La mujer que temió llegar a los 30

El relato de Mónica también hace parte del trabajo de grado “El pecado de no ser una Barbie”.

Al morir Virgelina, Mónica tuvo la seguridad de que su vida cambiaría para siempre. Tenía 12 años y, aunque en su casa siempre habían soportado afugias económicas, sus preocupaciones no iban más allá de las tareas que le ponían en el colegio. Pero a partir de ese momento todo sería diferente.

Debió asumir las responsabilidades domésticas: lavar la ropa de su padre Salvador y la de su hermano Guillermo, hacer la comida, asear y organizar la casa, vender empanadas en la esquina de la cuadra para ayudar con los gastos familiares. Por otra parte, debía cumplir con sus labores escolares. Por último, si quedaba tiempo, estaba el cuidado personal que ella veía que tenían las demás jóvenes.

Lo veía cada vez que observaba los rostros maquillados, las cabelleras bien peinadas y las pieles suaves de sus compañeras de colegio y del barrio. Ella, por el contrario, no se sabía peinar, no se maquillaba y ni siquiera se cepillaba religiosamente los dientes. El descuido con su cabello llevó a que la gente de su barrio le pusiera el mote de “pibe Valderrama”. Esto la hacía llorar.

Al faltar la madre, la mujer que siempre estaba pendiente de que a su hija no le faltara ropa interior y demás cosas de las adolescentes, fue el padre quien debió hacerse cargo de estos menesteres. Pero él, un señor de 63 años, no tenía ni las fuerzas ni los ánimos para estar preocupándose por esas cosas de las mujeres. Sólo cuando ella se le acercaba a mostrarle la camiseta que ya no le entraba en el cuerpo, él caía en cuenta de que su hija estaba creciendo y que la ropa que le había comprado hacía un año ya no le servía. Sin embargo, ella debía esperar hasta diciembre, mes en que le llegaba la pensión a su padre.

Cuando le llegaba la pensión, él le compraba la ropa. Los brasieres que le llevaba eran inmensos y sus senos se desparramaran en todo el ancho de la coca. Y era precisamente los senos lo que más le molestaba de su cuerpo. Estos crecían y crecían hasta que llegaron a la talla 42. Como le acomplejaba que le gritaran ¡proleche!, caminaba encorvada y usaba hasta tres camisetas a la vez y, encima, se colocaba un buzo para disimular su naturaleza.

Por ello, con la ilusión de rebajar tamaño, empezó a comprar brasieres de un tallaje inferior y cocas que colocaba en la nevera para ponerse cuando fuera a salir. Según cuenta, estas estrategias le sirvieron para pasar de la talla 42 a la 34.

Hoy dice que aprendió a manejar sus senos. Y que eso se lo debe a Sofía Vergara. “Aunque parece como plástico y ridículo, ella fue una de las que impuso la moda de los senos grandes y parados. Entonces me dije: yo tengo estos senos, voy a trabajarlos”.

En aquel tiempo, era una televidente fiel a la tira cómica “Los superhéroes”. Y en las noches tenía sueños eróticos con ellos. Sentía que necesitaba preguntarle a alguien porqué estaba sintiendo lo que estaba sintiendo. A pesar de no contar con la persona que le explicara, no se reprimía, se quitaba la ropa y se imaginaba al héroe en su cama. “La adolescencia es una época muy difícil, sobre todo si no hay alguien que te esté orientando”, dice Mónica al recordar.

Sus amigas le contaban lo delicioso que eran los besos con lengua, pero a ella esto le parecía asqueroso. Le decían que ya habían perdido la virginidad y ella pensaba que también debía hacerlo. En este punto recuerda un hombre con nombre propio que iba a su casa y, en el balcón, la manoseaba por todas partes. “Él despertaba en mí unos deseos tan horribles. Si yo tengo una hija no voy a permitir que le pasen este tipo de cosas. De hecho no me gustaría tener mujeres. Ser mujer es muy complicado. La moda te presiona. La gente te presiona. Todo es un complique”, dice.

Las ocupaciones extras, la falta de dinero para salir, su actitud inocente, hicieron que en el colegio no tuviera amigos, sobre todo en décimo y once. Se mantenía sola y muy triste. Aún hoy, cuando habla de esta etapa de su vida, su mirada pierde el poder penetrante y se torna débil. “Y es que en el colegio todos tienen amigos, y yo no tenía. Por eso no participé en la graduación, no me invitaron al paseo, no quedé en el collage donde están todos los del bachillerato”, dice en tono nostálgico.

Dice que a partir de ahí se volvió resentida, y que cada vez que se encuentra en la calle a algunos de aquellos ex compañeros busca la menor excusa para restregarles en la cara las faltas que cometieron con ella en aquellos años.

Al terminar el bachillerato, empezó a trabajar en la iglesia de San Rafael, Guayabal. Allí se encontró con mujeres que la superaban en edad y en experiencia de vida. Pero ella quería aprender.

Y sería Mabel, una mujer que sobresalía entre las demás por su personalidad decidida y por su feminidad y belleza, quien le enseñaría otras cosas de la vida. Se volvieron amigas y, junto a Magnolia, otra empleada de la parroquia, empezaron a salir a todas las discotecas de Medellín.

Mónica empezaba a hacer todo lo que no había hecho en años anteriores. Comenzaba a conocer ese mundo que le escuchaba mencionar a sus amigas y que ella, con ansias, deseaba conocer y experimentar.

Y para ello no había obstáculos. Al contrario de otras jóvenes de su edad que sí tenían una madre a quién rendirle cuentas, ella no tenía en su casa esa figura. Su padre se dormía muy temprano y nada lo despertaba. Aunque esto no era necesario. Él ya le había dicho: usted verá qué hace con su vida. El 23 de agosto de 2001 moriría a los 75 años de edad.

Junto a sus amigas mayores comenzó a conocer la vida nocturna de Medellín. Como era menor de edad, ellas le prestaban ropa y la maquillaban. Iban a las discotecas que, en la década de los noventa, estaban en furor en Medellín. Se mantenía en Terremoto, Plataforma, Espolón, Bábilon, Escala, Absalon. “Hice y deshice, pero no me arrepiento, porque yo sí puedo decir que he hecho muchas cosas”, dice.

El trío M, Mónica, Mabel y Magnolia, no se perdían fiesta en La Feria de las Flores. “Éramos una zorras —dice en tono burlón—. En los tablados conocíamos a tipos y de una los utilizábamos para que nos gastaran y nos llevaran a sitios buenos. Y aunque suena a parche de perra, no hice cosas tan malas, no me mantenía acostando con los hombres”.

Este estilo de vida no le impidió a Mónica desear con profundas ganas estudiar una carrera profesional. Aunque admitía con frustración que sus recursos económicos se lo impedían. Pero su tesón la llevó a buscar los medios para poder ingresar a una universidad.

Antes de esto debió luchar contra su hermano, pues él, un hombre amante de la vida fácil y del licor, había buscado la forma de quedarse con la casa familiar que le pertenecía a los dos. Después de dos años de líos jurídicos, Mónica recuperó la casa. Guillermo se perdió en el mundo del vicio y decidió irse a vivir a la calle.

***

En el año 2000 comenzó a estudiar derecho en la Universidad de Medellín. Cuándo se le pregunta porqué eligió esta carrera, responde con un argumento más pesado que la piedra de El Peñol. “Porque es una buena opción para conseguir dinero”. Después reconoce que su verdadera vocación es la veterinaria, pues le encantan los animales.

Ha pensado que en el futuro se puede aburrir con su profesión. Pero cuando vislumbra la calidad de vida que puede conseguir con el derecho, olvida todo sentimentalismo. “Lo que más busco es calidad de vida, porque sin dinero yo no como, sin dinero yo no pago servicios, sin dinero yo no tengo tranquilidad, sin dinero no tengo techo, sin dinero no puedo alimentar mis perros, sin dinero no puedo viajar, sin dinero no puedo estudiar… Yo no puedo quedarme viviendo de las cochinas filosofías, que respeto mucho, pero para mí el dinero es muy importante, eso lo ¡tengo muy claro!”, dice en tono estentóreo.

Lo que más la descrestó, al entrar por primera vez a esta universidad, fue el campus universitario: amplios espacios, prados bien cuidados y baños asépticamente limpios.

Observó, también, cómo la mayoría de los estudiantes se preocupan, en exceso, por estar a la moda. “Allá parece que hubiera un uniforme: se visten de tal manera que los zapatos les hacen juego con la correa, con el color de labios, el collar y los accesorios del cabello. Una niña puede tener más de doce pares de zapatos. La mayoría tiene cirugía en los senos. Y casi todas son monas o tienen iluminaciones y rayos en el cabello. Todas, todas, todas, todas, y en eso sino me pelo, se pintan los vellitos de los brazos”.

Después reconoce que no todas son bonitas. “Lo que pasa es que como casi todas se mantienen súper arregladas, ¡meras! ¡meras!. Como usted sabe, no hay mujeres feas, ¡pobres!”

En los primeros meses se sintió en el lugar equivocado. Se suscitaban comentarios por su vestuario, porque no se cepillaba el cabello, por sus pocas nalgas y por la barriga. Motivos por los que, según ella, nunca la han aceptado completamente. “Aunque en esto también influye la diferencia de edades. Cuando yo entré, tenía 26, y mis compañeras tenían 17, 18, 19… 21”.

Según cuenta, el rechazo ha sido más evidente en las fiestas universitarias. En una de ellas, varios compañeros se le acercaron y le preguntaron ¿usted estudia con nosotros? Ese día había tenido un cuidado especial con su aspecto físico: se había puesto una camisa negra de escote profundo y se había alisado el cabello. Esto le hizo comprender que en el aula de clase, a causa de su presentación personal, pasaba desapercibida.

Tiempo después, en esta universidad, conseguiría un novio cariñoso y de familia adinerada. Todo iba muy bien entre los dos hasta que una amiga de él le dijo a Mónica:

—He escuchado que en la familia de tu novio dicen que qué pesar de que Jorge, de tan buena familia, esté con una monita que no se cambia de jean y zapatos.

Mónica maldijo esta familia. Días después la invitaron a almorzar. Pensó, entonces, que era la oportunidad para demostrarles que no tenía sólo un jean y un par de zapatos. Por ello escogió de su ropero su mejor gala: se puso un vestido color crema y se alisó el cabello.

Cuando Mónica se refiere a algunas de sus compañeras lo hace en tono de desdén. Así sucede con Alexandra. “Ella me ha dicho desnutrida, pálida. Me hace llorar cada vez que me recuerda nuestras diferencias económicas. Imagínate que se compró una moto y deseé con tanta fe que se la robaran, que se chocara, que quedara parapléjica, que se muriera. Lo deseé tanto, tanto, que de una me tuve que meter al oratorio, porque uno no puede tener esos pensamientos tan venenosos. ¡Pero ella me causa tanta envidia! Yo me pregunto ¿por qué a un ser tan estúpido, Dios la colma con tantas bendiciones? Es que es bruta, patética, asquerosa. Me causa escozor cuando me dice que compró ropa o que se está haciendo un tratamiento en la piel.

Recuerda otra compañera que se ha hecho cirugías en la cara, en los senos, en la cadera, en el abdomen. “Tiene carro, el novio es súper quiu, lo tiene todo. Eso me da rabia. Yo sueño que a la Universidad de Medellín le pongan una bomba que mate a mucha gente.

El tono despreciativo se ha convertido en una sonrisa picara. Por ello quien la escucha no toma en serio sus duras palabras. Es de esas personas que juegan con lo que dicen, tal vez esperando la reacción del interlocutor. Pero en el fondo, ellos mismos lo saben, son incapaces de ponerle una bomba a nada, a no ser que sea una de esas que ponen en las piñatas.

Luego añade que sus compañeras de universidad y trabajo no valen la pena pues no se interesan sino por la ropa y la rumba. Sus palabras fluyen con desazón.

Mónica, además, estudia historia en la Universidad de Antioquia. Cuando se le pregunta en cual de las dos universidades se siente mejor, dice que le gusta más el ambiente de la U de A, sobre todo por la aceptación y la diversidad de gente. “Allá no están pendientes de cómo se llevan los zapatos o si se repitió Jean en la semana. En la de Medellín, en cambio, se identifica a la gente por lo ropa que se ponga”.

Mónica, una mujer de escasos recursos económicos, ha logrado sostenerse en esta universidad gracias a su trabajo. Hace cuatro años que trabaja en una prestigiosa discoteca al sur del Valle de Aburrá.

***

Mónica vive en Guayabal. Comparte su casa con Hilda y Jenny, y con Tomasa y Tatiana, sus dos perras. Sentada delante del comedor de superficie de vidrio, bebe Coca cola y acaricia a Tomasa, mientras dice que ama a los animales porque  “ellos no dicen chismes, no salen con maricadas o piensan en una traición”. Dice que no le gusta invitar gente a su casa pues algunas de sus amigas han dicho que huele a perro.

Es una mujer que habla fuerte y rápido. En lo primero que se fija un interlocutor es en la magia de los ojos grandes y de color verde, enmarcados por unas pestañas largas y crespas y unas cejas bien delineadas. Luego en los rizos dorados que caen sobre sus hombros.

A pesar del carácter duro que aparenta tener, su espíritu se regocija cuando lee cuentos como de los hermanos Grimm, cuando lee la Biblia y cada vez que acaricia a sus dos perras. Las cuales, por cierto, intuyen el amor que Mónica les tiene y siempre están cerca de ella esperando una atención para lanzársele encima.

Suena el teléfono. Suelta a Tomasa y corre a coger la bocina. ¡Hola mi amor!, espera un momento, le dice al que llama. Luego me dice que espere. Entra a su cuarto. Pasan 5 minutos. 10 minutos. 15 minutos. Salé del cuarto. — ¡Que pena, contigo! Dice. —Tranquila, le respondo, primero, lo primero. ¿En que íbamos?

— Crees que en Medellín la apariencia física es un asunto de suma importancia.

— Yo creo que la belleza física importa tanto en Medellín como en otras partes. No creo que sea una problemática exclusiva de esta ciudad porque este sea el epicentro de la moda en Colombia o porque se diga que la mujeres más bonitas están acá. El aspecto físico no es únicamente las tetas y el culo. Estamos hablando de una red económica muy bien montada. Como diría Adam Smith, la mano invisible que está por ahí moviéndolo todo. Yo pienso que para afrontar este problema habría que cambiar las estructuras económicas. Porque lo económico modifica todo lo demás.

— En este sentido, ¿es complicado ser mujer?

—Ser mujer es muy complicado, sobre todo por los hombres. Ellos siempre están buscando un estereotipo de mujer. Y en ese sentido, las mujeres nos pasamos gran parte de nuestra vida preocupándonos por agradarle a los demás. Siempre estamos buscando ser aceptadas y eso hace que no seamos nosotras mismas. Yo estuve pendiente de agradarle a un macho desde los 15 hasta los 25.

— Aparte de los hombres, quién ejerce presión sobre el cuerpo.

—Los medios difunden cuál es la mujer ideal, dicen qué nos debemos poner, qué moda debemos comprar. Entonces ¿cómo es posible que yo no tenga el descaderado? Yo no los uso porque soy conciente de que no me quedan bien.

— Según tu experiencia de vida ¿qué sector social ha ejercido más presión sobre el aspecto físico?

— Yo creo que todos los sectores sociales ejercen algún tipo de presión. En mi caso las vecinas tuvieron mucho que ver en mi preocupación por mi físico. Algunas fueron crueles con sus comentarios.

—Te consideras bonita.

— Yo sé que soy muy bonita. Yo lo sé. Pero no me gusta estarme mostrando. Primero porque no tengo ni la plata ni la ropa ni el modo.

—Si tuvieras el dinero y los medios ¿Te preocuparías por mostrarte?

—Sí

— Qué piensas de las campañas que se hacen con el objetivo de contrarrestar el machismo de nuestra sociedad o de combatir la obsesión por la delgadez.

— Yo creo que estas campañas no sirven para mucho. Por que la naturaleza nunca ha sido benévola. Lo natural es excluir, ser egoístas.

Después de conversar un largo rato me dice que no me ha mostrado su casa. Con un gesto le respondo que estoy interesado en conocerla. Me enseña las habitaciones de Hilda y Jenny, las dos inquilinas. Luego me muestra el baño. Le digo que no parece que allí vivieran tres mujeres, pues no hay un solo utensilio de los que usualmente se encuentran en los baños, tanto de hombres como de mujeres. Productos como cremas de manos, champú,… Dice, sin embargo, que sus compañeras de residencia se gastan una fortuna mensual en elementos de aseo personal y belleza.

Por último entramos a su habitación. Lo primero de lo que un visitante se da cuenta es que no hay cama. De lo segundo, de que las paredes están limpias, excepto por dos cuadros en los que se aprecian sus padres ya fallecidos, Y de lo tercero, de que en la única mesita que hay en la habitación no se observa un solo cosmético, una crema, un cepillo… elementos comunes en cualquier habitación de mujer. Aunque después Mónica, abriendo un cajoncito de la mesita, me dirá que tiene una crema y una loción, como queriéndome decir que no es tan despreocupada por su apariencia física.

Después subimos a la terraza. Me advierte que cuidado me corto con los regalitos de los perros. Le digo que tendré cuidado. Coge un recogedor y una escoba y comienza, como una comprensiva madre, a recoger sin ningún gesto de fastidio los desechos de los caninos.

Luego bajamos y comienza, en un impulso repentino, a organizar el desorden de su habitación. Primero tiende el colchón con un edredón verde ácido. Después empieza a barrer, al mismo tiempo que recoge cosas del piso o acomoda otras en el lugar respectivo. Va a la cocina y continúa con la misma actitud. Entre tanto no deja de hablar. En 10 minutos su habitación, la sala y la cocina tienen otra cara.

Después, mientras lava los trastes, me dice que el tema de este trabajo, da a entender parte de mi personalidad. Luego, en tono presuntuoso, agrega que raras veces se equivoca en la percepción que hace de la gente. Sonrío mientras la escucho. Luego le digo que sí. Que no se equivoca. Que a pesar de que soy hombre, me he preocupado mucho por la apariencia física. Y que esto ha llevado a que me haga varias preguntas: ¿Cómo se puede sentir una mujer que no es tan atractiva físicamente en una sociedad que valora tanta la estética exterior? ¿Es el físico motivo de frustración personal?

Le digo que para los hombres, la exigencia de la apariencia física no es un mandato social de primer orden, al menos por ahora, así como lo es para las mujeres. Y que, así nos pasemos por el espejo a echarnos gomina o a darnos el visto bueno, la apariencia física no está dentro de nuestras prioridades.

Al decirle esto, recuerda a un ex novio al que le sugería, a toda hora, las cosas que debía cambiar de su aspecto físico si quería que ella lo aceptara con más agrado. Le decía, por ejemplo, que debía cambiarse el look, que debía comprar crema para las manos, si quería que ella se dejara acariciar, que debía arreglarse un diente, que debía vestirse más modernamente…

Al escuchar esto, no evita uno en pensar que muchas mujeres, además de preocuparse por su apariencia física, involucran a las personas que están a su lado. En este caso al hombre que las acompaña, y en otros casos a esposos, hijos e hijas.

Al conversar con Mónica sobre lo divino y lo humano, descubre uno que tiene el tic de compararse con otras mujeres. Por ello, no es extraño que, en medio de una conversación, recuerde con desagrado a la prima que siempre la superó en la infancia porque tenía más dinero, porque tenía un mejor rendimiento académico y porque entró tempranamente a la universidad. O que recuerde a la compañera de universidad que tiene un novio empresario y con carro. O a la compañera de residencia que veía perfecta en todo. Cuando las recuerda sube el tono de la voz y sus mejillas toman un color púrpura.

***

Así sucede con Angélica, una despampanante caleña que vivió en su casa durante un año.

 —Ella no sabe esto y nunca lo va a saber. Al menos no de mi parte. Angélica es la súper mujer. Tiene el súper cuerpo. Es muy segura al expresarse. Nunca la coges fuera de base. Es muy oradora.  Es la mujer incansable: se levanta a las cinco de la mañana, se va para la universidad, llega por la tarde y por la noche se va a trabajara a la discoteca. Los domingos, así esté trasnochada se va para el gimnasio. Esa mujer tiene la auto estima por el techo. ¡Y ver una mujer tan bien puesta me saca de quicio, pues es lo que yo siempre quise ser! Yo siempre he querido mantenerme en el gimnasio. No ser tan perezosa. No ser tan desaseada con migo misma…

 …Imagínate que ella se levantaba a las cuatro de la mañana, hacía su desayuno, organizaba sus cosas, se hacía un tratamiento para la cara y entraba a las ocho, ¡alas ocho! a trabajar. Era súper disciplinada. Mientras que yo entraba a la misma hora y me levantaba a las siete y quince. Y mientras estaba sentada en la tasa orinando, me lavaba los dientes. Me bañaba rápidamente y salía. Me peinaba en el camino y me acomodaba los brasieres en el colectivo. Mientras ella salía tan impecable, tan perfecta, tan bien puesta…

 …Cuando estaba en la casa se paraba frente al espejo y decía: ¡Mónica, tengo un milímetro de más! Me provocaba matarla. Esa admiración que tenía por ella se me fue convirtiendo en fastidio. Cuando llegaba a la casa trataba de no hacer mucho ruido para no encontrarme con ella. Quería evitar que me dijera: ¡Moniquin, me ves gorda! A ella le gustaba que le dijera: no Angélica, ¡estás espectacular!…

 …Verla a ella todos los días y observar la admiración que despertaba en los hombres, hizo que yo comenzara a asistir al gimnasio y a hacer, sobre todo, muchos abdominales. Pero yo para esas cosas tengo la voluntad en los talones y al ver que los resultados son tan lentos, dejé de asistir…

Cuando se compara con las mujeres que ha vivido en su casa, se da cuenta que entre ellas hay enormes diferencias. Casi todas gastan, según ella, fortunas en cremas. Están pendientes de su rostro, de su cabello y de más partes del cuerpo. Se echan mascarillas, se colocan rodajas de pepinillo en la cara, se tinturan en el cabello y, en sus días de descanso, salen a piscina a broncearse. Ella, por el contrario, se la pasa durmiendo y sin ninguna preocupación, aparentemente, por su aspecto físico. Más adelante confesará qué se cambiará cuando tenga dinero suficiente.

***

Y fue precisamente Angélica, quien le dijo que había una vacante en un bar de Sabaneta. Al escuchar la noticia, tuvo la seguridad de que el puesto sería suyo. Estaba convencida de que su apariencia física le daría una mano. “Cuando me quiero creer bonita, me lo creo, y eso se lo transmito al que sea”, dice. Sabía quién era el jefe y sabía lo que él estaba buscando: una mesera atractiva que atrajeran a la clientela masculina.

Por eso escogió cuidadosamente el vestuario antes de presentarse a la entrevista. Sabía perfectamente que ropa le destacaba sus atributos y le disimulaba sus falencias. Fue al closet y tomó una camisa negra que le dejaba al aire gran parte de sus senos y un pantalón de igual color que hacía que su nalga quedara parada y firme. Se maquilló, se echó crema de manos y se arregló las uñas. Se alisó el cabello ondulado y rubio. Después se enjuagó la boca con listerine, pues el gusto por la cebolla y el ajo le han hecho pasar varias vergüenzas. Le oró a Dios y salió dispuesta a conseguir el trabajo.

— Cuando estoy con esta actitud —dice—, nadie me supera, ni siquiera Natalia París, pues voy convencida de lo que quiero.

El dueño de la discoteca, después de la entrevista, le dijo que se sentía muy halagado de tenerla como empleada. Después la invitó a salir.

 Tres días después comenzó trabajar. En esta ocasión no tuvo el mismo cuidado al elegir la ropa: se puso unos jeans desteñidos que no le paraban las nalgas y una camisa que delataba que el abdomen no era del todo plano.

 —Mire muñeca —le dijo Ligia, una compañera de trabajo, con tono de desdén—, si usted va a trabajar como mesera debe cambiar de postura. Se le nota mucho la barriga y además tienes muy pocas nalgas.

 Dos semanas después, cuando regresó a trabajar, le dijeron que no tenía el perfil para ser mesera, pues además de no tener un cuerpo ideal era muy poco cariñosa con los clientes. La pusieron, entonces, a recoger los covers. Después de un año, se fue a hacer ensaladas y a lavar trastes. Luego pasó a ser barman y 6 meses después, cajera. Cuando se le pregunta si el ascenso se debe en gran medida a su rostro, a su cabello dorado, a sus ojos verde-azules o al encanto de su mirada, responde con un contundente No. “Esto se debe a mi capacidad de trabajo”, dice en tono fuerte y seguro.

Desde que está allí, ha observado la discriminación que hay con la clientela. “Antes me parecía horrible que se discriminara a la gente por su vestuario o por su apariencia, pero mi jefe me ha dicho: Mónica, esto es un negocio. Aquí sólo nos interesa la gente que viene a comprar. Entonces entendí porqué allí se preferiría a una gente y a otra no. O por qué las mujeres no pagan cover. Porque ellas son el caramelo que atrae a los hombres”.

Dice que en esta discoteca pasa desapercibida. Cuando observa cómo sus compañeras despiertan miradas de deseo en los hombres, piensa que ya le pasó su cuarto de hora. “Es que ya me empiezan a pesar los años, ya tengo 30. Antes cuando trabajé en Estras, una discoteca gay, yo era uno de los centros de atracción. Estaba en mis años gloriosos, tenía apenas 21”.

Cuando se le pregunta si se siente vieja, responde que para trabajar sí, “ahora se busca sobre todo a jóvenes profesionales que no superen los 25 años. Yo soy conciente de que la competencia cada día es más difícil. Cuando miro hacia atrás y veo tantas mujeres lindas, jóvenes, y bien preparadas, pienso que tengo que sacar mis armas. Pero esas armas ya se me están acabando, pues ya tengo 30 años. A penas este año me estoy atreviendo a decirle a la gente cuántos años tengo. Pero para mi ¡eso! ¡eso! ¡eso! Que tengo 30 años, que no trabajo en una gran empresa, que no tenga un buen sueldo, que no domine un idioma, ¡eso! ¡eso! Me hace sentir vieja”.

Mónica se exalta mientras hace estos comentarios. El interlocutor la mira fijamente a los ojos y se esfuerza por prestarle atención. Habla rápido y salta de idea en idea. Se contradice. El teléfono además timbra varias veces y ella corre con Tomasa en los brazos. “Luego te llamo, tengo una visita” dice por el teléfono. Vuelve y se sienta en la mesa del comedor sin soltar a la perrita y sigue hablando como si no se hubiera interrumpido la conversación.

“En la discoteca he visto unas cosas que me han hecho pensar que las mujeres tienen la culpa de que los hombres las miren tanto, pues son ellas quienes se preocupan por mostrar. Recuerdo una vieja que se subió a la mesa de la barra y comenzó a bailar sensualmente. Se levantó la falda de jean, quedó en tangas, y cómo sería la prenda que se empezó a masturbar mientras bailaba. Mi jefe quedó tan encantado con ella, que ocho días después tuvieron sexo”.

***

El jefe de Mónica tiene 35 años. Su discoteca queda en la vía a Sabaneta. La oficina que le sirve a él y a Mónica es un espacio donde tiene lo necesario para sus operaciones: un sofá, una nevera, un escritorio y un viejo computador. En una de las paredes, color amarillo, hay 10 cuadros con fotos de motos Harley Davidson. Entre los cuadros hay otros alusivos a eventos en los que ha participado. A lado opuesto hay un almanaque grande con modelos semidesnudas.

Encima del escritorio hay una moto en miniatura Harley tallada en madera, un pequeño almanaque para ir pasando las páginas, un viejo computador. Diego, el mejor amigo de Mónica, esta sentado frente al PC. Está manejando una base de datos de clientes en Excel que Mónica ha ido creando en los tres años que lleva de trabajo.

Mónica viste un overol color azul y una camiseta blanca con ribetes rosados. Está  armada con un marcador en una mano y un teléfono en la otra. Se mueve inquieta por la oficina. En un pizarrón hay una lista de clientes con su número de teléfono y organizados por mes de cumple años. Los llama y les pide datos nuevos que Diego anota en la base de datos.

Mientras que Mónica disca y disca y habla con los clientes, y Diego completa la base de datos, tomo el almanaque que está en el escritorio y me siento a ojearlo. No para mirar algunas fechas sino a las modelos que aparecen allí. Todas están semidesnudas y con actitud erótica. La mayoría tiene un pearcing en el ombligo y tatuajes en uno de los senos, en una entrepierna o en una de sus nalgas.

Mónica me observa mirar con avidez el almanaque y señala una de las modelos mientras dice: “La novia de mi jefe se parece a esta niña. Es que a él le gustan las mujeres más chimbas. Tiene como 10 novias”. Observo con más atención la modelo que señala Mónica y me encuentro con una mirada que mueve hasta un muerto. En su cabeza tiene un sombrero blanco con unos delicados grabados en las alas. Luce una chaqueta texana color rojo abierta al frente, que le deja al aire sus redondos y firmes senos. La boca entreabierta y la mirada de mujer fatal invitan no precisamente a mirar los días, las semanas o los meses, sino su monumental figura. Atrás de ella han puesto una luz que le resalta la piel color ron.

—A usted cómo le gustan las mujeres, me pregunta.

—Así, voluptuosas, respondo mientras señalo una de las modelos.

Diego ríe. Mi respuesta no sorprende a Mónica.

Para no parecer tan superficial le digo que la mayoría de los hombres así tengamos paja en la cabeza y soñemos con este tipo de mujeres, anhelamos, en últimas, tener a nuestro lado mujeres inteligentes, talentosas, que sean todas unas señoras.

—Pero a los hombres no les gusta estar con mujeres más inteligentes que ellos, sentencia Mónica.

Sigue llamando. Después de hablar con un cliente dice sonriendo: “debo hacerme amiga de este man para conseguirme la visa”. Diego la mira después del comentario y gira la cabeza en gesto de reprobación.

Hace pausas en el telemercadeo y se sienta en el sofá. Hace comentarios sobre su vida elemental. Se para y sigue discando. Su actitud de trabajo demuestra una decisión a toda prueba. Pero en el fondo de esa mujer que habla rápido y fuerte, se percibe un ser que sufre por el afán de sobresalir, de triunfar. Triunfo que ella asocia con la palabra dinero. Y cuando piensa en esto también piensa en un hombre exitoso, emprendedor, así como su jefe. Pero no se anima con él porque es mujeriego. “El me ha dicho de frente: quiero hacer el amor contigo”.

Pero esta actitud sincera, que otros llaman primaria, y la capacidad en los negocios, le encantan a Mónica. Ella ve en un hombre de estos un medio para alcanzar sus propósitos. Su amigo Diego dice en tono suspicaz que es una zorrilla. Mónica ríe cuando lo escucha.

**

El telemercadeo que hace Mónica, más la publicidad que se difunde a través de los medios de comunicación, se ve reflejado el fin de semana. A las diez de la noche la discoteca ya está repleta. Y, a pesar de que la música empieza a sonar desde las ocho, es a esta hora cuando el Dj comienza con su trabajo de difusor de alegría.

La música retumba como salida del pecho. El Dj interviene entre las canciones para animar a la gente ¡¿dónde están las mujeres de Santelmo?!, grita. Las mujeres levantan sus manos entusiasmadas. Unas se suben a las mesas y otras, más exhibicionistas, trepan hasta la barra, una larga y ancha tarima de madera que además de servir como separador para los clientes es a la vez una pista de baile.

Varios hombres, sentados frente a la barra, miran a seis mujeres que bailan a lado de sus vasos llenos de licor. Desde este punto las mujeres se ven imponentes, hermosas, provocadoras. Los pearcings en sus ombligos descubiertos se bambolean, de acuerdo al movimiento de sus dueñas. Las uñas de los pies, a nivel de los rostros de los clientes de la barra, están pulidas y pintadas.

A mi lado hay un joven que observa disimulado a una mujer de rizos dorados, profundo escote y tatuaje al final de su espalda. Junto a ella baila una amiga voluptuosa y que abre la boca en un gesto erótico. El muchacho, que no le quita la mirada, mueve los labios en gesto de deseo. Deseo que aumenta cuando las mujeres juntan sus cuerpos y mueven sus caderas compulsivamente de atrás hacia adelante.

El Dj grita: ¿quién le compite a las dos chicas que están bailando en la barra? (se refiere a la de rizos dorados y a la voluptuosa que tiene absorto al joven de al lado) ¿quién se quiere ganar una botella de tequila? Las seis jóvenes, motivadas por las palabras del DJ, sacan del repertorio sus movimientos más rítmicos. Las amigas se juntan más y una, al ritmo del baile, baja por el cuerpo de la otra.

Al frente de la barra se para un joven. Tiene una cámara digital, la cual inclina hacia arriba para capturar las mejores poses de las mujeres. Por la pequeña pantalla se observa cuando enfoca las nalgas de la mujer de rizos que, al ver que la están fotografiando, se inclina un poco. Lo mismo sucede con su amiga, que se ubica de tal manera, que el fotógrafo logra el mejor plano de sus senos.

¿Quién se quiere ganar el quita calzones?, grita el Dj mientras le enseña al público una botella con un licor blancuzco. El joven que está a mi lado comenta pícaramente que ese licor es una bomba, que una amiga le dijo que este trago cierra la mente y abre las piernas. Después, al mirar una mujer que baila encima de una mesa, dice: Que pecado de esa gordita, baila y baila y nadie la saca. Luego agrega: esa vieja en la calle se puede ver hasta buena, pero aquí, con todo estas viejas, chilla.

El Dj llama a las dos jóvenes que han estado bailando juntas y les entrega la media de ron. Invita a los asistentes para que no falten a los carnavales de Santelmo y a las fiestas de Halowen. Se encienden las luces y la fiesta ha terminado por hoy.

Mónica al otro lado de la barra cancela los sueldos del Dj, de los porteros, de los meseros, del barman y el de ella. Tal vez, este sea uno de los últimos fines de semana que trabaje en esta discoteca, pues en días pasados tuvo un altercado con su jefe. Aunque reconoce que el trabajo es muy bueno porque le ha permitido estudiar sin tener contrariedades con el tiempo, dice que desea aplicar sus conocimientos de derecho. Mientras tanto me invita a la rumba del próximo fin de semana.

***

Aunque el futuro es imprevisible, Mónica lo tiene muy claro en su mente. “En tres años habrá un cambio extremo en mi vida”. ¿Te vas a presentar a cambio extremo? le pregunta Diego. “No. No sé —responde Mónica—, pero tengo que cambiar mi vida. O tengo un hijo o me caso”.

 Diego no estuvo tan desacertado con su pregunta. Ella piensa ponerse nalgas y hacerse la liposucción. Pero antes piensa tener un hijo, porque, según ella, no piensa perder la plata. También desea hacerse una ortodoncia y  operarse los senos, para que le queden estáticos.

Dice que desea irse para Italia o para cualquier otro país de Europa. Y que después de que termine la carrera, quiere hacer un doctorado. Diego la escucha y dice que no está de acuerdo. —Pero yo quiero que me digan doctora—, dice Mónica sonriente.

Lo que dice con toda seriedad y con palabras que le salen del alma, es que desea compartir su vida al lado de un hombre que la ame por siempre y que la trate como a una reina. Un hombre con el cual tener dos hijos que se imagina corriendo por la casa y llevando al preescolar. En fin, una familia que le de color a la vida y que sea un verdadero motivo para vivir.

Al escuchar a Mónica, no evita uno pensar que hasta el ser más pragmático del mundo se deja mover por las cosas más elementales y gratuitas de esta vida. Que el dinero, lo material y lo superficial, lo que tanto se anhela, termina siendo, al final, algo accesorio. El periodista se entusiasma con el pensamiento de Mónica. Aprovecha que esta nadando en las mieles de los deseos, para picarle la lengua.

¿Si le tocara elegir entre ser la ama de casa que cuida de sus hijos y que espera juiciosa a su esposo, o ser la profesional exitosa, pero sola, qué escogería? Mónica no lo piensa dos veces. Dice con toda seguridad que lo primero. “A mi me encanta la casa, me gusta cocinar, me gustaría vivir en pos de mi marido. Lo otro lo tengo como un plan de contingencia, por si no cumplo lo primero”.

Al hablar de sus futuros hijos, Mónica se emociona y empieza a describir como los desea educar. Dice que quiere ofrecerles todas las cosas de las que ella careció.

—Usted menciono que 15 años atrás no era común observar a mujeres con el cabello tinturado. Ahora lo poco común es observar a mujeres con el cabello natural. Es claro que la preocupación por la apariencia física cobra cada día más fuerza y que todos los días surgen nuevas preocupaciones y por ende nuevas soluciones. Usted, que antes que nada quiere ser madre, cómo ve afrontado esta situación con una adolescente.

— Me gustaría tener un niño para no estar cuidándole la virginidad. Si tengo una mujer, creo que le va a toca una época muy dura. Por ello, lo ideal sería estar en mi casa para cuidarla, para infundirle valores. Y así pueda soportar las presiones que nos toca vivir a las mujeres. Presiones que a mi hicieron sufrir. Y como yo no tuve a alguien en mi casa para que me apoyara, tuve que aguantar todo esto a solas.

A pesar de que Mónica desea profundamente formar una familia, ella dice que este propósito aún lo ve lejano, pues cuando termine la carrera hará hasta lo imposible por viajar a un país europeo. Según cuenta, aquí no hay nada que la ate.

Su tono decidido, hace pensar que Mónica se esforzará al máximo por hacer realidad los sueños que la mantienen viva. Sólo queda por desearle que tenga buenos vientos y buena mar.

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