“Yo quiero ser flaca, flaca, flaca… como un palito”

Los relatos de María y Catalina también hacen parte del trabajo de grado “El pecado de no ser una Barbie”.

La primera vez que María tuvo conciencia de su baja estatura fue a los nueve años. Lilian, su madre, la había llevado a una consulta médica con el propósito de someterla a un tratamiento que le estiraría los huesos. Creía que su hija era más pequeña de lo normal y quería evitarle insatisfacciones futuras. El médico que la atendió le garantizó a la señora que éste sería todo un éxito y que por lo tanto su hija tendría una estatura más que aceptable. Pero Lilian tuvo que dejar de lado el proyecto, pues este procedimiento médico le costaría varios millones.

Sin embargo, no desistió en sus propósitos. Utilizó métodos caseros. Colgó un tarrito en las rejas del techo del patio de la casa y le ordenó a su hija saltar varias veces hasta alcanzarlo. Actividad que debía hacer varias veces al día y todos los días. Pensaba con toda seguridad que estos ejercicios alargarían los huesos de su hija. María le obedeció el primer día, pero se reveló a seguir haciéndolo, pues, además de sentirse ridícula, le producían mucha fatiga. Y ella no estaba dispuesta a pagar semejante precio por unos centímetros de más.

La intuición de madre no le falló a Lilian. Años después María se quejaría de sus 1.55 metros de estatura, y ella la recriminaría por su rebeldía y le diría que no había crecido más por no haber hecho aquellos ejercicios en que tanto le había insistido. Pero como estas discusiones no tenían sentido, no les quedó de otra que conformarse y buscar soluciones prácticas. Por eso en la actualidad Lilian siempre le sugiere a María que use zapatos de tacones altos. Cuando van de compras le enseña aquellos que por su suela o tacones pueden disimular la estatura de su hija, con la esperanza de que ella los lleve a casa.

A pesar del inconformismo de madre e hija, la estatura de María no sorprende. En un medio como el colombiano y específicamente en Medellín es común observar a mujeres de menos de 1.60 metros de estatura. Es más sorpresivo encontrarse con una mujer de más de 1.70 metros. Bueno, en los desfiles de moda abundan, pero en las calles son escasas. Las colombianas y colombianos nunca se han destacado por la estatura. Sin embargo, al preguntarle a María que le producía insatisfacción corporal, lo primero que mencionó fue este aspecto. Después dirá que tampoco le gusta ser gorda. Pero esto último no le preocupa a su madre. Al contrario, quiere que su hija esté repolluda, pues para ella esto significa que está bien alimentada y que en su hogar nunca falta nada de comer.

—Mi mamá siempre ha querido que yo sea un marrano carrapicho —dice María.

La madre de María nació a principios de la década del cuarenta en el municipio de Angostura. Al igual que muchas mujeres de su época tuvo ideales estéticos muy claros: siempre quiso ser gorda, pero, paradójicamente, la vida le negó ese deseo, pues en sus años mozos fue una mujer delgada. Ahora, cuando ve en la televisión a las modelos y reinas dice que están lindas pero que necesitan engordar más. Y es que en su época ser flaco era sinónimo de pobreza y enfermedad. En cambio, las más cachetonas y ‘repuesticas’ eran las que más atraían a los hombres y las que mejor calidad de vida tenían en sus hogares. Y era esto lo que quería para su hija, por ello en su mercado no podían faltar Periactin Vivazina, complementos vitamínicos que la ayudarían a estar siempre rozagante y repolluda. Pero años después su hija se resistiría a que la alimentara de esta manera, pues creía que se estaba volviendo gorda por tanto cuidado.

A sus 21 años, María no es ni gorda ni flaca. Es una mujer que obedece al fenotipo de la mujer paisa: caderas amplias, que sobre salen cuando usa jean o falda; senos grandes que ella no oculta con sus profundos escotes (más adelante dirá que fue lo mejor que le dio la naturaleza); cabello ondulado y negro, aunque ella siempre se lo tintura y lo mantiene aplanchado; piel blanca y pecosa.

Atrás quedó la obsesión por ser más alta, pero el deseo de ser más delgada sigue vigente y cada día coge más fuerza. Pero de los deseos que siempre ha tenido en la mente, el que ve más probable que se haga realidad es el de ser periodista. Sueño que la acompaña desde que jugaba con muñecas. Ya desde aquel tiempo tomaba los cepillos de peinar y entrevistaba a su mamá y a sus tías.

 ***

Y este último deseo lo está construyendo en la Universidad de Antioquia. Y es allí precisamente, en la cafetería de la Facultad de Comunicaciones, donde tenemos nuestra primera conversación.

Al decirle que si es de las que cree realmente que las mujeres de Colombia están en Medellín dice:

 — A mi sí me parece. Aquí hay un culto muy grande a la imagen. No importa que el mundo esté putiado, pero uno piensa, ¡ah, qué rico verme bien mamasita!: tener unas tetas bien grandes, qué rico una cinturita bien chiquita. ¡Y soy feliz! Y soy feliz no desgastándome en pensar como cambiar el mundo. Soy feliz arreglando mi cuerpo. Soy feliz haciéndole culto a mi imagen. Bueno, yo diría que si hay una preocupación muy especial en Medellín por lucirse, por ser bien admirada, por ser modelo.

 — ¿Es complicado ser mujer en Medellín?

 — Nooo, es que ser mujer, negra y pobre es lo peor. —Un universitario que escucha la respuesta de María suelta una carcajada tan estridente que sobresale entre el demás bullicio de la cafetería—. En Medellín no es fácil ser mujer—dice María seriamente—. Esta ciudad se volvió la meca de la farándula, la cuna de las mujeres bonitas, de las mujeres de exportación, de las modelos, de las top models, de las famosas. Aquí en Medellín hay un desespero de las mujeres por estar bellas. Nada más mire como abundan las peluquerías y los centros de cosmética. Mire el auge que tienen las ventas por catálogo, en las que ofrecen una crema reafirmante, una quita arrugas. Eso no es gratuito. Entonces para competir en este escenario, toca construir un mundo para atraer las miradas, toca ponerse tetas. Has escuchado el comercial que dice: ‘Cuando una mujer se siente bella las demás no existen’. Aquí en Medellín las que no son lindas no existen. Ser mujer aquí y en cualquier lugar del mundo es muy difícil. Pero aquí, por la exigencia de ser alta, mona, tetona, con cara de Barbie, puede ser ¡peor!

Después María lanza un discurso a favor del género femenino.

 —La mujer siempre ha cumplido con su eterno papel de madre y ama del hogar. Pero como estos oficios no son valorados, entonces le toca demostrar por fuera de la casa sus capacidades intelectuales, físicas, etc.

 —¿Qué piensas cuando observas a una mujer que en el bus, en el metro, en el parque, en la discoteca… En fin, en cualquier espacio social… despierta la admiración más primaria de los hombres?

 —Que qué tan bacano ser así tan bonita —dice en tono fuerte—. Luego uno piensa que es grilla. Que mínimo será bien bruta. Porque esa es una generalidad que tenemos las mujeres cuando vemos a una vieja bonita: de una pensamos, esa vieja es bruta. Yo he dicho: esta vieja tiene que estar operada ¡La madre si no!..  Y cuando uno observa a los hombres mirarla con deseo, uno piensa: los hombres si son huevones ¡Tan estúpidos! ¡Tan vacíos! Y por último viene, aunque inconscientemente, un rechazo a uno mismo porque no es a uno al que están viendo. Y es que a qué mujer no le gusta que la miren. A qué mujer no le gusta que le suban la autoestima.

 —¿En cuáles lugares de Medellín crees que es más manifiesta la presión con la apariencia física de las mujeres?

 — En todas partes y a todas horas, y en todos los estratos incluso —dice María—. Lo veo en una universidad pública y en una privada. En el centro de la ciudad. En el norte. En el sur. En escenarios públicos y privados. Veo una ansiedad de los hombres por ver y una necesidad de las mujeres por mostrar.

 —¿En ese sentido crees que el ambiente del Parque Lleras es igual al del Parque Berrio?, le replico.

 — Y al del Parque del Periodista, y al del Guanabano. Es lo mismo. Me parece igual.

 ***

La experiencia de vida que ha tenido María, con respecto a la apariencia física, no es muy diferente a la que experimentan muchas mujeres de la ciudad, independientemente si son de estrato 1 ó 6, si se mueven en espacios sociales donde se exige implícitamente ser bello o si frecuentan otros más reservados. O también si la familia es unida o desunida.

 Catalina, por ejemplo, es de un estrato socioeconómico de nivel 5, su familia, según ella, es unida y no recatean a la hora de entregar afecto o apoyo emocional. Sin embargo, su historia de vida no ha estado exenta de las presiones que se ejercen sobre el cuerpo de la mujer.

 — Mi adolescencia no fue nada fácil. Cuando era más niña yo tenía el cuerpazo, pero cuando entré al colegio me engordé. Pasé de ser la niña delgadita, delgadita, delgadita, a ser gordita…

 …Obviamente eso es muy maluco. Uno está en la época en que quiere gustarle a los manes. Pero en aquella época no atraía a los hombres. Cuando iba a rumbas casi no me sacaban a bailar. Sin embargo, por ser tan entradora tuve muy buenos amigos, pero yo sentía que no les gustaba por mi gordura. Sabía que era muy querida porque bailaba muy bien, y porque tengo un lindo rostro, pero eso no fue suficiente, pues era gordita…

 …Esto me acomplejó mucho, pues observaba que la ropa no me quedaba como a mis amigas, sobre todo cuando íbamos a piscina. Una vez en el colegio nos ganamos una ida al Parque de las Aguas. Ese día sufrí mucho, pues use el vestido de baño entero y todas mis amigas usaron bikini. Y eso a uno como adolescente lo hace sentir muy mal…

 …De regalo de quince, me dieron un viaje. Estuve en Miami, en las Bahamas y en Orlando. Pero imagínate, un en Miami y sintiéndose acomplejado con su cuerpo. No disfruté mi crucero, porque claro, todas mis amigas salían en bikini y yo, en cambio, salía con una camiseta talla M hasta más debajo de las piernas. Eso me traumatizó. Por ello me dije: tengo que tomar medidas. ¿Qué hice? Empecé a comer poco. Cerré el pico. Empecé a nadar, a ir al gimnasio, a caminar. También comencé a tomar agua de manera excesiva…

 …Este nuevo estilo de vida me sirvió mucho, al menos me subió la autoestima. Empecé a cotizar mucho más. Si me gustaba un tipo, sabía que tenía mis atributos para atraerlo a mi lado…

 …Pero al final uno se da cuenta que todas estas actividades que uno hacen para agradarle al sexo opuesto, no son suficientes, pues los hombres le tiran muy duro a las mujeres. Uno los quiere a si sean feos o gordos. Pero es un pecado que uno sea gorda o esté desarreglada. Por ejemplo, a mi no me importa que mi novio actual tenga barriguita. Pero como yo siento que a él sí le importa que yo tenga bananos, cuando siento que tengo unos miligramos de grasa de más, siento que me va a dar infarto. Es como si las mujeres tuviéramos una carga adicional en la vida…

 …Y esa carga la sentía con el novio anterior. Él decía que le gustaban las viejas sin tetas, flacas, culonas y monas ¡mucho perro! Todo lo opuesto a mí. Como me di cuenta que nunca iba a ser la mujer que el quería, decidí acabar nuestra relación…

 …De acuerdo a mi experiencia de vida, aunque también lo digo por muchas de mis amigas que se mueven en mi mismo mundo, el físico es excesivamente importante para una relación. Y lo puedes poner con letras mayúscula en tu trabajo, el físico es ex-ce-si-va-men-te importante, muchísimo más de lo que debería ser. Y sobre todo aquí en Antioquia. Yo he ido a Bogotá, a Manizales, a Santa Marta, a San Andrés, y uno allá es una mamasita, una diosa. Y uno aquí es una más. A veces incluso, comparada con las modelos que uno ve en la calle, uno se siente hasta fea…

 …Aunque aquí es evidente la presión sobre el cuerpo, yo creo que esto se da en todos los espacios sociales. Yo diría que eso se empieza a dar desde muy temprana edad. Desde cuando se prende el televisor por primera vez, pues la idea de la perfección empieza a hacer parte de la vida. Como yo me eduqué así, siempre trato de estar bien presentada, así esté en mi casa. Nunca me verás desarreglada…

 …Pero nada como cuando me voy de rumba, pues en estos casos sí me preocupo en exageración por mi aspecto. Pero es necesario, pues el ambiente en estos sitios es súper pesado. En la entrada te miran de pies a cabeza para decidir si te permiten la entrada…

 …En la universidad también se da esta presión. Recuerdo, por ejemplo, el primer día de clase: yo estaba advertida que la facultad de comunicación social era una pasarela, por eso en esa ocasión me cambié de ropa diez veces. Y es que yo sí creo que la apariencia física, de entrada, es importante. Y voy parecer como picada, pero si yo tengo algo llamativo, entonces debo aprovecharlo para lo bueno. No estoy diciendo que vaya a conseguir mis cosas únicamente por mi físico, sino que esa es la entrada. Lo demás me lo gano con mi inteligencia…

 …Aunque muchas mujeres no se ganan las cosas por su inteligencia sino por otros atributos. En mi universidad por ejemplo observo que las mujeres se preocupan más por ser bonitas, por ponerse tetas. Yo diría que el 10 por ciento de ellas se inquietan por su preparación académica e intelectual…

 …Pero debo aclarar que esto se da sobre todo con las mujeres de mi carrera. A ellas no les importa estar en clase y sacar el espejo para arreglarse el penacho de pelo que se les paró. He ido a otros bloques y el ambiente es muy diferente…

 …Yo creo que estamos desaprovechando la vida. Yo me pregunto ¿por qué si comer es tan rico, por qué tenemos que amargarnos la vida dejando de hacerlo para poder cumplir con los requerimientos de la sociedad? Mira que fisonómicamente las mujeres estamos predispuestas a engordar porque somos las que damos la vida y necesitamos un cuerpo dispuesto para dar a luz. Nos estamos amargando la vida por cumplir con un estereotipo imposible. Uno ve las fotos de modelos en revistas y son puro photoshop. Yo tengo amigas modelos y tienen las mismas estrías que yo, sólo que en la revista no se ve…

 …La sociedad nos mueve como marionetas, sobre todo a las mujeres. Y no importa que tengamos 15, 20, 25 o 50 años. Mira que mi mamá también le da remordimiento cuando se come un arequipe. Y eso que mi papá le dice que no le importa como esté, que la quiere así gordita. Pero ella hace dieta. Hace seis meses compramos el orbitrec. Y este es un aparato muy costoso. Yo le dije: que le vas a meter toda esa plata a ese aparato. Pero ella me dijo que no tenía tiempo para ir al gimnasio y que tenía que rebajar. Esto es comprensible, pues ella se mueve en un círculo de ejecutivos donde verse bien es muy importante. Por eso, al igual que yo, se preocupa por tener una apariencia agradable…

 …Por otro lado, como ella es sicóloga, me ha apoyado mucho cuando me he deprimido por mi cuerpo. Me ha dicho: tú eres más que un cuerpo, más que un cabello. Este apoyo moral ha sido muy importante para mí, pues es la posición de una persona madura. Y sobre todo en mi caso, que soy tan inmadura con lo de mi cuerpo, pues soy muy sensible. Usted me puede decir: eres una bruta, y te darás cuenta que a mi eso no me toca. Pero si me decís gorda, ahí sí me deprimo. Ese es mi punto débil…

 …Aunque ya identifiqué mi talón de Aquiles, no es fácil cambiar mi actitud, sobre todo porque la sociedad está todo el tiempo poniéndome pruebas. A futuro yo siento que voy a superar esto porque soy una persona inteligente, y porque sé que lo debo hacer. Pero ¿cómo?, con mucho proceso personal y mucho estudio de mi misma.

 ***

Al igual que Catalina, María cree que la presión sobre el cuerpo se da en todos los espacios sociales de Medellín. Sin embargo, reconoce que hay lugares en los que la exhibición es más evidente.

 Y uno de ellos es el parque Lleras de El Poblado. Allí casi todo es bello: los locales comerciales con un decorado futurista, los autos modernos, la gente.

 Allí predominan los jóvenes con atuendos modernos. Peinados que brillan por la gomina, camisas abiertas que dejan entrever el trabajo que se ha hecho en el gimnasio durante la semana, pantalones rotos que tal vez indican irreverencia o desparpajo, manillas en ambas manos y una actitud de felicidad. En fin, allí se reúne la gente más play de Medellín.

 Pero ¿para qué sirven negocios con estilo futurista, costosos autos y hombres dispuestos, sino están las mujeres? Y allí si que las hay. Lo que no podría decirse es que para todos los gustos. Es difícil pensar que alguien que valore la obesidad o los atuendos estrafalarios de los punkeros se sienta cómodo en este lugar. Aquí la mayoría de las mujeres llevan cabellos lacios y rubios, pantalones que dejan entrever el borde de sus interiores, camisas que dejan al aire gran parte de sus frutales senos y la piel bronceada y suave.

 “Aquí está lo mejor de Medellín”, dice Felipe Marín, un joven que me acompaña, mientras su mirada sigue una despampanante dama que pasa por su lado.

 “¡Que monas tan ricas!”, dice al ver tres mujeres que se acercan a una  licorera. Las mujeres se han dado cuenta de la mirada lasciva que les ha lanzado el joven y se portan mas indiferentes que al principio. Yo por mi parte observo el rostro angelical de una de las tres mujeres. Felipe me interrumpe en mi observación para enseñarme el tatuaje de una mujer que ha quedado al aire cuando ésta se inclina a servir de una botella de aguardiente que se encuentra en el piso.

 ¡Ah! Exclama Felipe al ver un abdomen plano y un pearcing que se mueve en el ombligo de una mujer que repentinamente ha pasado muy cerca de él. Suspira nervioso.

 A mi lado, al frente de la licorera Mr Popper, hay tres niñas que mueven sus cabezas al ritmo de la música de Safriduo que suena en estos momentos. Fuman y beben de sus vasos medio llenos. Una de ellas saca un celular fucsia del bolsillo del pantalón y le dice a las otras que se paren para tomarles una foto. Las compañeras acceden gustosas. Se paran, se toman de la mano, juntan sus cabezas en un gesto amigable, levantan un poco sus manos y listas pa’ la foto.

Observo con atención la actitud de Felipe. Para eso lo he invitado. Me doy cuenta que no solo él sino la mayoría de los hombres son felices por un instante en un lugar donde la música es agradable y donde se reúnen algunas de las mujeres más bellas de la ciudad. Viendo este derroche de ostentación y belleza, no evito pensar en un mensaje cruel que vi en un muro del colegio en mi época de bachiller: “Esta bien que haya mujeres feas en el mundo, pero ¿por qué todas aquí?”. Pienso que el inconformismo de quien escribió ese mensaje se esfumaría en este lugar.

 No es un secreto que hay espacios sociales que son vedados para lo que la sociedad no ha validado como bello. Esa idea de la estética física que parece que estuviera ya instaurada en las neuronas de la mayoría de las personas o al menos en los occidentales y específicamente en los habitantes de Medellín. Por eso cuando alguien no cumple con los cánones de belleza que la sociedad ha establecido como naturales y se atreve a ingresar a estos espacios se puede ver expuesto a la censura. Piénsese tan sólo en la expresión que sale de los labios de Felipe de manera inocente y sin ánimos de herir a nadie: “También hay unas que nada que ver”, dice al observar a tres mujeres de baja estatura, caderas anchas y piernas gruesas.

 Estas mujeres así no encajen en el prototipo que le gusta a Felipe y a la mayoría de los hombres es el fenotipo de la mujer de Antioquia y de Colombia, y por lo tanto es el que predomina en nuestras familias.

 ***

María y Catalina no se conocen. Pero se podría decir que ambas, y muchas de su generación, llevan vidas paralelas, así las separen las distancias y el estrato social: ambas son universitarias, las dos se alisan el cabello y se hacen rayos para parecer rubias. Sin embargo, difieren en la manera de ejercitarse. Mientras Catalina es fiel a los gimnasios, María trota dos veces a la semana en los alrededores de la universidad. “Esto lo hago ante todo por la necesidad de tener un abdomen plano, unas nalgas firmes… Por encajar un ¡poquito! en eso ideales”, dice.

 Las dos sienten remordimiento cuando se comen un helado o un chocolate. Las dos creen que los medios influyen en los ideales femeninos. Así por ejemplo, María dice que se puso el pearcing porque esa es la moda. “Yo no digo ¡Uy, yo me coloque esto por irreverente o porque soy toda bacana! No, para que voy a hablar mierda. Uno muchas veces hace cosas porque simplemente están de moda o porque las ve en los medios. Este fin de semana, por ejemplo, estaba con mis tías viendo Cambio Extremo, el reallity de RCN, y todas empezamos a decir: yo me arreglaría los dientes, yo me quitaría la barriga. Todas de algún modo querían cambiarse algo. A mi me gustaría cambiarme un poco la cara, quitarme los cachetes. También me arreglaría los dientes. Me haría una cirugía en el abdomen y me operaría los ojos”.

 Las dos siempre se mantienen acompañadas de un tarro de agua. A las dos les gustaría ser más flacas.

 — A mi me gustaría ser flaca —dice María—, flaca, flaca, flaca, flaca. Lo que pasa es que por mi constitución no puedo ser más delgada de lo que me gustaría ser. Pero yo quiero ser raquítica, una rayita. ¿Por qué? No sé. No se si será por que es el tipo de mujer que más gusta, porque está de moda, porque se volvió el canon principal de la belleza, porque es lo aceptable y lo  representativo o porque es el estereotipo que mas se valora en los medios. Pero yo quisiera ser como un palito.

 Las dos creen que ser gorda es un obstáculo para llevar a cabo muchas expectativas de vida.

 —A pesar de que uno ve gordas con buenos empleos o que son muy queridas por la gente —dice María—, la verdad es que hay una tendencia a relacionar la delgadez con el éxito, la belleza y el bienestar. Esto se ve claramente en este nuevo reallity que están presentando en la TV. ¿Cuál es la mayor preocupación allí?, eliminar la gordura.

 Ambas prefieren usar blusas con escotes profundos.

 —Siempre he sido tetona, y aunque esto fue un complejo cuando era más niña, ahora es de mis principales actitudes, dice Catalina.

 — Ante todo es la moda —dice Maria—. En el mercado es más fácil encontrar este tipo de blusas y son mucho más baratas. Por otra parte, esto logra atraer a los hombres, porque lo que no se muestra no se vende. En este momento estoy sola y yo sé que a los hombres les gusta que las mujeres se vistan así. Yo pienso que las mujeres que se visten así tan sensuales lo hacen por la moda, por que les gusta y para que las miren. Yo no tengo problema en reconocer eso. A mi esto ni me quita ni me pone. Yo me siento bien así.

 Catalina ha dicho que la apariencia física sí es muy importante para tener buenas relaciones afectivas. Y lo mismo piensa María.

 — Yo he pensado que quién me va a echar los perros, pues yo bien chiquita y con el cuerpo no tan perfecto. Yo creo que todo el mundo tiene sus periodos de autoestima muy bajos en los que se dice: yo tan fea. Entonces, claro, uno a veces se inquieta, sobre todo cuando los hombres no tienen sino ojos para las mamasitas. Uno piensa que hay que ser así para asegurar la compañía.

 ***

Antes de ingresar a estudiar periodismo en el año de 2002, María hizo cinco semestres de bibliotecología en la misma universidad. A pesar de que esta carrera no era de su gusto, añora el ambiente que había allí. Dice que la expectativa de sus compañeras no estaba centrada en ser la más mamasita, sino en organizar grupos de estudio para hacer lecturas que muchas veces no tenían nada que ver con la carrera, o de amigos para charlar y tomar cerveza al frente de la universidad. En la Facultad de Comunicaciones, en cambio, ha sentido que muchas mujeres se preocupan más por su físico que por su preparación intelectual.

 “En bibliotecología no importa si vos sos gorda o flaca. En los baños hay letreros que dicen: ‘mujer bruta y fea, bibliotecología te espera’, mientras que en la Facultad de Comunicaciones implícitamente se exige ser bella. Aquí hay una necesidad de mostrar, porque, claro, la comunicación son los medios. Y si usted va a trabajar para los medios, entonces hay que ser sacable. Aquí en esta facultad se observa claramente que las mujeres no tan bonitas se auto aíslan o las aíslan. Parce, y en bibliotecología esto es completamente diferente. ¿Vos nunca has ido allá? No es por nada, pero es que allá si hay mucho gurre. Aquí importa mucho sobresalir, lucirse. Esto es una competencia. En las otras carreras el afán es más de cambiar el mundo, de pensar, de transformar. Aquí importa mucho la forma, pues la idea es como ubicar el micrófono, la cámara”.

María ha tenido cuatro trabajos en la universidad: ha sido monitora y auxiliar administrativa. Este recorrido laboral la hace sentir orgullosa, pues dice que en su caso no se ha tenido en cuenta su aspecto físico sino su rendimiento académico y su capacidad laboral.

 — ¿Quién puede decir que ha tenido cuatro empleos aquí, no se, de pronto? —se pregunta María. —Pero mira cómo una mujer sin un cuerpo súper escultural, sin nada despampanante, ha tenido cuatro empleos. Eso es muestra de que tengo madera.

 ***

María estudió los dos últimos años de bachillerato en el colegio Santa Inés. Ingresó a esta institución cuando tenía catorce años. Época de su vida en la que empezaba a darse cuenta de que su cuerpo no encajaba del todo en los modelos de belleza que ella veía que más se valoraba. Al decir esto recuerda a Claudia, la colegiala que despertaba las envidias de sus compañeras. “Ahí no había nada que hacer: era de cabello rubio, piel canela, cuerpo escultural. La vieja se mantenía en gimnasio. Eso sí ¡Bruta! a morir. Era a la que le caían los manes. La vieja era muy sencilla, muy noble, pero por ser la más linda era la que más despertaba envidias. Había un grupo de viejas que se la tenía declarada, pero es que era una mamasita ¡Completamente!”, recuerda María.

 Al compararse con esta compañera y con otras mujeres que veía en el colegio y en la calle, sintió la necesidad de tomar agua compulsivamente y disminuir su dieta alimenticia: únicamente comía dos veces al día. Esto lo hacía porque en el colegio sus compañeras se burlaban de quien tenía unos kilos de más. Recuerda cómo se reían de Alexandra y  Mónica porque eran gorditas. “Ellas no tenían novio ni amigos y eran el centro de las burlas. Entonces ¿quien se atrevía a ser gorda?, nadie. Empezaron a tomar pastas para rebajar de peso y a llenarse el cuerpo de parches para absorber la grasa”, dice. Entre tanto su mamá se empecinaba en que comiera bien, pero le tocó desistir ante la rebeldía de su hija.

 Además de preocuparse por no subir de peso también le interesaba estar a la moda y lucir bien. Esto la llevó a comprar todo tipo de ropa y a coleccionar las revistas mexicanas Ser Joven y Tú, que dan las pautas para vivir bien. El estar en contacto con los estilos de vida que se mostraban en estas páginas la llevó a actuar de manera semejante a como lo indicaba el medio. Seguía al pie de la letra los pasos que se sugieren en la sección ‘Tics para verse mejor’, en donde se dice cómo volver más gruesos los labios, pintarse los ojos, arreglarse las pestañas. Cómo evitar los ojos fantasma, el rostro grasoso, la calvicie. Cómo limpiar las axilas cuando se empiezan a manchar. Cómo ocultar las estrías.

 “El permanente contacto con estas revistas le crea a uno la necesidad de parecerse a las niñas que se muestran allí. Si uno ve que las modelos tiene una falda rosada, entonces uno quiere comprarse una falda de ese color para verse bien mamasita y atraer a manes así como lo hace la niña de la foto”, dice María.

 ***

No sólo las revistas le crearon necesidades. Las muñecas Barbies que le enviaban las primas de Estados Unidos también le generaron expectativas a futuro. Aunque ella dice que no tanto como a sus amiguitas.

—La muñeca Barbie la creó la estadounidense Ruth Handler en 1959, y según palabras de la creadora, es lo que las niñas desean ser al crecer. ¿Crees esta muñeca sí puede influir en el ideal estético de una niña?

—Claro —responde enérgicamente—, mira que una Barbie es absolutamente hermosa, desde el pelo hasta la punta de los pies. ¡Una Barbie es una mamasita!: carita bonitica, senos bonitos, abdomen plano, bonitas caderas, piernas largas, una cinturita diminuta. La preocupación de la Barbie es tener el carro último modelo y estar de compras… Ella configuró todo un modelo de vida… modelo que fueron adoptando las niñas. Fue así como empezaron a ir al gimnasio para tener el cuerpo de la muñeca. Se empezaron a preocupar por las tinturas y sus demás afanes: el carro, la fiesta, el vestido.

 A María no la desveló el modelo de vida que impuso la muñeca. Sus amigas, en cambio, se preocupaban por tener la original o el mayor número de ellas. “Yo no sé si era porque las niñas eran de un estrato medio y alto o porque muchas de ellas tenían familiares en Estados Unidos, pero ellas siempre tenían Barbies nuevas. Yo pienso que la inundación de nuestro mercado de productos norteamericanos se dio en gran medida por el auge del narcotráfico, pues hubo un excesivo anhelo de irse para allá. Y ¿Cómo son la mayoría de las norteamericanas? Así, monas, de ojos azules.

 ***

Cuando María cumplió 15 años, sus padres le dieron un viaje al estado de Aragua, Venezuela. Viajó en diciembre de 1996 con una tía, un tío y su prima. Permanecieron hasta octubre del año siguiente. Antes de emprender el viaje se preguntaba “¿Allá quién  le va a echar los perros a uno? Allá que es donde están las catiras, las protagonistas de novela y todas las miss universo”. Pero se sorprendió cuando se dio cuenta de que las mujeres de allá no tenían nada de especial y que no se preocupan en exceso por su apariencia física.

 — En ese pueblo había mucho ‘gurresito’—dice María—. Después reconoce que no se puede juzgar a todo un país por lo que se observa en un estado.

 —Dónde están pues las mujeres buenas de Venezuela, las catiritas —preguntó preocupado el tío de María, al  llevar ya una semana en aquel estado y no ver el tipo de mujeres que estaba acostumbrado a encontrarse en Medellín por todas partes.

 María por su parte se sentía extraña en un lugar en donde las niñas de su edad no estaban tan preocupadas por maquillarse, por arreglarse el cabello, por tener las uñas de los pies bien pintadas, pues estas rutinas con el cuidado del cuerpo eran normas sociales y motivos de preocupación para ella y sus amiguitas en su ciudad natal. Las niñas de aquel estado, en cambio, eran felices viendo novelas, montado en moto, bailando la música de Salserín… “De las personas que conocí muy pocas contemplarían la posibilidad de un cambio extremo, estoy casi segura”, dice María.

 ***

En el futuro, María  se ve en las aulas universitarias, no como estudiante sino como docente. También le gustaría trabajar en el área administrativa y escribir un libro. Cuando se le pregunta si siente temor de ser rechazada por su aspecto físico dice que sí, pues es muy conciente de cuales son los cánones estéticos mas valorados.

Pero como el mañana sólo existe en la mente de las personas, María se prepara con toda intensidad en el presente para alcanzar sus sueños profesionales. Por ello dedica gran parte de su tiempo al estudio, pues sabe con toda seguridad que es la única vía para llegar a donde quiere ir. Es conciente que la vida no la dotó con los atributos físicos que, para muchas mujeres, son el trampolín perfecto para alcanzar muchas de sus metas.

 El estudio también es para María una especie de refugio, pues, según cuenta, no la hace sentir tan sola. Y es que aunque tiene a sus padres vivos, la comunicación entre ellos es prácticamente nula. “Con mi padre no tengo el más mínimo contacto, y con mi madre sólo hablo lo necesario. Aunque la poca comunicación me ha hecho sentir sola toda la vida, me ha servido para conocerme más a mi misma. Pero no puedo negar que sí he necesitado de más calor familiar”.

 Aunque la calidez del hogar no sirve como coraza de acero para evitar que el cuerpo y el espíritu sufran por las heridas que se van acumulando en el ser a través del tiempo, sí sirve para hacer más llevadera la vida. Y esto es justamente lo que sucede en la familia de Catalina, pues si bien ella ha sufrido por no tener el cuerpo más perfecto, al menos tiene amigos muy cerca que la entienden y la escuchan.

Pero en el hogar de María sucede lo contrario. Ella ha soportado a solas los embates de la vida y de la sociedad. No ha tenido la confianza para acercarse a donde su padres y contarles sus preocupaciones. Por ello no fue extraño que, en las conversaciones para este escrito, dijera en repetidas ocasiones que hablar sobre su vida le servía para desahogarse.

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