La mujer que soñó ser bailarina

El relato de Cristina también hace parte del trabajo de grado “El pecado de no ser una Barbie”. Esta historia fue publicada en la revista Folios de la Universidad de Antioquia.

Al no encontrar el revólver donde su padre guardaba los interiores, Cristina estalló en llanto. Comprendió que su plan le había fallado, pues no había pensado en otra manera de darle fin a su historia. Salió de la habitación de sus padres en sollozos, conectó el teléfono y le quitó el seguro interno a la puerta. Se dirigió al segundo piso donde queda su cuarto y al entrar se tendió en su cama a seguir llorando desconsoladamente.

Eran las dos de la tarde de un miércoles de agosto de 1998. Sus padres habían salido media hora antes para donde sus abuelos y sus hermanos aun no regresaban del colegio. Al verse sola bebió por sorbos una botella de aguardiente que estaba en el bar. Ya ebria, la idea del suicidio fue cobrando sentido. Pensó con toda seguridad que había llegado el día de ponerle fin a una vida cargada de dolor y rechazo.

No era la primera vez que pensaba en suicidarse. Cada vez que pensaba en ello, se veía en su casa tomando muchos tranquilizantes; siempre de la manera menos dolorosa. Le preocupaba que su cadáver quedara en condiciones dramáticas. Por eso nunca se le ocurrió tomar un puñal o cortarse las venas.

Antes de llevar a cabo su plan fue al teléfono y llamó a Edison, su mejor amigo.

—Llamaba para despedirme —dijo Cristina—. Te quiero mucho.

—Cómo así —le respondió Edison en tono brusco—. No entiendo. ¿Qué es lo que piensas hacer?

Entre sollozos y palabras atropelladas, Cristina le contó sus propósitos. Edison intentó persuadirla. Ella escuchó en silencio. No dijo nada. Colgó

Luego llamó a su novio Andrés y le dijo:

—Como nada me ata a este mundo, me voy a desaparecer del planeta.

Se despidió con un ¡Chao! y sin esperar la reacción de Andrés, colgó. Desconectó el teléfono y fue a cerrar la puerta que daba a la calle con llave. Quería evitar que alguien fuera a entrar de improvisto. Luego se dirigió al cuarto de sus padres a buscar el arma.

***

A sus 20 años, Cristina pasaba por el momento más difícil de su vida. Hacía un año que había terminado bachillerato, no trabajaba y su complejo de inferioridad la hacía pensar que su vida no tenía sentido. Se mantenía encerrada en su habitación escuchando Heavi Metall y tomando pastas para la depresión. Pero sus pocas ganas de vivir se debía, especialmente, a la malformación genética en una pierna, que la obligó a caminar de manera ladeada.

Hoy, siete años después de aquel incidente, dice que si se hubiera suicidado se habría perdido de muchas cosas ‘bacanas’ que le han pasado después. “Nunca hubiera trabajado, no hubiera conocido tanta gente y no habría practicado el deporte que tanto me gusta (bailar y hacer aeróbicos)”, dice Cristina.

Cuando la conocí trabajaba en almacenes Éxito para una empresa dedicada a la comercialización de comidas rápidas. Allí compartía labores con más de 1.200 empleados.

Empleados que, en su mayoría, son responsables de impulsar productos, bien sea con su elocuencia, su simpatía, y por que no, con su buen físico. Pero no sólo las mercaderistas son las encargadas de promover las ventas, también las imágenes de modelos que, en este lugar, abundan por todos lados.

Todas y todos son hermosos. Las cabelleras son abundantes, finas y sedosas. Los rostros demuestran seguridad, felicidad. Los cuerpos son delgados pero de músculos firmes. Las pieles se ven sanas. Pasan del color chocolate al caramelo o al ron. Una estría, una señal de gordura o una arruga son aquí una blasfemia. Un contraste brusco ante tanta belleza y perfección. Eso perturbaría a los observadores o consumidores de estas grandes superficies que ya se han acostumbrado a ver sólo imágenes perfectas.

Otras formas bellas que se encuentra en estos lugares son los maniquíes. Pero los que hay en este supermercado, específicamente, no son esos objetos con la cabeza lisa como un huevo, ojos inexpresivos y la boca blanca así como el resto del cuerpo. No. Estos han evolucionado. Un desprevenido comprador los podría confundir con lindas modelos. Las formas son más perfectas. Lucen cabelleras color rojizo, dorado, chocolate… parecen recién salidas del salón de belleza. El color de sus ojos varía del verde al azul y del azul al verde. Las pestañas se ven exageradamente crespas. Las cejas bien delineadas. Los labios carnosos, provocadores. Todos lucen ropa informal: una faldita de color índigo con la cremallera abajo, un camisón blanco entre abierto, un pantalón desabrochado. Todos dejan entrever sus interiores (al fin y al cabo están exhibiendo ropa interior). En todos se percibe un aire de mujer actual, joven, contemporánea, bella, descomplicada, feliz, para ponerlos en términos de moda. En fin, el tipo de mujer que muchas de carne y hueso desean ser y la que muchos hombres fantasean con tener.

La primera cita con Cristina fue en un parque cerca al hipermercado, un viernes de julio a las cuatro de la tarde. Llegué antes que ella. A los pocos minutos vi acercarse lentamente a una mujer delgada, de estatura no superior a los 1.65 metros, de cabello rojizo, blusa color vinotinto intenso, jean azul y un bolso negro. Sólo cuando estuvo muy cerca, noté que en cada paso que daba había un leve salto. Una dificultad al caminar que ya estaba anunciada. Saludó sin sostener la mirada y con una sonrisa nerviosa. Se sentó en el banco de cemento. Ya de cerca confirmé la primera percepción: es una mujer esbelta, de cabello liso recién tinturado, cejas delineadas, labios finos, nariz aguileña, ojos tristes y aire juvenil.

—Cómo se siente usted en un lugar donde muchas mujeres, por su calidad de mercaderistas, se preocupan tanto por su apariencia física, le pregunto.

Maria Cristina sonríe y confirma la apreciación.

—Sí, es cierto. Allí hay mujeres muy lindas. Por eso en estos sitios tiene uno que armarse de valor para que no le importen los comentarios que se hacen de uno.

Cristina dice que la vanidad de las mujeres en este sito se hace evidente en los baños, pues allí hay grandes espejos y las mujeres se miran a ellas mismas por un lado y por el otro, para cerciorarse de que no se les haya borrado la rayita de las cejas o que se les haya caído una pestaña. Se peinan el cabello y se maquillan. Vuelven y se miran. Y otra vez se maquillan…

— Yo entiendo que si tu labor es de impulsadora hay que dar una buena imagen —dice Cristina—. Pero hay gente que sufre hasta por el último detalle. Por ahí dicen que cuando uno se mira mucho al espejo es porque está muy inseguro de cómo esta.

— ¿Qué sientes cuando en este lugar o en cualquier otro espacio social observas a la mujer que despierta toda la admiración de los hombres?

— En lo primero que pienso es en la superficialidad de la sociedad. Me cuestiona cómo la gente sólo valora la belleza física y no otro tipo de bellezas. ¿Para que valorar tanto la belleza si eso se acaba rápidamente? Pienso que la belleza física de estas personas no les ha permitido ver otras cosas de la vida. Lo que sí puede pasar con los no tan lindos o limitados que por su sufrimiento o marginalidad ven más allá de lo evidente.

— ¿Has pensado en hacerte una cirugía estética para mejorar tu cuerpo?

— Si tuviera plata, lo primero que me haría sería una cirugía en la cadera izquierda para que me quedara igual a la otra. No por vanidad sino por la estética elemental de mi cuerpo. No me haría nada más. No me pondría senos, trasero, etc.

— ¿Nunca lo has pensado?

— No, no. Me parece que uno pierde identidad haciéndose esos cambios. Yo me siento bien así. Tengo lo que debo tener y ya. Si alguien quiere tener un buen cuerpo, que haga ejercicio y vera que hasta le hace crecer el trasero.

— Hasta eliminaría estos bananos, le digo mientras le enseño mi barriga.

— Uff. Con un poquito de sppining y de abdominales eso vuela.

— En un espacio social donde se valora tanto la belleza ¿qué problemas, crees, se pueden generar en quienes no son tan bellos?

— Mucha soledad. Por ejemplo yo me siento muy sola por eso, y esto ha hecho que mi vida sea muy aburridora. He pensado que un hombre no esta conmigo porque cojeo… Y hay días que amanezco muy aburrida, y cuando me paro frente al espejo y me encuentro frente a semejante escenario, entonces me maldigo por haber nacido así. Y vuelvo y me pregunto ¿Por qué tengo que ser yo la que debo soportar las miradas y burlas de la gente? ¿Por qué yo tengo que ser el fenómeno del paseo?

— ¿Cómo debe ser una mujer físicamente para que te parezca bonita?

— De cabello largo, lacio, de ojos claros, pestañas largas, delgada, brazos, piernas y abdomen muy bien definidos, un rostro armonioso, estatura no inferior a los 1.60.

—Cómo es tu relación con las demás mujeres en tu lugar de trabajo, si tenemos en cuenta que allí el glamour es muy importante y que posiblemente se pueden suscitar comentarios por tu forma de caminar.

—Por el hecho de que yo tenga este problemita no soy menos mujer que las otras. Aunque no puedo negar que este es un ambiente pesado, pues no faltan los comentarios sobre algo del aspecto físico. De mí han dicho en voz baja: ¡Mira esta como camina! Usted sabe, las mujeres critican mucho. Siempre están pendientes de la imagen de las demás mujeres. Pero eso se da en todas partes.

En la relación con sus compañeras de trabajo, Cristina también recuerda otras escenas más amables. Incluso de admiración.

— ¿Usted que hace para tener un cuerpo tan delgado? —le preguntó una compañera un poco pasada de kilos.

—Hacer deporte —le respondió Cristina

Ella dice que ha aprendido a aceptarse y a proyectar esa aceptación. “Si yo no lo hago, tampoco creo que la gente lo vaya a hacer. Si yo digo que por tener este problema soy lo peor, que nadie se va a fijar en mí o que no voy a tener amistades, creo que la gente va a percibir eso y entonces si me van a rechazar. Lo que yo trato de proyectar son  las cosas buenas que hay en mí y esto hace mas llevadera mi situación”.

Semanas después de que Cristina me contara su experiencia en este supermercado finalizó su contrato. Como siempre no bajó la guardia y se presentó al Centro de Información para el Empleo (CIE) del Sena, según ella, su segunda hogar, para ver que opciones tenía de encontrar trabajo. Lo demás era esperar.

Un lunes de septiembre quedamos de encontrarnos a las tres de la tarde en uno de los almacenes Flamingo del centro de la ciudad para continuar con las conversaciones. Ese día, ella debía cancelar una de las cuotas de los tres créditos que había sacado en ropa. Y es que, según cuenta, casi todo el dinero que devenga cuando trabaja se lo gasta en vestuario. Luego iríamos a un lugar más tranquilo a continuar con la charla

Al encontrarnos me dijo: “Tengo una entrevista laboral a las cuatro en la agencia P.O.P en el Poblado. No me imaginé que me fueran a llamar tan rápido”, ¡Que bueno! Le dije. Sí, respondió. “Pero mira esta pinta. No estoy arreglada para lo ocasión”. Lucía una camiseta azul, jeans y tenis. “Acompáñame a buscar un baño para medio arreglarme”, me dijo.

Entró a los baños del centro comercial Camino Real. La esperé afuera. Mientras tanto ojee unas notas que le había pedido que me escribiera sobre su experiencia de vida con el objetivo de ser más preciso en el relato.

Cristina salió con el cabello mejor peinado y con más maquillaje en su rostro. Se notaba ansiosa. Aunque había dicho en repetidas ocasiones que era muy optimista cuando buscaba trabajo. “Tu sabes que para estos trabajos de promotora es muy importante la presentación personal”, me dijo. Para todo trabajo, le respondí. Pero yo creo que lo más importante es la seguridad que le transmitas al entrevistador. La presentación personal, creo, no es lo más primordial, le dije. La acompañé a tomar el bus. Le deseé mucha suerte.

Al llegar al sitio de la entrevista una señora le dijo que los disculpara, que habían aplazado la entrevista para el otro día, martes, a las ocho de la mañana. Los ánimos de Cristina no disminuyeron, al contrario, estaba más optimista que nunca.

Al otro día se levantó más temprano que de costumbre. Se bañó con más entusiasmo. Abrió su closet y eligió cuidadosamente la ropa que más le favorecía. Se quería ver elegante pero no acartonada.

Salió de su casa a las 6:45 de la mañana. Llegó a las 7:55 a El Poblado. La hicieron pasar junto a otras diez niñas a un saloncito donde las esperaba una señora y dos jóvenes. Les preguntaron sobre su experiencia laboral y las pusieron a hacer un ejercicio con el objetivo de observar la capacidad de persuasión que tenían para manejar potenciales clientes. “Esperen en la sala de espera mientras definimos quines son las elegidas”. Veinte minutos después hicieron pasar, otra vez al saloncito, a cinco mujeres. Ellas irían a promocionar pastas en varios supermercados de la ciudad.

—No entendí el criterio de selección —dice Cristina con tono de frustración—, ninguna de las elegidas descrestó al expresarse o por el aire de seguridad. Incluso hubo una que hizo el papel de idiota por la manera atropellada como se expresó. Aunque hay que reconocer que las cinco tenían un buen aspecto físico: esbeltas, con cabello sano y tinturado y estatura no inferior a los 1.60 metros.

Dice sin dudar que a estas agencias, no la empresa dueña del producto que van a impulsar, les importa mucho el físico de sus empleadas, así sea para impulsar pastas. Pero como al mal tiempo buena cara, ella se resigna y dice que vendrán cosas mejores.

Y no se tuvo que resignar por mucho tiempo. Tres semanas después, la agencia de empleos P. O. P la llamó a su casa para ofrecerle un cargo como impulsadora de limpiadores para el hogar en el supermercado Carrefour. Cristina no lo pensó. Inmediatamente aceptó. Sin embargo, el entusiasmo se le convirtió en desilusión cuando en la empresa le dijeron que sólo era para trabajar los fines de semana. A pesar de ello no se echo atrás.

Cristina dice que en este supermercado siente que los ojos están sobre ella, y que hay veces se siente tan incómoda que se pregunta a sí misma ¿Camino o no camino? Dilema complicado, sobre todo en un trabajo en el que hay que ir detrás de los clientes ofreciéndoles el producto.

***

La experiencia laboral de Cristina comenzó en el 2000. Por iniciativa propia fue a donde un amigo de su padre, dueño de un importante restaurante en el corregimiento de San Cristóbal, y le dijo que estaba interesada en trabajar en su negocio. Días después él la llamó para que se presentara a trabajar.

Allí hizo chuzos y hamburguesas. Sus compañeros de labores eran cuatro hombres quienes, durante los siete meses que ella permaneció allí, la trataron muy bien. Sin embargo como el trabajo era por días, Cristina no descartaba la opción de conseguir otro que fuera continuo. Por eso observaba los avisos clasificados de El Colombiano para ver si encontraba algo mejor. Y fue así como resultó vendiendo salpicón con helado en una empresa a la que no le recuerda el nombre. Lo que sí recuerda es que compartió trabajo con cinco mujeres y que un día una de ellas se le acercó y le dijo:

—Quería preguntarte algo…

Cristina interrumpe su relato para decir que las personas que tienen algún problema físico tienen una especie de intuición porque saben los que les van a preguntar.

Luego retoma el comentario de su ex compañera.

—Quería preguntarte algo

—Ya se que me va a preguntar —la interrumpió Cristina

—Qué es pues, si sabe

—Que porqué cojeo

—Ah sí, es sobre eso. ¿Qué te paso…?

Cristina recuerda que su compañera empezó a preguntarle ansiosamente. Pero en aquella época de su vida le costaba hablar de algo tan personal. Sin embargo, le contó algunas cosas

— ¿Qué le dijiste? Le pregunto.

—. Le dije que había sido un mal congénito. Que había sido una malformación fetal. No le conté nada más.

En aquella época este tipo de preguntas eran dardos venenosos para Cristina. Tiempo después comprendería que su problema no es lo peor del mundo. Pero en ese momento de su vida, y gran parte de la pasada, le molestaba que le preguntaran: “¿Qué te pasa en la pierna?”. Ella dice que sentía que se estaban metiendo a donde nadie los había llamado.

La vida la llevaría a otra empresa de comidas rápidas. Ingresó a una de carnes frías. Allí trabajaba cuatro horas y disfrutaba mientras empacaba e impulsaba los productos. Su satisfacción se debía, en gran medida, al trato respetuoso que le daban sus compañeros. Eran personas adultas y ella sentía que la gente la aceptaba como era. Que no la rechazaban. Al igual que sus compañeros de trabajo, a sus jefes tampoco les importó su manera particular de caminar. Al contrario, muchos le decían que era una verraca porque, a pesar de su dificultad, salía a trabajar sin ningún complejo o vergüenza. No como muchas personas para las que cualquier limitación era la excusa perfecta para no hacer nada, para quedarse en la casa o para excluirse del mundo social. Al recordar estos elogios, dice que es muy independiente y que siempre que le den la oportunidad de trabajar, ella lo va a hacer.

Pero en esta empresa, como en todas las estancias de su vida, la curiosidad, disfrazada de preguntas, también aparecía de vez en cuando: ¿Qué te paso ahí? ¿Te caíste? Las mismas preguntas que, en otros momentos, se han disfrazado de piropos. ¡Mi amor qué le pasó ahí! Le han dicho en la calle. Al recordar esto, ella sonríe. Tal vez porque una frase adulativa o, al menos, comprensiva siempre le cae bien a cualquier mujer.

Después de 11 meses de permanecer allí se vio obligada a buscar trabajo en otra empresa. En esta encontró un ambiente muy diferente. Sus compañeros, que eran muy jóvenes, le hacían mofas por su manera de caminar. “Mírala tan creída y como anda”, le decían. Cristina permanecía callada o sonreía para ella misma. Sin embargo, pensaba que eran personas que necesitaban evolucionar. Ahora cree que ante la ignorancia y la indolencia de la gente lo mejor es quedarse callado o responder de la manera que la gente menos se espera, con silencio. “Como dicen por ahí, ante un vagazo poco caso”, dice al recordar.

— Alguna vez has sentido temor de ser rechazada laboralmente por tu manera de caminar, le pregunto.

Cristina no piensa dos veces la pregunta y responde:

—No es miedo. Es el bicho de la duda. Pienso que por tener mi problema, hay partes donde pueden decir: no, esta niña cojea, no nos sirve. Entonces no es temor a que me rechacen y me digan no, sino que les vaya a importar esta particularidad de mi físico.

La experiencia laboral la ha obligado a tener un cuidado especial con su apariencia física. Incluso cuando está en su casa se mantiene bien arreglada. Antes de salir a hacer deporte, a caminar o a comerse un helado, pasa frente al espejo, se echa un poco de maquillaje y arregla su cabello. En este punto, Cristina dice que el cabello liso llama mucho la atención para un trabajo, mientras se toca el suyo que es lacio y de color rojizo, al tiempo que cuenta que le han dicho que su cabello es muy bonito. El periodista piensa que es cierto.

—Has percibido en las entrevistas laborales alguna predilección por la apariencia física de alguien o por su presentación personal.

— Es difícil darse cuenta de eso. Lo que si es claro es la predilección por las mujeres delgadas para trabajar como promotoras o en todo aquello que tenga que ver con ventas. Es más, en un formulario que dan a llenar algunas agencias temporales hay una casilla donde se pregunta por el número de la talla y al lado dice que preferiblemente 6 ó 8.

— Mira por ejemplo esa niña —dice mientras señala una joven que pasa al lado nuestro y que luce el uniforme de una reconocida empresa comercial— Te apuesto que la talla de ella no es más de 6. O dígame cuántas mujeres obesas ha visto usted trabajando en estos sitios.

— Muy pocas, le respondo.

— En su mayoría son altas —dice Cristina—. De buen cuerpo. Pero es que para las ventas la imagen importa mucho.

***

Cristina nació el 22 de noviembre de 1977 bajo el signo de sagitario. En los primeros años de su vida, por su problema en el fémur, sus padres estaban muy pendientes de que no se esforzara más de lo normal. Cuando cumplió cinco años se sometió a la primera cirugía, de las cinco que le han practicado hasta ahora, con el objetivo de corregirle su problema. Pero contrariamente a lo esperado por los cirujanos, por los padres y por Cristina, ninguna cirugía le corrigió su dificultad definitivamente. En vez de esto fueron llenando su cuerpo de cicatrices y deformando sus nalgas. “Esta parte de mi cuerpo —señala su pelvis— parece un mapa”.

Aunque era necesario que me hicieran cirugías, yo me le enfrentaba a mis padres. Les decía que no quería que me siguieran dañando el cuerpo. Pero ellos decían: Si el médico dice que hay que operarla, hay que operarla. Así nosotros no queramos”. Años después, Cristina renegaría de su cuerpo y su mamá le diría: “yo te veo bien”. Ella le respondería altaneramente: “¡Qué pena! Pero yo bien no estoy. Observe que el cuerpo de mi hermana es muy diferente al mío. A mí nunca me van a mirar como la miran a ella”.

Y efectivamente, a la hermana de Cristina, que hoy tiene 20 años, le iría mejor en las relaciones con el sexo opuesto y en los demás espacios sociales. “Cada vez que ella pasa delante de los hombres, estos se quedan mirándola mientras hacen comentarios. Es que ella es muy bonita, y siempre se mantiene muy bien presentada. Cada mes se tintura el cabello y se maquilla mucho”, dice Cristina.

Lo mismo ocurre cuando han salido juntas a una reunión social o a sitios de rumba. Cristina ha visto que a su hermana se le acercan los muchachos a cortejarla o a invitarla a bailar. Situación que a ella no le sucede muy a menudo y que la hace sentir mal. La última vez que fueron a rumbear, Cristina se quedó sola en una mesa, mientras observaba a su hermana bailar animadamente con un joven. Después de permanecer dos hora allí, se fue para su casa y no le importó dejarla sola, o mejor, muy bien acompañada y pasándola espléndidamente. Esto causó un distanciamiento entre las hermanas

En el hogar de la familia Arteaga, el trato que han tenido los padres con los cuatro hijos, según cuenta Cristina, ha sido muy equitativo. La madre, por ejemplo, siempre ha estado pendiente de las tres hijas: la de 27, la de 20 y la de 8, en cuanto a su presentación personal. Cada vez que van a salir les dice: mira como está de despeinada, échate un poco más de maquillaje, esa blusa no te queda bien. Al hijo de 18 no le insiste en estas cuestiones. Ella siempre ha sido ama de casa y se ha encargado de todo lo que tiene que ver con sus hijos, mientras el padre va a trabajar a una empresa de transportes.

A pesar de que la relación de Cristina con sus padres se basa en la comprensión y el cariño, aunque sin mucho diálogo, con sus hermanos no pasa lo mismo. No conversan. No salen. El contacto es mínimo. Esto la entristece. “A veces siento que no tuviera hermanos. Preferiría que me dijeran: ¡me caes gorda!, ¡no te quiero! Pero tanta indiferencia me pone muy triste”.

— Has pensado que ellos te rechazan por tu condición física, le pregunto.

Cristina parece caer en cuenta de algo nuevo, luego dice:

— No lo había pensado. Un día de estos les pregunto. Aunque yo pienso que nuestro distanciamiento es por la  diferencia de edades.

***

Los primeros años de Cristina transcurrieron en una vereda de San Cristóbal. Y en vista de que ella requería de revisión médica, sus padres la dejaban donde sus abuelos y donde su tía Gilma. Ella la quería incondicionalmente y la aceptaba con su dificultad motriz. Le decía: Tienes un cuerpo muy bonito, naciste así pero eso no lo es todo. No te acomplejes, no te sientas mal. Habrá mucha gente que no se va a fijar en eso. “Fue como una mamá para mi. Siempre estuvo pendiente de mi alimentación, de mis tareas, de mi salud”, dice Cristina. A diferencia de Gilma, otros familiares se acercaban a ella con frases lastimeras: pobrecita la niña, ¡Qué pesar! Frases que le caían como fuertes zapatazos.

Sin embargo, las frases de su tía no la blindaron del todo del sufrimiento que apenas comenzaba. Sentía vergüenza cuando se bañaba junto a otros niños; actividades que en estos momentos de la vida se hacen de manera inocente y en las que no hay miradas morbosas, pero sí mucha alegría. Su forma de caminar, un poco ladeada, también fue un problema cuando hizo su ingreso al mundo académico en el colegio Integrado San Cristóbal. Allí se detenía a observar a los niños correr, nadar, montar en bicicleta. “Verlos hacer aquellas actividades que tanto me gustaban, me causaba mucho dolor” dice Cristina.

Lo que más le dolía era cuando los inocentes niños se reían de ella y la excluían de los juegos colectivos. A toda hora le decían pate cumbiapate palo. Comentarios que la herían como flechas envenenadas. A pesar de eso jugaba chucha, el popular juego de colegio. Pero detrás de aquellas carreras iban las risas suscitadas por su manera de desplazarse. Estas burlas hacían que ella se portara torpemente y que se cayera ante la actitud indolente de sus compañeros. Acudía ante sus profesores con la esperanza de que ellos reprendieran a los ofensores. Sólo la profesora Ofelia regañaba seriamente a aquellos niños. Le decía que no les diera motivos para que se burlaran de ella. Que era mejor que no participara en estos juegos.

Las constantes burlas hicieron que Cristina se volviera una niña exageradamente tímida, acomplejada y con alto sentimiento de inferioridad. Aunque en ese momento de su vida no podía explicar lo que sentía, ahora cree que eran depresiones. Todo esto lo sufrió a solas.

Cuando Cristina estaba sola en su casa entraba a la habitación de su mamá, se miraba al espejo y se decía: ¡Qué cicatrices tan feas! ¡Dios mío, por qué me diste este cuerpo tan feo! ¡Nunca voy a conseguir novio! ¿Por qué esto me tuvo que pasar a mí? ¿Por qué yo soy tan demalas? Después lloraba. “Yo llegué a decir: Dios a mi no quiere, porque si me quisiera no me haría sufrir tanto. Pensé que Dios no existía, porque si existiera no hubiera permitido que yo fuera así”. Por su cabeza comenzó a rondar la idea del suicidio.

Su papá le decía: “Eres muy bonita. Tienes unas piernas muy bonitas. Usted quiere conseguir novio cuando sea grande, ¿cierto? Muy bien, entonces camine bien, camine derecho”. Cristina dice que él parecía un asesor de modelos diciéndole como caminar. Sin embargo, ella se preguntaba ¿quién se va a fijar en una persona como yo?, ¿quién se va a fijar en una cosa como yo?, ¡nunca voy a conseguir novio! Creía que no valía nada, que no tenía derecho a que la quisieran. Por el contrario, pensaba que la poca gente que estaba a su alrededor lo hacía por lástima.

El sentimiento de inferioridad que se empezaba a configurar en la mente de Cristina, no la salvó de recibir las flechas de cupido. Tenía nueve años cuando tuvo su primer amor, si es que se puede hablar de este sentimiento en una edad en la que los niños se preocupan más por jugar con muñecas y con tierra. “Este niño me encantaba pero él solo se fijaba en las niñas bonitas, ‘superlindas’, sin defectos”. Acto seguido comenta:

— Usted sabe que uno cuando niño se enamora cincuenta mil veces.

—Y de grande también, le replico.

Cristina suelta una sonrisa sonora que apacigua inmediatamente, mientras dice que uno de viejo al menos es más consciente.

Cuando entró al colegio las cosas no mejoraron mucho. Los niños que empezaban a volverse hombres se dirigían a ella no por su nombre sino por algún mote que le hacía recordar que tenía una particularidad en su manera de caminar. Y aunque algunos habían aprendido a aceptarla, sentía que había diferencia con las demás jovencitas. Esto se hacía más evidente cada vez que iba a piscina o que participaba en las rumbas que los adolescentes suelen hacer en la casa de un compañero. “Obviamente yo no bailaba igual a los demás. Obviamente por ser dispareja bailaba muy charro, y esto generaba comentarios, risas y burlas. Esto me hacía sentir inferior a todo el mundo”, dice.

Sus pocas amistades se limitaban a algunas amigas. Con los hombres tenía poco contacto. Esto hizo que algún día un joven se acercara y le dijera:

—Usted es que es lesbiana o que.

En lo académico no le iba mejor que en lo lúdico. En las clases de educación física se sentía excluida. Mientras sus compañeros hacían arduas actividades físicas, ella los observaba mientras hacía un trabajo de escritura o hacía otros ejercicios muy diferentes. Su timidez se hacía evidente cada vez que debía hacer una exposición: gagiaba y sudaba más de lo normal. A pesar de ello disfrutaba de materias como artística, ética y valores, ciencias humanas, urbanidad, democracia y biología. Pero de Matemáticas no le pregunten “¡yo odiaba matemáticas!”, dice.

En esta época su principal amiga fue Dioselina o Diosa como la llama Cristina. Ella le decía: si cojea de malas, no le pare bolas a la gente. Con esta amiga del alma compartió, en el aula de clase, las últimas sillas del rincón más apartado del altar del profesor. No porque fueran las más desaplicadas o desatentas, o porque quisieran huirle a cualquier observación del profesor, sino porque pensaban que los últimos serán los primeros o porque el que ríe de último ríe mejor.

De aquel colegio también recuerda que la joven más hermosa y la que despertaba los instintos más primarios de los muchachos era alta, rubia, de piel blanca y sana, de cabellos rubios y ojos azules. “¡Siempre las monas, que cosa tan verraca! Todos los hombres chorreaban la baba cada vez que la observaban”, dice Cristina.

Después agrega:

—Cuando en el colegio hay una niña muy linda y sin ningún defecto físico, y pasa por un lugar donde hay varios hombres reunidos estos parecen como lobos con ganas de comérsela, con deseos de lanzársele encima .

—Qué sentimiento se generaban en ti cuando veías aquella joven y la reacción que ella generaba en los hombres.

—No era únicamente cuando la veía a ella. Siempre que estaba en piscina y veía a todas las muchachas tan normales, yo sentía mucha tristeza por no poder pasearme como esas niñas por todos lados sin que me vieran como algo raro. Para mi era muy duro no sentir esa sensación, pues lo que yo generaba era curiosidad y morbo. Yo evitaba pasar frente a un grupo de muchachos, porque creía que se iban a reír de mí y que me iban a decir comentarios crueles. Yo sentía esas miradas burlonas encima, y no es que fueran para mí, pero yo lo asumía así. Esto me hacía preguntar ¿Por qué yo?

En las pocas ocasiones que tocó el tema de su cuerpo con sus compañeros, le dijeron que estar con una mujer como ella era muy difícil, porque siempre los hombres —esto no es ningún secreto en ninguna parte— hacen competencias para ver quien se consigue a la muchacha más bonita.

Otras veces el rechazo era más explícito. “Cuando un muchacho se daba cuenta que a mi me gustaba, no me volvía a hablar o me sacaba el cuerpo. De inmediato yo comprendía que no quería nada conmigo y hacía conjeturas de que era por mi forma de caminar. Además, al observar como la sociedad valoraba lo perfecto y lo bello. Al ver cómo los cuerpos de muchas personas eran utilizadas como vitrinas para exhibir y vender. Y al ver que mi cuerpo no servía para eso, me fui volviendo más insegura”.

Noveno fue el año más crítico para Cristina. Los alumnos debían escoger las modalidades académicas que debían continuar y esto los obligó a relacionarse con compañeros y profesores nuevos. Este cambio que para cualquier estudiante de colegio es algo normal, para ella representó un drama social porque le tocó conocer nuevos compañeros y, por ende, nuevas burlas. A esto se le sumó la adolescencia y la rebeldía natural que muchos adolescentes sufren en esta etapa. Se decía así misma: “si no puedo correr, de malas; sino puedo saltar, de malas. Aunque me han dicho que no puedo hacer aeróbicos ¡Los voy a hacer! El día que me toque estar en una silla de ruedas, lo voy a estar ¡Y ya!”

Esta radicalidad en su personalidad se vio reflejada en su rendimiento académico. “En este año perdí hasta el descanso”, dice mientras se dibuja una sonrisa en su rostro. Pero además del descanso perdió cinco materias, entre ellas matemáticas, la que más detestaba. Al finalizar ese año, le dijo a sus padres que no quería seguir en aquel colegio y que si no la matriculaban en otro no seguiría estudiando. Les argumentó que los estudiantes eran muy indisciplinados y que por lo tanto el rendimiento académico era muy malo.

A los 18 años entró a estudiar al colegio Marco Fidel Suárez, en horario nocturno. Allí debía hacer dos años en uno, décimo y once. Este cambio de institución la llenó de optimismo. Sus compañeros eran más mayores y esto la tranquilizó mucho frente a su dificultad física. Sin embargo, en sus pensamientos siempre había una prevención por las posibles reacciones que iban a tener sus compañeros frente a su particularidad.

***

—Cómo fue tu relación con los hombres en este colegio.

— A mi me iba muy mal porque los hombres siempre estaban detrás de la más caderona, de la que se movía mejor.

Cristina se queda pensando, como buscando en los más recóndito de su memoria y recuerda a un compañero.

—Allí había un compañero chiquito que se tragó de mí. En los cuadernos que le prestaba me escribía pendejadas como que me gustas mucho. Y yo le decía: vos si sos bobo, qué pereza. Y no le paraba bolas, porque lo veía como un compañero.

— ¿No te gustaba porque era bajito?, le pregunto.

Después de que Cristina lanza unas carcajadas sonoras dice:

— ¡Ay, es que a mí los hombres muy bajitos no me gustan! Yo no lo discriminaba por eso. Lo que pasa es que no era mi prototipo de hombre. En mí ocurre algo muy contradictorio: siempre me he fijado en tipos lindos.

La curiosidad no estuvo alejada del pretendiente de Cristina. De vez en cuando le decía:

—Flaca talladora, cuéntame, vos porque caminas así.

Pero la manera tierna de tratarla le bajaba las defensas y ella le contaba tranquilamente sus inquietudes.

 Hablar con Cristina acerca de sus relaciones afectivas implica adentrarse en un terreno desértico. Ella se pone nostálgica y en sus ojos se percibe una mirada de tristeza. El periodista cree que conversar de amor con ciertas personas significa sumergirse en lo más húmedo de su ser y que por lo tanto ese sentimiento, más que producirles alegría, les evoca dolor. Por eso le da un giro inesperado a la conversación y peca de imprudente. Pero como la flecha lanzada y la palabra dicha ya no tienen reversa en el tiempo, el impacto es irremediable.

— ¿Cómo te ha ido con aquello?

La pregunta es ambigua, pero la carga de picardía hace que Cristina la entienda perfectamente, y mientras voltea su rostro hacia un lado y ríe, responde:

—Me he inhibido mucho porque me avergüenza que me vean las cicatrices. Por otra parte no soy de esas que se van a “pegarle a eso” con el primero que aparece.

Después, de manera pedagógica, explica que ella para eso no tiene problema. Pero que los médicos le han dicho que si queda embarazada le deben hacer cesárea.

 En más de una oportunidad, ha mencionado su soledad afectiva. Pero la experiencia más dolorosa y vergonzante la vivió con un hombre casado. El la cortejaba y a ella no le era indiferente. Pero la esposa de éste se enteró de la picardía de su esposo y llamó a Cristina.

—Mi esposo sólo quiere acostarse con usted —le dijo—. Él desea experimentar qué se siente estar con una persona limitada físicamente. Le digo esto por solidaridad femenina.

Cristina dice que en el ámbito afectivo este ha sido uno de los episodios más oscuros de su vida. Y que por eso prefiere no entrar en detalles, pues —según dice— aquel señor no vale la pena y mucho menos un recuerdo más afondo.

— A que le atribuyes tu poco éxito con los hombres.

— A mi cojera. La mujer es capaz de enamorarse de un feo. Un hombre no. Piensa que los amigos le van a decir: qué haces con esa vieja ¡mira como camina! habiendo por ahí tanta mamasita. Ustedes son así. Si tienen una novia bien feita y la pueden cambiar por otra más bonita, de una lo hacen. Ustedes quieren quedar bien ante la sociedad, quieren exponerse con el mejor semental. Muchos hombres han dejado de acercarse a mí por esto. Cuando ellos me miran se fijan antes que nada en mi forma de caminar.

***

Cuando Cristina intentó suicidarse su vida había perdido sentido. No quería hacer nada. Deseba hundirse en el más profundo lago de la tristeza y que nadie le lanzara una cuerda de salvación. Ocho años después dice que esta experiencia de vida fue lo más grande que le ha pasado, por que a partir de ahí comenzó a valorar mucho más la vida. Empezó a enfrentarse a su problema y sintió como este, a pesar de que siempre estaría ahí acomplejándola un poco, se convertía en un ‘fantasmita’ amigable. “Ahora soy más conciente de mi problema y siento que puedo vivir con el”, dice.

En este momento lo que más la motiva a vivir es su profunda soledad interna, pues cree que algún día la va a llenar. “Todos los días busco llenar mi vida de cosas buenas”, dice. Ella nunca ha leído a Albert Camus, pero escucharla, hace pensar que sigue la filosofía del escritor que ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1957, quien resumió su existencialismo en este lema: “Cuanto menos sentido tiene la vida, más vale la pena vivirla”.

Desde aquel incidente se dedicó a buscarle sentido a su vida por medio del deporte, el baile y la recreación. Actividades físicas que le han ayudado a tener un cuerpo esbelto. Aunque siempre que se refiere a sus atributos físicos, tiene el tic de recurrir a lo que han dicho de ella las demás personas: “me han dicho que tengo un cabello bonito, me han dicho que tengo ojos bonitos, me han dicho que tengo presencia agradable”. Pero en este momento dice con toda seguridad que tiene un cuerpo bonito y que no se tiene porque acomplejar. Y esto no se lo atribuyó a nadie.

Su piel es sana y sus carnes firmes. Detrás de su ropa ceñida no se vislumbra un miligramo de grasa de más. Cuando se percata de que el periodista le lanza una mirada descarada al abdomen, intenta cogerse un bananito, pero falla en el intento. Dice que tiene su cuerpo así porque le gusta mucho montar en bicicleta y hacer aeróbicos.

Por eso, cada vez que puede, asiste a la sesión de aeróbicos que se hacen en el Estadio Atanasio Girardot los domingos en la mañana. Este hábito lo practica desde hace siete años.

***

Es un domingo 14 de agosto y Cristina ha llegado muy temprano al Parque de Banderas, donde en pocos minutos estará la multitud saltando y girando.

Son las siete de la mañana. Los rayos solares caen tímidamente. Todo esta dispuesto para que la clase de aeróbicos comience: el instructor, la música, los deportistas. Cristina luce una trusa y un bodi negros. Su cabellera se le ha acomodado por entre una gorra blanca. En su cintura hay atado un saco negro. El instructor comienza con el estiramiento y de repente la música surge como un terremoto. El eco retumba en las paredes del estadio.

Observo a Cristina a distancia. Se ve esbelta, menuda. Las órdenes del instructor: ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!, ¡con ganas!, ¡con ganas! Hacen que el ambiente se impregne de alegría y que muchos curiosos se acerquen a observar a la multitud que salta, da giros y se mueve rítmicamente como si estuvieran ensayando una coreografía.

Al observarla moverse recuerdo sus palabras: “mis movimientos son muy diferentes a los de los demás”. Pero sólo de ves en cuando noto un pequeño salto en su pierna izquierda. Observo los gestos y las miradas de los espectadores con el ánimo de captar alguna reacción o burla por los movimientos de Cristina. Y noto que no despierta especial interés ni tampoco que alguien se burle de ella.

Cuando ha pasado una hora, la música para unos segundos y la gente aprovecha para beber un poco de agua. Las pieles están sudorosas. Más gente se integra al grupo de deportistas. Aparto la mirada de Cristina y observo a las demás mujeres. Es un grupo heterogéneo: altas, bajas, obesas, delgadas, morenas. También las hay mayores de 50 y menores de 15. Un señor de cabello blanco y carnes flácidas se mueve animadamente y una sonrisa ilumina su rostro. A su lado hay una dama que parece ser su esposa y también se mueve alegremente

La contagiosa música surge intempestivamente acompañada de los gritos necesarios del instructor: ¡Otra vez! ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡4, 3, 2, 1! ¡1, 2, 3, 4! ¡Así!. El volumen de la música sube y el hombre ubicado en la plataforma de la concha acústica sigue dando instrucciones: ¡Gíralo! ¡Gíralo! Eso, eso ¡doble! ¡Doble!.

No es necesario ser periodista u otro tipo de observador para darse cuanta de que aquí lo que menos interesa es exhibirse. Lo más importante es disfrutar la actividad física acompañada de la música más adecuada. Los cuerpos no son los más esculturales. Las pieles no son las más perfectas. Los vestuarios humildes y desgastados contrastan con los más nuevos y de mejor marca.

Han pasado casi dos horas de ardua actividad física y la gente se nota exhausta. El instructor se despide y dice que los espera el próximo domingo. ¡La última! Grita la multitud. ¡Vamos a estirar! Les responde. El sol calienta. El padre Nevardo Cataño se prepara para la misa de nueve. Los aeróbicos han terminado por hoy.

Invito a Cristina a un lugar más tranquilo y más fresco. Al fondo se escuchan los cánticos que hacen el padre Nevardo y los creyentes que asisten a la animada misa. Ella dice que él es muy bacano, que no parece sacerdote y que por eso la gente lo quiere mucho. Aunque ella no asiste a misa todos los domingos dice que las iglesias le generan mucha paz interior.

A no ser porque estuve allí sentado observándola no creería que estuvo dos horas haciendo ejercicios. Luce tranquila y con la energía para otras dos horas de actividad física. Me dice que el próximo domingo piensa participar en una maratón de aeróbicos en la Terminal de Sur que dura cuatro horas y que es mucho más exigente.

— ¿Cómo te sentiste hoy?, le pregunto

— Bien —responde en tono natural—. Me encanta sentir que mis músculos se mueven.

En otra ocasión había dicho: “Hago estos ejercicios porque el cuerpo requiere mantenimiento y esto ayuda a que uno se sienta menos estresado, a que tus relaciones interpersonales sean mejores, a que te sientas de mejor ánimo…Esto me quita la depresión, me siento más activa y también porque conozco más gente.

Cristina ha conseguido amigos al ritmo de los aeróbicos. Cada vez que llega no le faltan abrazos y los cómo estás. Pero un día pasó un mal rato con uno de estos supuestos amigos. “Mis movimientos no son iguales a los de las demás personas. Yo escuché que se reían atrás de mí, voltee y lo pillé imitando la forma como yo me movía. Me pare y le dije indignada que no me molestara. Desde ese día no le hablo. Es más, ahorita lo vi y me hice la boba para no saludarlo”.

—Un observador desprevenido, como la mayoría de la gente, difícilmente se daría cuenta de que tus movimientos son un poco diferentes. Te he estado observando atentamente y no note la gran diferencia entre tus movimientos y los de las demás personas. Me has dicho que la gente se ríe de ti por esto. ¿Estas segura que la gente se ríe de ti o es que a caso te lo imaginas?

Mientras Cristina escucha la observación mira hacia el suelo y en su rostro se dibuja una sonrisa. Luego levanta la cara y responde con un tono de indignación.

— Puede ser. Puede ser. Las personas que tenemos alguna limitación pensamos muchas veces que la gente siempre se está fijando en nosotros. Eso ya lo he generalizado con mucha gente. Pero también hay ocasiones que muchos ignorantes están pendientes de los defectos de los demás para reírse de ellos.

— Me da la impresión de que cuando estás haciendo los aeróbicos no eres completamente libre y te preocupas mucho porque tus movimientos sean perfectos.

— Yo me siento libre por ratitos. Solo me acuerdo cuando me empieza a doler o cuando debo hacer giros muy complicados.

—No te hace daño hacer tanto deporte.

—Sí. Tanta actividad física me hace daño. “Si fuera por mi, todos los días haría aeróbicos. Pero no lo puedo hacer. No puedo insistir en hacer algo que me haga daño. Muchas veces le gusta a uno hacer cosas que no puede hacer. Es algo muy contradictorio.

***

No fue el domingo siguiente cuando Cristina participó en la maratón de aeróbicos. Sucedió un jueves 15 de septiembre, un mes después, en las horas de la noche. En una noche de verano en la que la luna se veía en el cielo negro como una gran rodaja de limón.

La plazoleta de la Terminal del Sur fue el escenario. Dos hombres y dos mujeres, vestidos de traje verde y amarillo, fueron los instructores. Así sucedió todo.

Se enciende el equipo de sonido. ¡Buenas noches! ¡Organícense! Retumba una voz femenina en todos los alrededores. El público obedientemente se organiza: en primera fila se hacen seguramente los más experimentados o los que no se quieren perder en ningún movimiento. Y atrás los que asisten por primera vez o los que no se sienten seguros de sus movimientos. Como en los aeróbicos del estadio, aquí también el público es heterogéneo: hay gente de la primera edad, segunda edad y tercera edad.

Aquí tampoco las mujeres se destacan por tener abdómenes planos, carnes firmes o una estatura superior a los 1:65 metro. No. Nada de eso. Un visitante que esté aquí con el propósito de observar a las tan afamadas mujeres de Medellín, se iría decepcionado. De pronto pensará que muchas mujeres de esta ciudad llevan unos “estilos de vida saludables” así como esta escrito en las camisetas de los instructores.

Cristina se ha ubicado en un costado del público, detrás de una columna de concreto ¿Querrá evitar que la observen? Hoy luce una sudadera azul oscura ceñida a su cuerpo y una camiseta blanca y roja. Su cabello esta bien recogido.

A medida que pasa el tiempo, la exigencia de los ejercicios aumenta. Cristina había dicho: “allá es mucho más exigente”. Y con razón. El ritmo rápido de la música y la instructora hacen que cada vez los movimientos sean más acelerados. Se levantan las piernas a nivel del pecho, se hacen giros rápidos y coordinados. A Cristina se le nota la dificultad para realizar estos movimientos.

En contraste con la actitud reservada, por no decir tímida, de Cristina, una participante, en primera fila, se mueve alegre, extasiada. Lanza sus brazos fuertemente al aire. Se emociona y grita. Mira a todos lados. Pero lo que más la destaca es su atuendo mostrón. Luce un pequeñísimo top amarillo que escasamente le cubre los senos y una truza negra que le destaca sus prominentes nalgas. En el ombligo tiene un pearcing que brilla con la luz de la lámpara. ¿Querrá que la observen? Un camarógrafo la enfoca. Ella no para.

7:45 de la noche. Segunda pausa. La mujer del topsito reparte agua. Un comentario con el de al lado. ¿Dónde está Cristina? Así, detrás de la columna.

Cambio de instructora. ¡Animo! Grita. La mujer del topsito chilla. Es evidente la energía de esta dama. Como es admirable el valor de Cristina. Aquí hay movimientos que sólo se logran con mucha práctica y sin una dificultad física como la de ella.

A medida que sube la temperatura por el calor del ambiente y por la actividad física, el olor a sudor mezclado con perfume también aumenta. Los cuerpos lucen sudorosos. Los rostros cansados pero alegres

En la cuarta pausa se rifa una camiseta y una cachucha a los participantes más altos. Muy pocos se animan a subir a la tarima. Sólo la mujer del topsito y un señor que la supera por pocos centímetros. También se rifa el mismo premio a los más bajos. En este caso se animan más candidatos.

Los ejercicios continúan. Algunos se retiran y se tiran exhaustos en el piso. Cristina continúa. Intenta seguirle los pasos al último instructor. Un moreno que más parece estar preparando una coreografía. Cristina se impacienta cuando no puede seguirle el paso al joven que animado levanta el dedo meñique en señal de amistad, mientras dice que ¡fácil!, ¡fácil!

A las 9:15 termina la maratón. Se entregan regalos a los constantes seguidores de los aeróbicos organizados por el Inder. Cristina toma su bolso. Es hora de regresar a San Cristóbal.

— ¿Por qué te haces por acá tan atrás?, le pregunto

—Tengo más espacio y no se dan cuenta de mis errores.

***

Además de hacer aeróbicos le apasiona ir a conciertos y, sobre todo, bailar y cantar. Cuando era pequeña usaba los cepillos para el cabello como micrófonos, tomaba una guitarra de plástico y armaba su propio concierto ante un público imaginario y se imaginaba la ovación de este. Pero el paso de los años no le borró aquellos sueños infantiles. Al contrario, siente placer cada vez que deja volar su imaginación y se ve en un concurrido escenario rodeada de compañeros bailando, saltando, representado coreografías armoniosas.

Por eso se esforzó por convertir aquellos sueños en realidad. Decidió participar en un casting para pertenecer a un grupo de baile. El encargado de seleccionar a las aspirantes le dijo que le gustaba su manera de bailar pero que había que pulirle algunos movimientos. A pesar de ello la aceptó en el grupo.

— Vos sos muy tesa —le dijo uno de sus compañeros

— Porqué —le respondió Cristina

— Porque te expones a que se burlen de vos todo el tiempo, pues el traje no te queda igual al de las otras peladas y por que tus movimientos son diferentes. Y la gente no lo va a entender.

A pesar de los comentarios y burlas, ella siguió en el grupo hasta que este se disolvió por razones económicas. Cuando estuvo allí observaba con nostalgia los movimientos de sus compañeros y decía: “qué tan bacano poderme mover así” “qué tan bacano poderme abrir de piernas y quedar como una gimnasta”.

Estos mismos deseos los siente cada vez que observa coreografías o espectáculos de danza. Y como sucede en otras instancias de su vida se pregunta ¿Por qué yo tengo esto? ¿Por qué no puedo hacer eso que tanto me gusta? A pesar de que se percibe un inconformismo natural en lo que dice, ella aclara que no reniega de su vida. Aunque piensa que si no hubiera tenido su problema físico su vida hubiese sido muy distinta.

Cristina también ha pertenecido a grupos de recreación. En uno de los eventos estuvo en el Parque de las Aguas. A ella le encanta la piscina, pero siempre dice que no le gusta, pues el hecho de tener que ponerse vestido de baño y sentir como la observan la hace sentir muy rara. Sin embargo, ese día iba decidida a meterse en el agua y no estaba dispuesta a dejarse vencer por sus temores.

— Usted es muy verraca —le dijo una compañera— ¡Qué personalidad! yo no lo haría.

—Ya me puse el vestido de baño —respondió Cristina—. No me lo voy a quitar.

Sin embargo, ese día, al regresar a casa y encerrarse en su cuarto, lloró. Pero no derramó esas lágrimas que mojan el rostro, sino esas que humedecen el alma. Pensaba que no era justo que tuviera que sufrir por ponerse un simple vestido de baño.

Ahora, dice que está cansada de sentirse expuesta a las miradas curiosas. Le ha dicho a su mamá que no sabe si es que se está volviendo beata o amargada, pero que ya no le provoca salir. Aunque ella siempre ha detestado quedarse encerrada en la casa.

Y en esos momentos de ocio o soledad se regocija en la literatura de Paulo Cohelo, de quien le gusta especialmente el Alquimista. “¡Ah, que libro! ¡A mi me encantó mucho! ¡Es un gran libro!”, dice Cristina. También le gustan los libros del mexicano Carlos Cauthemoc Sánchez y leer sobre anatomía.

Sueña con tener su propio negocio, en casarse y tener hijos. “O bueno, al menos tener un hijo sola. Lo ideal sería que el padre estuviera ahí, pero sino está de malas, qué más se puede hacer”. Luego dice que no sabe si pueda tener hijos, pues ha pensado que por las cirugías que le han hecho, pueda ser estéril.

También sueña con irse a vivir muy lejos de Medellín, ojalá a Europa. Por eso, cada vez que va al CIE en busca de alguna oferta de trabajo, se fija en alguna convocatoria internacional, una de esas que buscan mano de obra colombiana. En una de las últimas ocasiones que hablamos me mencionó con nostalgia que se había presentado a una entrevista con el ánimo de irse para España, pero que no fue seleccionada. Sin embargo, no tuvo que esperar mucho tiempo para una segunda oportunidad, cinco meses después partiría hacia aquel país.

Aunque dejó su tierra y su familia, no se sabe por cuanto tiempo, pues, según me contó, desea radicarse allí, los fantasmas del pasado se fueron con ella. Y aunque es conciente de que siempre estarán ahí recordándole su dificultad física, espera tenerlos bajo control para que no sean el viento que apague la llama  que mantiene arriba sus sueños.

Diez años la volví a ver. Salía de un centro de salud de Itagüí y cargaba un bebé entre sus brazos.

__¿Es tuyo? __le pregunté.

__Si, es mio, hasta luego.

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