpo, a mi espíritu.

A eso de las 4:00 de la mañana concilié el sueño. Al despertar una de las personas me dijo: ¿periodista, vas a volver esta noche?

-No, respondí.

Así como se lo dije al taita mientras estaba en trance, mi deseo, al menos por el momento, es no volver.

Ya comprendí que tomar buen Yage es una experiencia seria y única, y que por ello se debe asumir con mucha  responsabilidad. Pero para mí fue suficiente, por ahora –pienso al plasmar esta experiencia-, haber desnudado mi alma de esa manera.

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