La desgracia de ser colegiala

Alejandra era una estudiante del grado once cuando me ayudó con su relato para el trabajo de grado “El pecado de no ser una Barbie”

—Vanidosas es lo que hay allá —dice Alejandra, estudiante del Centro Formativo de Antioquia (CEFA).—Está Jodi, Sara, Carolina, Paola, Nataly, ¡uy!, no, esta sí que es ¡exageradamente vanidosa!, se queda como una hora, antes de entrar a clases, encerrada en el baño maquillándose, y no compra sino productos de Esika para que no se le dañe el cutis…

 …Hay unas que compran pastillas para adelgazar. Hay una que se la pasa viendo catálogos a toda hora. Otra se la pasa hablando de ropa de marca y de centros comerciales. También hay anoréxicas. Otras no son anoréxicas pero casi no comen. No, es que todas, casi todas son muy superficiales. No pueden ver a alguien desarreglado porque inmediatamente dicen: ¡mira este tan feo!

 …Tranquilo que yo le presento a las compañeras que necesite. Yo sé que ellas no tienen problemas en hablar de un tema que tienen en la punta de la lengua a toda hora.

Alejandra, animada con el tema, talvez porque es un asunto que toca a cualquier mujer, trae de su mente una extensa lista de ejemplos, más de lo que el periodista hubiera esperado. Aunque es lógico, pues en el Cefa sólo estudian mujeres y hay mas de dos mil quinientas alumnas entre los catorce y los dieciocho años en treinta y tres onces y treinta décimos. Una edad en la que importa mucho mostrarse, y en la que las pares, o sea las demás adolescentes, cuentan demasiado a la hora de buscar reconocimiento, así sea por medio del aspecto físico.

Días después, Alejandra me dijo que le había dicho a Lina zapata, Lina Vélez, Laura, Catalina, Alejandra Herrera, Jessica, Ana María, Vanesa, María Gabriela, entre otras. Y que, en su mayoría, no hicieron muy buena cara ante la propuesta.

La indiferencia de las jóvenes no me sorprendió. Ya había recibido la misma respuesta de otras mujeres mucho más mayores y, supuesta mente, más maduras para hablar de un tema tan personal. Y, en estos casos, también me pareció entendible, pues una mujer no está dispuesta, de buenas a primeras, a dejarse encasillar dentro de un estereotipo de mujer. Ni mucho menos a permitir que se le tache de materialista, superficial o hasta tonta por caer en la imposición de los medios, los hombres y demás sectores sociales. O ¿cuántas personas están dispuestas a reconocer que se avergüenzan de su fenotipo? Así sea evidente en las rutinas que hacen para cambiarse el color del cabello, el color de los ojos, la forma de las pestañas, por no hablar de las cirugías plásticas. Es como pedirle a alguien que sufra de anorexia o bulimia que reconozca su problema. ¿Cuántas están dispuestas?

Pero Alejandra también me dijo que no todo estaba perdido. Que Maira, una amiga que había escuchado la propuesta, se le acercó y le dijo que estaba interesada en el tema. Y que otra compañera del grupo también dijo estar dispuesta, siempre y cuando reservara su nombre y no fuera necesario tomarle fotos.

***

A las afueras del colegio Cefa, antes o después de las jornadas académicas, se reúnen varias jóvenes a hablar de su vida elemental. Se sientan en los muros que protegen los árboles o se tiran en el piso, entrecruzan sus piernas y se apoyan en las nalgas. Sus uniformes lucen desabrochados. No se preocupan de que sus bolsos se ensucien ni tampoco de que su uniforme se maltrate con la arena. Se observan jóvenes de todos los tipos: flacas, delgadas, de alta y baja estatura, rubias, morenas… A unas se les nota que pasaron un buen rato en el espejo, pues se ven exageradamente  maquilladas, con el pelo liso, brillante,  las cejas bien delineadas y los labios pintados. Otras, en cambio, parece que se peinaron en el bus o que las cogió el día para realizar las actividades tan propias de las mujeres.

Entre estas jóvenes hay algunas que no lucen el uniforme del colegio. Alejandra dirá que a las muchachas que están en embarazo las obligan ir de civil. También dirá que en el colegio hay muchas jóvenes anoréxicas. Y que con el objetivo de prevenir embarazos y desórdenes alimenticios, les llevan enfermeras para enseñarles métodos de planificación familiar y nutricionistas para indicarles que alimentos son saludables y cómo se deben alimentar.

Además de colegialas, varios muchachos con pintas de estudiantes de bachillerato también se sientan a conversar a las afueras del Cefa. Alejandra dice que son del colegio militar y de otros centros educativos. Algo más que lógico, pues donde hay mujeres, siempre habrá hombres. Es lo normal de la vida. Siempre ha sido así y así seguirá siendo. Alejandra también dice que por las tardes ese sector se llena de camionetas. “Es que aquí hay muchas modelitos”, dice

Allí, a las afueras del colegio, un lunes de septiembre a las 11:30 de la mañana, me encuentro con Maira, una joven de 16 años que cursa el grado once. Le explico lo que pretendo hacer. Escucha atentamente. Alejandra, quien nos acompaña en la conversación, lanza de vez en cuando un comentario. Luce tímida pero interesada en el tema. Le digo que se acerque más para que también participe de la conversación

—Yo también he querido contarle mi experiencia —dice Alejandra—, pero como usted no me ha dicho nada.

El periodista piensa que cualquier mujer tiene algo que decir sobre un tema tan cercano como la apariencia física. Un asunto que no sólo preocupa a una mujer de Medellín, una ciudad donde se dice que la apariencia física ha cobrado tanta importancia, sino que ha inquietado a muchas mujeres a lo largo de todos los tiempos, aunque de diferente manera.

Maira está sentada sobre sus nalgas y con las piernas entrecruzadas. Mira al interlocutor de frente y no desvía la mirada. Parece una mujer segura, o más bien, una niña segura. Se expresa fluidamente y dice con toda serenidad:

—Anteriormente sí me preocupaba mucho por mi apariencia física. En este momento no. Por eso me siento libre y más segura de mí.

El periodista la mira extrañado. Le parece curioso que a una joven de 16 años no le importe su apariencia física, sobre todo cuando está en contacto con tantas adolescentes a las que sí les preocupa su aspecto. La mira de pies a cabeza. Su cabello color chocolate cae sobre su frente y sus hombros. Las pecas en su rostro le acentúan su aire de adolescente. El rostro esta lavado, sin maquillaje y sin labial. No supera los 1.55 metros de estatura. Debajo del uniforme verde a cuadros y la blusa blanca se nota un cuerpo menudo, sin alguna voluptuosidad en especial.

—Antes me preocupaba el aspecto físico porque era muy amiga de cuatro compañeras que conocí en este colegio. Ellas son acomodadas económicamente y muy vanidosas. Me les uní porque quería imitar su estilo de vida: usar la misma ropa, tener el mismo color de cabello, frecuentar los mismos centros comerciales, utilizar el mismo maquillaje… En fin deseaba ser igual a ellas. Y para estar acorde,  le decía a mis primas que me prestaran ropa, pues yo tenía poca y no era precisamente la que más estaba a la moda. Por eso sentía la necesidad de cambiar mi vestuario y de comprar accesorios. Mi madre, extrañada con mi actitud, me preguntaba qué me estaba pasando. Y con razón, pues cuando estaba en el otro colegio no era así…

…Me sentía gorda cada vez que ellas me exhortaban a hacer ejercicio. La necesidad de ir al gimnasio me obligaba a pedir más plata en mi casa. Pero mi mamá me decía que nuestra situación económica no era la mejor como para darme esos lujos. Entonces comencé a aguantar hambre porque quería ser delgada, así como ellas.

Hay momentos en que las conversaciones de las colegialas no son sobre su vida elemental, sobre los muchachos que les gusta o sobre la ropa que compraron. No. En otras ocasiones toman visos de crueldad. Por ejemplo cuando gira alrededor de los defectos físicos. En una de las charlas de las colegialas se preguntó: “¿si ustedes tuvieran toda la plata del mundo que se cambiarían?” una de ellas dijo: si yo fuera Maira me quitaría todos los lunares. Ella en ese momento no dijo nada. Pero cuando llegó a su casa lloró. Se sintió rechazada. En otra ocasión le dijeron en modo de chanza: mujer lunareja, puta esta vieja. Ese comentario inocente la hizo sentir mal. Deseaba ocultar sus lunares. Se echaba polvo. No permitía que los hombres le miraran la cara. Solo se atrevía en la noche y eso con una buena capa de base.

Y en una de estas noches conoció a Sebastián, a quien no le importó los lunares de Maira. Lo que más lo enamoró de ella fue su voz cálida, su manera de expresarse y, a pesar de su edad, su madurez.

—Nunca pensé que me fuera a conseguir un novio tan lindo y tan especial como el que tengo ahora. Alguien a quien no le importara tanto el físico. Imagínate que el amanece en mi casa y me ha visto toda desarreglada y sin bañarme. Ah, y el día que lo conocí estaba más desarreglada que de costumbre. Por eso me di cuenta de que no es completamente necesario ser tan bella para conseguirse un buen hombre.

Pero antes de conocer a Sebastián, Maira seguía con la necesidad de estar con sus amigas. A pesar de la presión que sentía al estar con ellas, hacía todo lo posible por no causar ninguna fisura en la amistad: les pagaba las copias, las invitaba a tomar el algo o el almuerzo.

El rechazo que percibía la fue aburriendo poco a poco. Quiso cambiar de jornada. Pero no fue necesario. Un incidente de adolescentes hizo que la aparente amistad se rompiera. Ahora dice que eso fue lo mejor que le pudo pasar pues siente que se liberó.

— Cuando estaba con ellas me preocupaba por comprar ropa de marca. Sabiendo que uno con cincuenta mil pesos se compra en el ‘Hueco’ hasta dos jeans.

— Qué pudo haber influido para tu cambio de actitud y para tu aceptación, le pregunto.

—Yo creo que mi aceptación se debe a la buena relación que tengo con mis padres, sobre todo con mi madre. Ella es mi mejor amiga y siempre esta dispuesta a conversar conmigo. De mi padre me he distanciado un poco. A él no le gusta que yo salga tanto.

Son las 12:45. Maira dice que debe entrar a estudiar. Que conversamos en otra oportunidad.

Pasa un joven repartiendo volantes. Alejandra, como creyendo que descubrió algo importante, me entrega uno mientras dice: “por estos lados se reparte mucho este tipo de propaganda”. Le recibo la publicidad sin decir nada. Al fin y al cabo estamos en el centro de la ciudad, y allí lo más común es que se reparta propaganda a diestra y siniestra. Alguien estará dispuesto a comprar. Ojeo el volante y lo leo: Salud y Spinning ¿Te gustaría hacer spinning antes o después de clases?

¿Cuántas de estas jóvenes irán a la Carrera 38 #50- 48 o marcarán el teléfono 216 26 06? Tal vez ninguna. Tal vez muchas. Lo que sí puede ser claro es que muchas querrán trabajar sus piernas, sus nalgas y su abdomen, bien sea en este lugar o en otro. Lo importante es crear la necesidad.

El joven sigue entregando volantes. La calle se ha llenado de colegialas. Unas lucen el tradicional uniforme. Otras desafían el ardiente calor y lucen muy abrigaditas con las chaquetas color verde oscuro que hace parte del uniforme. Otras lucen la sudadera verde y la camiseta blanca. La mayoría camina en parejas hacia la entrada del colegio. Las cabelleras doradas, rojizas abundan. Algunas caminan presuntuosamente, con la mirada para ninguna parte, como en un pasarella. Me acuerdo que Alejandra dijo que allí estudiaban muchas modelos. A la entrada del colegio, un vigilante señala su muñeca en la que tiene un reloj. Varias corren. Otras no traicionan el sopor, parecen preferir quedarse afuera. Por el momento es hora de entrar a estudiar.

***

Ocho días después, llego cumplidamente a la cita con las colegialas. Alejandra está sentada en el piso y revisa unos cuadernos. A su lado hay una compañera que lee un libro de Agatha Christie. Maira, a quien estamos esperando, no se ve por ningún lado. Alejandra dice que debe de estar en la biblioteca Comfenalco. Se levanta del piso y dice que la va a buscar a una cafetería cercana. Minutos después regresa sola. Se sienta nuevamente en el piso. Observa a dos compañeritas que hay a nuestro alrededor.

 —Aquí las niñas tienen la costumbre de mostrar la ropa que han comprado —dice mientras dirige la mirada hacia las jovencitas que sacan un jean y una camiseta de su morral.

 —Será que venden ropa, le digo

 —No. La traen para mostrarla

 Alejandra se para nuevamente. Se va a buscar a Maira, que a las 11:50 aún no ha aparecido. Regresa medio indignada. Protesta por el incumplimiento de su amiga. La compañera que sigue leyendo el libro de Agatha Christie observa a Alejandra y dice que Maira es muy incumplida. Y esto es lo que compruebo en carne propia. Con esta son dos ocasiones en las que me deja esperando.

Le digo a Alejandra que esta bien, que no se preocupe. Le recuerdo que en otra oportunidad me dijo que ella también quería contarme su historia. Dice con cara de dispuesta que la intención sigue en pie. Muy bien, le digo. Comencemos.

—Mi auto desprecio comenzó cuando entré a estudiar al colegio Javiera Londoño a octavo grado. Recuerdo que el primer día fui el centro de atracción, pero no por bonita, sino por nueva y fea. A pesar de que académicamente entré pisando fuerte, pues fui la mejor alumna, siempre permanecía sola…

…Pero lo peor estaba por comenzar. Yo siempre he sido consciente de que no soy muy bonita. Sin embargo, al estar con Jennifer, Paola y Sandra, me sentía el patito feo, pues ellas eran las más asediadas por los muchachos del salón. A mí nunca me hablaban. Y cuando lo hacían era para decirme fea y nerda. Cuando ellos organizaban fiestas yo nunca iba. Pensaba que me iba a quedar sentada toda la noche y que nadie me iba a hablar…

…Lo peor era cuando nos ponían a trabajar en grupo. Nadie se me acercaba ni me proponían que hiciera parte de algún equipo. Los profesores debían buscar en cuál incluirme.

…Tenía trece años. En vísperas de entrar a noveno, sentí pereza de volver a ese colegio. Recuerdo que el primer día de clases mi amiguita Sandra me dijo que estaba más gorda. En ese momento no le presté atención. Sin embargo, cuando mi hermano Diego también me lo hizo saber me empecé a preocupar. A esto se sumaron los comentarios de mi mamá, mis tías y mis primas. En ese momento pensé que debía hacer algo para rebajar…

…Dejé de comer. Sólo me tomaba un jugo en las mañana y, en las noches, consumía un vaso de avena con pan integral. Rebajé de tal manera que mi hermano se empezó a preocupar porque comía menos que la perrita. Ella era la que se comía mi desayuno y mi almuerzo. Pero me sentía feliz porque ya no me decían gordita…

…Pero ahora sentía que estaba muy flaca y no me veía para nada bien. Y, paradójicamente, extrañaba mi aspecto anterior. Entonces retomé mi alimentación normal y dejé de hacer ejercicios…

…Afortunadamente cuando cumplí los quince años aun estaba flaquita, pues el vestido me quedó muy bien. Sin embargo, no me sentía conforme con mi cara. Al momento de salir me sentí horrorosa, quería salir corriendo y no ver a nadie. Aunque le agradezco mucho a mi mamá ese regalo, en ese momento desee que no hubiera hecho el esfuerzo…

…Pero la fiesta tuvo algo positivo: conocí hombres. Por esos días algunos muchachos me llamaron frecuentemente, y no precisamente con intenciones de hacer una amistad. Para mi era una sorpresa, pues de hecho son pocos los hombres que se me acercan. Aunque no me gustaba que algunos me hicieran propuestas indecentes, al menos sentía que no era fea del todo.

A finales de 2003, Alejandra hizo los trámites para ingresar al Centro de Formación de Antioquia (CEFA). La admisión fue un motivo de alegría para ella, su madre y su hermano. Su padre, quien no vive con ellos desde que ella tenía 6 años, le colaboró con parte de la matrícula.

—El día que entré al Cefa me arreglé lo mejor que pude. Quería sentirme bonita. Pero cuando llegué a la puerta del colegio, observé a unas jóvenes bajándose de tremendas camionetas. Me di cuenta que, comparada con ellas, no era nada bonita. Al entrar al salón confirmé mi apreciación…

…A pesar de que me iba bien académicamente, me sentía triste. Allá todas las compañeras sólo hablaban de sus novios, de la ropa o del nuevo maquillaje que habían comprado…

…A la tercera semana no soporté la presión y empecé a llorar. Lo hacía casi todos los días. Mi amiga Diana me decía que la belleza no sólo era tener un buen cuerpo sino también ser inteligente…

…En cierta oportunidad, el coordinador de grupo dijo públicamente que mi apariencia física no era motivo para que me sintiera mal. Pero sí me sentí muy mal. No me pareció correcto que él ventilara algo tan personal…

…Comprendí que debía buscar ayuda. Fui a donde la sicóloga porque necesitaba remediar mi baja autoestima. Le dije que me sentía inconforme con mi apariencia física. Le conté la experiencia que había tenido en el colegio anterior. También le confesé que me sentía muy sola (la voz se le quiebra y sus ojos se inundan de lágrimas).

Por las mejillas morenas de Alejandra resbalan lágrimas. Sus ojos negros están húmedos. El periodista comprende que debe darle un giro a la conversación. Recuerda que ella mencionó al amigo de una prima que le había ofrecido su amistad. Por eso le pregunta sobre él.

— ¿Jhon? Ah si, él es muy amigo de mi prima Liliana. Las veces que hemos conversado me he sentido muy bien a su lado, pues me ha destacado mis cualidades y mi inteligencia. Es de esos pocos hombres que no se fijan únicamente en el aspecto físico de las mujeres.

Después de que Alejandra está más tranquila le pido que continúe con su relato.

—La sicóloga me dio varias recomendaciones: que debía salir bastante, que tomara la iniciativa de entablar conversaciones. Que me parara frente al espejo y analizara cada parte de mi cuerpo, que reconociera esa parte como algo clave y bonito, pues además de embellecer a un ser humano le era, sobre todo, útil. Pero no lo hice. Me sentí ridícula…

…También me puso a leer “Aprendiendo a quererse a si mismo” de Walter Rizo, que por cierto, me pareció una porquería. En una de las sesiones me preguntó si me había identificado con algo del libro. No supe que responder. Al final le dije que prefería hablar con ella en vez de leer el libro…

…Cuando conversaba con ella me sentía muy bien. Pero cuando regresaba al salón me daba cuenta que unas palabras no me iban a ayudar a ser más bonita ni a sentirme aceptada totalmente en un grupo de amigos. No volví a donde la sicóloga porque ella es muy incumplida. Siempre que iba no estaba.

Alejandra dice que su sufrimiento no ha sido nada en comparación con el de otras jóvenes que sí se han dejado arrastrar por las imposiciones sociales.

Así, por ejemplo, dice que Jodi, una compañera del Cefa, se volvió anoréxica porque estaba harta de que le dijeran gorda. Según cuentan algunas de sus compañeras, ella, al observar que en el colegio hay niñas muy lindas y con cuerpos muy bonitos y trabajados, se propuso rebajar.

Alejandra dice que en aquellos días Jodí tenía una marca roja en el dedo del centro, “pues al meterse el dedo en la boca para vomitar, los dientes la iban raspando acá” (Alejandra levanta el dedo e indica dónde tenía su compañera la marca del diente). Otra compañera me contaría que también se metía el cable de la plancha para inducir al vomito.

Cuando la familia se enteró de que se le estaba cayendo el pelo, de que estaba perdiendo la memoria y de que hacía tres meses no menstruaba, la llevaron a donde el siquiatra.

El problema de Jodi se difundió por todo el colegio. Y el coordinador de grupo dijo públicamente que había que ayudarla, que por favor no la dejaran sola. Los comentarios de las alumnas, ante esta exhortación, fluyeron: que qué pesar de Jodi, que qué tristeza tener que dejar de comer para ser delgado.

“Pero quienes decían esto hacían lo mismo —dice Alejandra—. Porque ser anoréxico no es solamente dejar de comer, significa volverse esclavo del ejercicio” (Alejandra se refiere a la Vigorexia, otro desorden psicológico que consiste en hacer ejercicio exageradamente).

Alejandra cree que los medios influyen en la propagación de este problema. “A toda hora le están metiendo a uno por los ojos a la mujer perfecta. Y uno quiere ser como ella. Y me incluyo, porque en un tiempo yo fui así”.

Sorprende que una joven de 17 años diga reiteradamente que ‘yo antes era así’. Que el mejoramiento de su cuerpo ya no está entre sus expectativas de vida. Me pregunto si estas jóvenes a pesar de tener la valentía de hablar de algo tan personal, no dejan ocultos los temores y miedos que les produce su cuerpo, en un espacio social en el que se valora en exceso ciertos cánones de belleza, por temor a ser tachadas de superficiales e inmaduras. Y que por el contrario, se revelan contra lo que les exige la sociedad: tener un determinado tipo de cuerpo. A caso esa filosofía ¿Quién me vaya a querer, que me quiera así? Que dicen muchas mujeres no es un calmante que sacan de la manga para aliviar temporalmente sus penas y para callar al entrometido que se mete con asuntos tan personales. Por eso es válido que se le pregunte a Alejandra.

— Tu apariencia física, en este momento, no te preocupa en lo más mínimo.

Alejandra asume un gesto de incomodidad. Tal vez porque fui poco diplomático y le insinué que no le creía del todo.

— Sí me preocupa, pero no tan exageradamente. Si a mí me han de querer, que me quieran como yo soy. Con el pelo ondulado, con la cara redonda (sube de tono), como sea. Yo ya aprendí a valorar lo que yo tengo. Porque al fin y al cabo esto es lo que me sirve y por eso me tengo que querer.

—Alguna vez has pensado que si hubieras tenido otro físico tu vida habría sido más fácil o que habrías tenido más oportunidades.

—Sí claro. Yo pensaba así. Yo decía: ojalá yo hubiera sido más parecida a mi mamá. Ojalá yo hubiera tenido el cabello así como ella. Ojalá hubiese tenido el mismo color de ojos. Sí, cuando yo era tan acomplejada por la belleza de mis demás amiguitas. En esos días yo pensaba que si hubiera sido más bonita, la vida me hubiera sonreído más. Pero ya no preocupo por eso.

Alejandra hace una pausa en la conversación y señala una joven menuda, de frondosa cabellera, que dialoga animadamente con otras jóvenes. Dice que esa es la chica Avon. Que le dicen así porque se la pasa viendo catálogos. Observo a la joven. Se encuentra sentada en el piso, lo mismo que sus compañeras de tertulia.

—Ella no repite aretes—comenta Alejandra—. Se va caminado hasta Buenos Aires para ahorrar dinero y así comprar accesorios. Dicen que en la casa tiene un cajón lleno de aretes, pulseras, moños…

Alejandra, quien ha asumido una posición madura en todos los encuentros, dice con toda firmeza que no le da envidia del físico de ninguna compañera de colegio. Sin embargo, se apresura a decir que sus compañeras sí sufren de ese pesar del bien ajeno. Que normalmente los lunes, cuando varias muchachas llegan con el cabello aplanchado y tinturado, muestra de que estuvieron en alguna fiesta el fin de semana, todas, en tono irónico, dicen: estuviste en cambio extremo, como viniste de mami. Que cuando van a piscina las habladurías sobre los ‘bananos’, las estrías y demás imperfecciones corporales, surgen por borbotones. Asegura que de la que más despotrican es de Paula y que, por ahí derecho, se llevan por delante a sus amigas, según Alejandra, por ser las más atractivas del grupo.

Cada vez que Alejandra habla de sus compañeras se saca en limpio. Asegura que ella no está pendiente de los defectos de los demás. Que ya ha sufrido bastante por el irrespeto de otros como para prestarse ella también a ese juego despiadado de burlarse de otro porque es bajito o gordito o de una u otra manera.

A nuestro lado se sienta una joven de apariencia robusta.

—Ella es Lina —dice Alejandra en tono bajo—. También está interesada en conversar con usted.

—Por qué no me lo dijiste antes. Preséntamela.

Volteo y le doy mi mano a una joven de piel morena, cabello liso y negro como el carbón, y cálida sonrisa. Le explico lo que estoy haciendo. Me escucha atentamente y asiente con la cabeza.

— ¿Estas dispuestas? Le pregunto

—Si —responde sin dudar—, pero si omite mi nombre

—Bueno, le digo en tono de resignación. ¿O sea que tampoco te dejas tomar fotografías? Insisto.

—No, sino quiero que coloques mi nombre, mucho menos me dejo tomar una fotografía.

—Bueno, digo conforme. Entonces conversamos el viernes a las 11:00 aquí mismo.

—Me parece bien.

Es hora de entrar a estudiar.

***

No fue al viernes siguiente, pues estas colegialas mantienen más ocupadas que el presidente de la república. Fue un miércoles de septiembre, dos semanas después del primer encuentro.

Nos encontramos en el cuarto piso de la biblioteca Comfenalco La Playa. Alejandra también está presente. En el breve encuentro que tuvimos la última vez ya le había dicho a Lina, a grandes rasgos, lo que me encontraba haciendo. Sin embargo, en esta oportunidad, le repito nuevamente el rollo.

Hoy, con más calma, observo detenidamente a Lina. Es una niña de 17 años, tendiente a la robustez. Su rostro es bien proporcionado: cejas bien delineadas, ojos cafés y grandes, boca pequeña, dientes parejos. En los brazos y en uno de los lóbulos de las orejas tiene pegados microporos. Su voz fluye delicada, arrulladora. En más de una ocasión se le escapa un gesto de ternura.

Tal vez avisada por Alejandra, y sin necesidad de que yo le pregunte nada, Lina comienza a hablar. Lo primero que dice es que todo comenzó porque su mamá le dijo tiempo atrás, en tono muy cariñoso, “¡Lina, cómo estas de gorda!”.

Al escuchar esto me sentí fuera de base. Apenas estaba sacando la libreta de notas y ni siquiera me había atrevido a poner la grabadora en la mesa. Sin embargo, la dejé que siguiera hablando

—Yo le dije a mi mamá: tranquila mami que de ahora en adelante usted no me va a ver más así. Entonces me miró todo raro y me dijo: usted porque me contestó así. No, por nada, le respondí…

…Empecé a dejar de comer en la casa y en el colegio. Empecé a tomar agua a toda hora. Pero mis mejores amigas del colegio se dieron cuenta y llamaron a mi mamá y le dijeron que yo no estaba comiendo nada…

…Yo me enojé con ellas, porque cuando uno está con este problema uno es muy malgeniado y no soporta que le hagan el mínimo comentario. Cuando me han dicho que yo porqué no estoy comiendo, yo les respondo altaneramente que sí estoy comiendo…

…Entonces como mi mamá se empezó a preocupar por mí, le dije: ¡Ah! Ahora si quieres que coma, después de que me recriminaste porque estaba comiendo mucho. Pero ella me dijo: es que uno sí puede comer, pero poquito. Pero yo le dije: no, no, ya no quiero comer…

…Imagínate que jugaba con la comida o se la daba al perro, pero claro sin que ella se diera cuenta…

…De todas maneras ella se puso muy pilas con mi actitud. Se sentaba conmigo y hasta que yo no terminara de comer no me dejaba ir para ninguna parte. Y luego que terminaba no me permitía entrar al baño porque le daba miedo que yo vomitara.

…Eso pasó hace seis meses y fue el momento más crítico. Gracias a Dios no me sucedió nada. En este momento yo si como, pero poquito…

Una vecina de Lina se dio cuenta de su problema y de sus deseos de adelgazar. Fue a su casa y le dijo que su hija había tenido un problema similar, pero que recurrieron a una médica bioenergética y que, en pocos días, había rebajado muchos kilos. Lina animada con lo que le contó la vecina, le dijo que le consiguiera cuanto antes una cita con la médica.

Días después la médica fue a su casa. Y con álbum de fotografías en la mano le dijo que ella y su esposo también fueron muy gordos, y que gracias al tratamiento rebajaron todos los kilos que le sobraban. Después del discurso de persuasión la pesó y le hizo una estricta lista de alimentos que debía consumir. También le sugirió que media hora antes del desayuno y del almuerzo tomara agua de linaza.

Desde entonces la bioenergética asiste a casa de Lina cada quince días. La pesa, le pregunta cómo va con la dieta, le retira los balines y le coloca unos nuevos, no sin antes preguntarle, en qué parte del cuerpo desea rebajar

“Tengo derecho a comerme una harina en el día y una porción de arroz. Pero yo no me como ni lo uno no lo otro. Hay veces que ni desayuno. Y cuando almuerzo, sólo como ensalada y una carne cocinada. El arroz, sin que mi mamá se de cuenta, lo echo otra vez en la olla. Y en la noche no como nada. Lo que sí tomo es mucha agua.

El periodista que es un glotón se queda pensativo. Luego con un gesto le hace entender a Lina que está sorprendido, después le pregunta que cómo hace para soportar el hambre.

—Mire que la señora me puso unas cositas para la ansiedad —responde mientras tiende el brazo en la mesa y me enseña lo que ella llama balines—. Al decir esto, la voz sale tierna, con una ingenuidad que conmueve hasta el ser humano de alma más dura. Luego añade:

—Para el hambre tomo agua. Y yo no siento nada. Hoy, hoy me levanté y me tomé esa agua de linaza, y como mi mamá no estaba no me quise traer el almuerzo. Ahora, seguro que me pregunta que por qué lo dejé. Aunque sí me traje un sándwich.

—Pero ¿Si te lo comes? Le pregunto.

—No sé. Es que cuando como cualquier cosa, soy pensando, ay cuantas calorías y harinas me comí. Me como cualquier cosita y pienso que me voy a engordar más. Yo soy así.

Alejandra me había dicho que Lina cuando lleva comida al colegio se la regala a alguna compañera o simplemente la bota. Pero este día sí se comió el sándwich. Por la noche, al llegar a casa, su mamá la esperó con el almuerzo y la comida acumulados. Se sentó junto a ella, y Lina, bajo la vigilancia de su madre, no tuvo otra alternativa que comerse los alimentos. Aunque después llenó tres frascos de gatorade con agua para bajar rápidamente la pesadez. Al otro día madrugó, y de inmediato fue a llenar los frascos para seguir tomando agua.

—¿No crees que tu salud se está viendo afectada por dejar de comer?

—No. Um, um.

—¿Por qué no?

—Porque no. Porque yo en estos momentos me siento bien. Mira que yo rebajé mucho, porque yo era muy gordita. Pregúntele a aleja. Aleja si me dice: ay Lina, ¡como estas de flaca!, además me dice que yo de ropa me veo muy linda. Yo no pienso que me esté haciendo daño, al contrario, me siento mejor conmigo misma.

Lina recurre a Alejandra con el ánimo de recibir una respuesta aprobatoria. Así como cuando va a la casa de ella, después de quitarse los balines, y le dice: ¡Aleja, mira, ya he rebajado 10 kilos! Pero otras veces ha ido con cara de aburrida: Aleja, de la sesión anterior a esta, apenas rebajé dos kilos.

—Pero Lina —le ha respondido Alejandra—, uno no rebaja inmediatamente. Eso se logra paulatinamente. Porque sino se te origina un desorden metabólico.

Lina reconoce que es de carácter impulsivo, que quiere que las cosas sucedan ya, que por eso, en los primeros quince días del tratamiento, se sintió muy triste porque apenas había rebajado cuatro kilos. En este momento lleva dos meses y dice que ya ha rebajado 12, pero advierte enérgicamente que no le pregunte cuánto pesa.

Sin embargo, la realidad la obligó a controlar sus impulsos. Cuatro meses después me contó en tono triste que había dejado el tratamiento, pues vio, resignada, que los resultados no se veían por ningún lado. También dijo que “lastimosamente” estaba comiendo más y que eso la tenía muy preocupada.

Al dejar de lado la estricta dieta, no le quedó otra opción que continuar con la rutina de ejercicios en la bicicleta estática que tiene en su casa. “Aunque no me gusta hacer ejercicio, sé que lo debo hacer, al menos para tonificar los músculos”.

—¿Qué es lo que más te gusta de ti físicamente?

—La cara

—¿Y lo que menos te gusta?

—El cuerpo. ¿Por qué? Porque mira que cuando uno sale a la calle, ve un montón de mujeres que tienen un cuerpo mejor que el de uno. Pero mi mamá me dice que qué se gana uno con tener un cuerpo bien lindo si es bien hueco por dentro. Y yo no soy así. Pero es que uno es muy inconforme con lo que tiene. Y por eso fue que yo me hice colocar los balines, yo he hecho muchas cosas para rebajar y casi no como.

— ¿Es una desgracia no ser bonito?

—Pues sí. Para mí sí. O sino mira la preocupación que tengo yo por rebajar de peso. Aunque como esto no es tan fácil hay veces que me canso.

—Cuál es tu mayor expectativa de vida.

Lina no entiende muy bien la pregunta, por eso le pongo ejemplos.

—Si te pusieran a elegir entre un viaje a un lugar al cual siempre has soñado ir, una beca para estudiar en una buena universidad, mucho dinero o un cuerpo escultural, qué elegirías.

—Yo prefiero el cuerpo —responde sin titubear. —Mil veces. Mira que el cuerpo ideal uno no lo consigue fácilmente y un viaje y dinero puede conseguir en algún momento…

…Por ejemplo ayer me comí una chocolatina chiquita, que por cierto es el dulce que más me gusta, y yo toda preocupada, toda traumatizada. Entonces me puse a tomar agua para bajarla. No comí por esa chocolatina

—¿Para que cosas tu cuerpo ha sido un obstáculo?

—Yo diría que para la ropa. Porque mira que nosotras las mujeres somos más vanidosas, nos gusta mucho estar a la moda, nos gusta mucho la ropa. En mi casa los únicos gorditos somos mi hermanito y yo, porque el resto de mi familia es superdelegada. Y cuando veo que mis primas se compran blusas todas lindas, entonces uno se empieza a preocupar porque uno ve que no se la puede poner y uno se siente mal…

…Digamos que para los hombres no, porque yo tengo muchos amigos, he tenido novio y en este momento estoy charlando con un pelado, pero de todas maneras uno se siente mal, yo no se.

En más de una oportunidad Lina le ha dicho a Alejandra: aleja, usted tan flaca, tan bueno. Como te queda de bonita la ropa. En uno de los encuentros con Lina, me mostró entusiasmada que el Jean que tenía puesto le quedaba flojo, en señal de que estaba rebajando de peso.

—¿Has escuchado comentarios acerca de tu cuerpo que te hayan hecho sentir mal?

—No. En la calle no he escuchado nada y de mis compañeras tampoco. Pero de mi hermanito si. Mi hermanito es ¡más! Gordo que yo y súper alto, cierto aleja —aleja que sigue leyendo el periódico y revisando uno cuadernos dice que sí con la cabeza —y el pesa más de cien kilos, y el no se mira y se come unas papas fritas con salchichas bañadas en salsa y yo le digo, ay no Juan Pablo, mírate como estás de gordo, eso te va a dar colesterol y él no para bolas. Y cuando yo me miro al espejo el se acerca y me dice: ¡Sí, está muy gorda! Ay, vea, eso a mi me da, no se. Mejor me quedó callada, para que voy a pelear con el si yo sé que es verdad. Yo me pongo muy triste y en esos momentos siento que todo me queda mal…

…A mi no me gusta que me digan gorda. Así me lo digan con cariño. Por ejemplo cuando me han dicho en la calle: gordita como estas de linda, yo me siento todo mal. Bueno, que me digan linda, pero no gordita. Pero esos comentarios empezaron a trabajar ¡mucho! en la cabeza.

—¿Sientes complejo de inferioridad cuando escuchas estos comentarios por parte de tu hermano o de otra persona?

—Si —responde Lina con la voz entre cortada. —Es que eso es muy maluco.

La mirada de Lina se torna triste y sus ojos cafés se inundan de lágrimas. Al igual que pasó con Alejandra, el periodista recurre al primer recurso que se le viene a la cabeza para cambiar de tema.

—Me dijiste que tu mamá era tu mejor amiga, háblame un poco de ella.

—Mi mamá es muy buena, muy buena, noble, humilde… Siempre ha estado muy pendiente de mi hermanito, de mi sobrina y de mí. A ella le toca sola porque mi papá nos abandonó hace mucho tiempo. No se ha dado cuenta de lo mío porque yo soy muy reservada. Y es que a mí no me gusta estar preocupándola. Ya ha tenido suficiente sufrimiento con mi hermanito y con mi sobrinita, pues él, que tiene 19 años, no trabaja y se metió con una niña y tuvo una hija.

—Ahora me dijiste que todo había iniciado cuando tu mamá te dijo que estabas muy gorda. ¿Culpas a tu mamá de lo que te está pasando?

—No. Yo no la culpo. Ya te dije que eso fue un simple comentario que ella me dijo, pero no lo hizo con mala intención. Pero si me dio rabia que ella me dijera eso.

Lina cree que subió de peso desde cuando sus tíos, que viven en Estados Unidos, vinieron a Medellín con las manos llenas de dinero y dispuestos a gastar en lo que fuera. Llegaron en noviembre y, hasta Marzo que partieron, asistieron a fiestas, restaurantes y estaderos. Lina aprovechó el momento y no despreció lo que sus tíos le ofrecían. Por eso dice con toda seguridad que antes de esta época no era ni flaca ni gorda, pero que desde entonces subió exageradamente de peso. Y que por esos días fue cuando su madre le hizo el comentario.

—Le has contado a tu madre lo que te está pasando en este momento.

—No. Imagínate si le digo que yo no como. Que sólo tomo agua de linaza. Yo sé cuál va a ser la reacción de ella: de una me lleva para donde un psicólogo y me pone a comer. Y yo no quiero que pase eso. Hace seis meses estuvo a punto de llevarme. Ese día ella me dijo: Lina, mira que vos sos muy linda, como te vas a dañar. Yo a ella le cuento todas mis cosas, pero lo único que yo a ella no le he contado es esto.

Aunque Lina dice con toda seguridad que sus compañeras no dicen nada acerca de su robustez y de su afán de adelgazar, Alejandra me confesó que en el colegio sí se suscitan comentarios sobre ella. Se preguntan por ejemplo ¿Cómo hará para tener relaciones sexuales con el novio? ¡Qué pena! Si yo fuera como ella, no me comería ni un grano de arroz.

Pero estos comentarios nada inocentes, según cuenta Alejandra, no han llegado a los oídos de Lina, “si fuera así, ya se hubiera suicidado, “porque ¿Cómo está de mal? Uno no le puede decir nada porque de una se enoja. Yo simplemente le digo: qué bueno que estés adelgazando. El otro día estaba con mi novio y ella se acercó a donde nosotros y mi novio le ofreció una galleta y ella toda paranoica dijo: ¡Ay no! yo no acostumbro a comer ese tipo de cosas.

Lina cuenta que sus amigos son muy respetuosos con ella, que le dicen que está muy bien así, que tiene una cara muy linda, que si adelgaza se daño, pero reconoce que no le presta atención a estos comentarios.

El deseo de Lina por verse delgada no nació en lo que se muestra por los medios masivos de comunicación pues, según dice, ve poca televisión y mucho menos se detiene a ver revistas de farándula. Aunque sí reconoce que le encanta ir de compras.

—Qué sientes cuando vas de compras y ves que no puedes lucir todo la ropa que se exhibe en los maniquíes.

—Me siento mal porque soy conciente de que no debo comprar lo que está de moda y que, por el contrario, debo conformarme con ponerme blusas largas.

—Cómo te gustaría vestir.

—Ahh no… normal. La blusita apretadita, con jean o las falditas.

—¿Cuáles son las modelos que te parecen más lindas de Medellín?

—Ana Sofía Henao y Natalia Paris. Me parecen muy lindas por el cuerpo que tienen. Pero mira que son cuerpos hechos y muy trabajados.

Después de una conversación de casi dos horas, las dos colegialas deben irse a estudiar. Les propongo que quiero conversar con ellas en otro momento que no sea cerca del colegio.

Lina me advierte que podemos charlar en otro lugar, pero no en su casa, pues no quiere que la mamá escuche nuestra conversación. Le digo a Alejandra que si pude acompañarnos y que si quiere que vaya con el novio. Al escuchar esto, Lina interviene bruscamente y dice que no, que tampoco le gustaría que él estuviera presente. Esta bien, le digo: únicamente nosotros tres. Entonces el próximo domingo.

***

Tanto Maira como Alejandra y Lina, concuerdan al decir que el ambiente en el colegio es muy pesado.

 Maira, por ejemplo, dice que a muchas de sus compañeras no les tiembla la lengua para decirle a otra: ¡Ay, como viniste de fea!

Alejandra cuenta que algunos profesores prefieren a algunas alumnas, según ella, por que son las más bonitas físicamente.

Lina dice que se relaciona muy poco con sus compañeras.

—… mi grupo está dividido en combos y hay unas que creen que son las mejores o que son las más lindas. Y las cosas no son así. Por eso yo, si mucho, le hablo a dos grupitos del salón, porque las demás son muy superficiales. Y no es que me caigan mal, no, lo que me da es lástima de ellas. Y es que yo pienso ¿Cómo les va a ir a esas niñas en el futuro? Mal, porque no les gusta hacer nada y son superficiales. A toda hora están preocupadas por como se ven. A toda hora hablan de carros, de motos, de plata. A toda hora están criticando a las demás compañeras. Es muy maluco porque entre ellas mismas se dicen que son muy gorditas. Entonces yo, que soy gordita, imagínate cómo me vería entre ellas.

—¿Y ustedes no critican a nadie?

La pregunta va dirigida tanto para Lina como para Alejandra. Alejandra que está leyendo un recorte de periódico para hacerle el análisis a una noticia para sociales, levanta la cabeza en gesto de sorpresa.

— Yo no —responde Lina en tono rotundo.

— No, umm, de pronto sí —responde Alejandra en tono de duda o tal vez porque le interesa más seguir leyendo la noticia. —Pero una crítica constructiva, porque uno que se va a poner a criticar a alguien sabiendo que uno también tiene defectos. —Sabiendo que uno no es perfecto —interviene Lina.

—Bueno, dejemos de lado un poco a las demás compañeras. Cuénteme un poco de las actividades académicas y culturales que se hacen en el colegio

—El año pasado participamos en la feria de la ciencia—dice Alejandra—. Para nuestro proyecto hicimos una encuesta entre todas las compañeras, queríamos conocer el hábito alimenticio de ellas e incentivarlas a que consumiera todos los grupos alimenticios. Les preguntamos que tipo de alimentos consumían más a menudo, sí tenían un horario fijo para alimentarse y lo que más comían en la semana. Los resultados mostraron que la mayoría de las jóvenes preferían la comida chatarra o que sólo comían una vez al día.

Según cuenta Alejandra los resultados fueron obvios, pues cuando están en las cafeterías, las conversaciones giran alrededor de la comida. Por ejemplo cuando alguien va a comprar una hamburguesa, no falta quien le diga: ¡Ay! vos te vas a comer eso, eso como engorda. A mi no me importa, responde la aludida. Pero claro, dice Alejandra, porque llegan a la casa a vomitar.

***

—Cierto que uno con ropa de calle se ve muy diferente —dice Lina al recibirme en su casa del barrio Manrique.

 Apruebo con un gesto facial

 —Hoy no puedo conversar mucho tiempo porque enseguida viene Jhon, un amigo con el que estoy charlando. El me llamo hace un rato y me dijo que necesitaba conversar personalmente conmigo. No me quiso adelantar nada de eso tan importante que quiere decirme.

 Por la manera como habla y por el brillo en sus ojos, es evidente que Lina está esperando ansiosamente a Jhon, quien muy inteligentemente la dejó pensando en él, sobre todo por un mensaje que le mandó al celular después de la llamada: por tu forma de ser, siento que me enamoro cada día más de ti.

 — Oh, seguro que se te va a declarar, le digo.

Lina sonríe ante mi apreciación. No es necesario ser un experto en amor o en enamoramientos para adivinar que por la cabeza de Lina se pasa el pensamiento: ojalá, eso es lo que estoy esperando. Y esto lo confirma cuando dice con toda seguridad: es que el me gusta mucho.

Lina se dio cuenta que Jhon existía por medio de una amiga. Ella los presentó por teléfono. Y desde entonces comenzaron a conversar todos los días. Hasta que el le dijo: quiero que nos conozcamos, no me importa si sos linda o no. Y ella, que venía esperando la propuesta, no dudó en aceptar, sobre todo al darse cuenta que este joven aparentaba ser maduro y asentado. Se encontraron en la estación hospital y Lina quedó encantada con su sonrisa. Se fueron en la moto de él a darle un vistazo a la Medellín nocturna desde el pueblito paisa. Y ella, sin pensar que con esa propuesta le abría las puertas de su corazón, le dijo: ¿Cuándo vas a ir a mi casa? Y desde entonces Jhon se desplaza desde Itagüi hasta Manrique cada vez que puede.

***

Alejandra y Lina, deseosas de ser profesionales, compraron el formulario para la Universidad de Antioquia. Maira no se presentó.

Alejandra eligió licenciatura en idiomas, pues se ve como una gran investigadora en esta área. Para ello sueña con radicarse en Inglaterra.

Cuando se le pregunta si en el futuro se cambiaría algo del cuerpo dice: “No. No me cambiaría nada”.

Como no me convence del todo, vuelvo a la carga y le digo que en el caso hipotético de que tuviera la oportunidad de cambiarse algo que escogería.

—Lo que menos tengo son senos. Pero no me los cambiaría. Yo pienso que no a todas las mujeres les quedan bien los senos grandes, y yo soy una de esas.

Lina por su parte se presentó a enfermería y a nutrición y dietética. Al preguntarle porque le gusta enfermería, dice con una respuesta que hace fruncir el seño hasta el más fuerte de estómago “Desde pequeña me encanta, me encanta ver sangre.

A diferencia de Alejandra, ella dice sin tono de vergüenza que en el futuro se ve más delgada. Y como si se tratara de realizar la obra más grande del mundo o de algo que es de vida o muerte dice en tono seguro: “Yo sé que lo voy a lograr”.

Alejandra fue admitida, en el tercer llamado, a licenciatura en idiomas. Esta noticia le inundó el espíritu de alegría y de orgullo. Lina, junto a su familia, se fue a vivir a Estados Unidos. A Maira la volví a ver en la fotografía colectiva de la ceremonia de grados del Cefa.

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